Lucas salió del coche con las piernas temblando.
—Llévame al hospital.
—Ve tú mismo.
—¡Eres mi esposa!
Lo miré con calma.
—Por poco tiempo.
Su expresión cambió.
—No puedes divorciarte por un error.
—No fue un error. Elegiste acostarte con mi mejor amiga y después me lo contaste para hacerme daño.
Guardé la carpeta.
—Lo que ocurra ahora con tu salud debes hablarlo con un médico.
Lucas llamó inmediatamente a Chloe.
Una vez.
Cinco.
Diez.
Ella no respondió.
A la mañana siguiente, cuando llegué al hospital, Lucas ya estaba allí solicitando atención médica.
No me acerqué.
No era su doctora.
Para mí, nuestro matrimonio había terminado la noche anterior.
Pero todavía faltaba Chloe.
Horas después apareció frente a mi oficina.
Tenía el rostro pálido.
—¿Se lo dijiste?
—Él mismo confesó que estuvo contigo.
Chloe cerró los ojos.
—No debía enterarse así.
La miré fijamente.
—¿Entonces sabías que estaba casado conmigo?
Silencio.
Otra vez.
Dos matrimonios.
La misma amiga.
Aquello fue suficiente.
—Nunca vuelvas a buscarme.
Esa noche regresé a casa acompañada de mi abogado.
Lucas estaba sentado en la sala.
Sobre la mesa estaban los documentos del divorcio.
—Podemos superar esto —dijo.
—Yo ya superé una traición como esta.
Deslicé un bolígrafo hacia él.
—No pienso hacerlo dos veces.
Lucas miró los papeles.
—¿Y si no firmo?
—Entonces será más lento. Nada más.
Por primera vez comprendió que ya no tenía poder sobre mi decisión.
Tomé mi maleta.
Cuando llegué a la puerta, escuché su voz.
—¿Ni siquiera quieres saber si estoy bien?
Me detuve.
—Sí quiero que estés bien.
Giré ligeramente la cabeza.
—Pero ya no necesito quedarme para comprobarlo.
Y salí.
Lucas había querido descubrir qué ocurriría si conseguía romperme.
La respuesta era sencilla.

No me rompí.
Simplemente dejé de ser su esposa.