Rodrigo regresó a casa 48 horas después.
Venía molesto porque Mariana no contestaba sus llamadas.
—Seguro sigue castigándome por lo de la fiesta —murmuró mientras estacionaba.
Pero al bajar del automóvil dejó de sonreír.
Dos vehículos militares estaban frente a su casa.
Dentro lo esperaba el coronel Emiliano Torres.
Sobre la mesa había una computadora, varios documentos y la memoria USB.
—¿Dónde está Mariana? —preguntó Rodrigo.
—Viva —respondió Emiliano—. A pesar de ti.
Rodrigo palideció.
—Yo no sabía que era tan grave.
Emiliano reprodujo el primer archivo.
Era una grabación de la cocina.
Se escuchaba claramente a Mariana rogándole que la llevara al hospital.
Luego su propia voz:
“No me vas a manipular con sangre para ponerme en contra de mi madre”.
Rodrigo bajó la mirada.
—Cometí un error.
—Todavía no entiendes nada.
Emiliano abrió otro archivo.
La grabación había comenzado varias horas antes.
Esta vez apareció la voz de Ofelia.
La madre de Rodrigo.
—Cuando nazca el niño, Mariana controlará completamente la herencia de los Torres.
Después habló otra mujer.
Su hermana, Patricia.
—Entonces necesitamos que Rodrigo crea que ella exagera todo. Si ocurre una emergencia, él mismo la dejará sola.
Rodrigo levantó la cabeza.
—¿Qué?
Emiliano siguió reproduciendo.
Durante meses, Ofelia y Patricia habían manipulado a Rodrigo.
Le repetían que Mariana utilizaba el embarazo para separarlo de su familia.
Habían alterado mensajes.
Ocultado llamadas de la doctora.
Incluso habían convencido a Rodrigo de asistir obligatoriamente a aquella fiesta porque sabían que Mariana podía entrar en trabajo de parto en cualquier momento.
Pero faltaba lo peor.
En otro audio, Ofelia decía:
—Si Mariana muere durante el parto, Rodrigo heredará parte de sus bienes como esposo. Después nosotros podremos controlar todo a través de él.
Rodrigo retrocedió.
—Mi madre jamás…
—Escucha.
La voz de Ofelia volvió a sonar.
—Rodrigo siempre ha sido fácil de manejar. Solo tienes que hacerle creer que está defendiendo a su familia.
El rostro de Rodrigo se descompuso.
De repente comprendió.
Él nunca había sido el favorito.
Había sido la herramienta.
La fiesta.
Las discusiones.
El odio contra Mariana.
Todo había sido alimentado cuidadosamente.
Pero Emiliano cerró la computadora.
—No confundas descubrir que te manipularon con ser inocente.
Rodrigo quedó inmóvil.
—Mariana te pidió ayuda.
—Lo sé.
—Viste la sangre.
Rodrigo cerró los ojos.
—Lo sé.
—Y aun así te fuiste.
Aquella frase destruyó la última excusa que le quedaba.
Entonces sonó el teléfono de Rodrigo.
Mamá.
Contestó.
—Rodrigo, cariño, ¿dónde estás?
Él miró los documentos sobre la mesa.
—En casa.
Silencio.
—¿Hay alguien contigo?
Rodrigo observó a Emiliano.
Después preguntó:
—Mamá… ¿esperabas que Mariana muriera?
Al otro lado nadie respondió.
Y aquel silencio confirmó más que cualquier confesión.
Rodrigo colgó.
—Quiero verla.
Emiliano negó con la cabeza.
—Ella no quiere verte.
—Es mi esposa.
—Era tu esposa cuando estaba de rodillas rogándote que salvaras a tu hijo.
Rodrigo sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.
Se sentó lentamente.
Por primera vez comprendió que descubrir la conspiración no iba a devolverle lo que había destruido.
Entonces Emiliano dejó una última carpeta frente a él.
—Y esto acaba de llegar del abogado de Mariana.
Rodrigo la abrió.
Solicitud de divorcio.
Orden de protección.
Y una declaración firmada que impedía que se acercara a ella o al bebé.
Rodrigo levantó la vista, devastado.
Pero Emiliano todavía no había terminado.
—Tu madre quería quedarse con la fortuna de Mariana.
Hizo una pausa.
—Lo que ninguno de ustedes sabía es que Mariana transfirió todo esta mañana.
—¿A quién?
Emiliano sonrió sin alegría.
—A tu hijo.
Rodrigo quedó completamente blanco.
Y en ese mismo instante comprendió que su familia había conspirado para conseguir una fortuna…
pero acababa de quedarse sin dinero, sin esposa y posiblemente sin volver a cargar a su propio hijo.

Mientras tanto, en el hospital, Mariana abrió los ojos cuando la enfermera colocó al bebé entre sus brazos.
Lo abrazó suavemente.
Y susurró:
—Ahora nos toca vivir sin ellos.
FIN