PARTE 2: LA FAMILIA SECRETA

Gabriel no tocó el informe.

Solo lo miró.

—¿Quién te dio esto?

Aquella pregunta confirmó todo.

No preguntó qué significaba.

No dijo que fuera falso.

Preguntó quién me lo había dado.

—La doctora Vargas.

Su rostro cambió.

—Esa mujer no tenía derecho.

—¿Derecho a decirme que mi prometido ya tiene una familia?

Gabriel levantó la mirada.

Guardó silencio.

El informe contenía un dato imposible de explicar: años atrás, Gabriel había registrado como contacto familiar a Lucía Herrera, su pareja, durante el nacimiento de un niño.

Después apareció un segundo nacimiento.

Otra niña.

Gabriel tenía dos hijos.

Y la mujer con la que vivían seguía creyendo que él trabajaba fuera de la ciudad durante semanas.

Mientras conmigo planeaba una boda.

—Déjame explicarte —dijo finalmente.

—¿Tus hijos también necesitan una explicación?

Gabriel se levantó.

—Lucía y yo terminamos hace tiempo.

Saqué mi teléfono.

—Entonces será extraño para ella descubrirlo.

La seguridad desapareció de su rostro.

—¿Qué hiciste?

Le mostré una fotografía.

Esa misma mañana había encontrado a Lucía.

La doctora no me había dado su dirección. Solo el nombre que figuraba legalmente en el expediente. El resto lo descubrí por mi cuenta.

En la fotografía aparecía Lucía frente a su casa.

Y detrás de ella había una foto familiar tomada apenas tres meses antes.

Gabriel.

Lucía.

Los dos niños.

—Me dijiste que viajabas por negocios —susurré.

Gabriel apretó los puños.

—Valeria, podemos arreglarlo.

—¿Arreglar qué? ¿Tu primera familia o la segunda?

Entonces comprendí por qué la doctora me había advertido sobre propiedades y cuentas.

Gabriel sabía que yo recibiría una participación importante en la empresa de mi padre después de casarme.

Durante meses había insistido en que creáramos una cuenta conjunta.

También quería que firmara un poder “por si alguna vez ocurría una emergencia”.

No buscaba una esposa.

Buscaba dinero suficiente para mantener dos vidas.

—La boda terminó —dije.

Gabriel golpeó la mesa.

—¡No puedes hacerme esto!

Sonreí.

—Curioso. Eso mismo debe pensar Lucía.

El timbre sonó.

Gabriel se quedó inmóvil.

Abrí la puerta.

Lucía estaba allí.

A su lado había un niño de aproximadamente siete años agarrándole la mano.

Cuando vio a Gabriel, el pequeño sonrió.

—¡Papá!

Gabriel perdió todo el color.

Lucía entró lentamente.

Sus ojos estaban rojos, pero su voz permaneció firme.

—Me dijiste que venías aquí por trabajo.

Después miró las flores de nuestra boda, las invitaciones destruidas y nuestra fotografía de compromiso.

—¿Quién es ella?

Respondí antes que Gabriel.

—La mujer con la que iba a casarse dentro de treinta días.

Lucía cerró los ojos.

Gabriel empezó a hablar desesperadamente.

—Escúchenme. Todo tiene una explicación.

Pero entonces Lucía sacó un sobre.

—No. Ahora tú vas a escuchar.

Lo dejó sobre la mesa.

Dentro había estados de cuenta.

Gabriel había usado dinero de ambas.

A mí me pedía inversiones para nuestro “futuro”.

A Lucía le decía que necesitaba capital para mantener el negocio familiar.

Pero cientos de miles habían terminado en una tercera cuenta.

Una cuenta que ninguna de nosotras conocía.

Miré a Gabriel.

—¿Dónde está ese dinero?

No respondió.

Lucía tampoco entendía.

Entonces mi teléfono sonó.

Era la doctora Vargas.

Contesté.

—Valeria, encontré algo más en el expediente de Gabriel.

Miré al hombre frente a mí.

—¿Qué cosa?

La doctora tardó unos segundos en responder.

—Lucía Herrera no fue la primera mujer registrada como su pareja.

Sentí que el estómago se me hundía.

Gabriel cerró los ojos.

Y comprendí que sus dos hijos, su familia secreta y nuestra boda cancelada…

eran apenas el principio.

FIN

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