PARTE 2: LA VERDAD EN SU TELÉFONO

Esperé hasta que Josephine salió de la habitación.

Entonces salí de debajo de la cama.

Sobre las sábanas había dejado su teléfono.

La pantalla se encendió.

Un mensaje nuevo:

“Hoy faltaste otra vez. Mañana pagas o publicamos todo.”

Sentí que se me helaba la sangre.

No revisé más.

Era su teléfono, su privacidad.

Pero ya sabía algo importante.

Mi hija tenía miedo de alguien.

Cuando regresó, me encontró sentado en la cama.

Josephine se quedó blanca.

—Papá…

—No estás castigada.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Solo necesito que me digas quién te está haciendo esto.

Ella negó rápidamente.

—Si hablo, lo publicarán.

—¿Qué van a publicar?

Josephine comenzó a temblar.

Me acerqué despacio.

—No tienes que enfrentarte a esto sola.

Finalmente desbloqueó el teléfono.

Había decenas de mensajes.

Amenazas.

Exigencias de dinero.

Compañeros de la escuela la estaban extorsionando con imágenes privadas manipuladas digitalmente para hacerlas parecer reales.

Josephine se cubrió el rostro.

—Todos creerán que soy yo.

Sentí rabia, pero la contuve.

—Vamos a guardar las pruebas y pedir ayuda. Tú no vas a negociar más con ellos.

Entonces apareció Rebecca en la puerta.

Había regresado antes.

Miró el teléfono.

Y su reacción me sorprendió.

No preguntó qué había ocurrido.

No pareció confundida.

Solo dijo:

—Josephine, te dije que borraras esos mensajes.

La habitación quedó en silencio.

Miré a mi esposa.

—¿Tú sabías esto?

Rebecca cerró los ojos.

Josephine comenzó a llorar otra vez.

—Mamá lo sabe desde hace tres meses.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Tres meses?

Rebecca bajó la voz.

—Intentaba protegerla.

—¿Dejándola sola con esto?

Pero Josephine negó.

—No, papá.

Me miró aterrorizada.

—Mamá no quería protegerme.

Rebecca palideció.

Josephine apretó mi mano.

—No quería que fueras a la policía porque conoce al padre del chico que empezó todo.

Miré a Rebecca.

Ella ya no podía sostenerme la mirada.

Y entonces comprendí que la pesadilla de mi hija no había comenzado en la escuela.

Había llegado mucho más cerca de nuestra propia casa.

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