PARTE 2: LA DUEÑA HABLÓ

Esa noche preparé café, puse fruta sobre la mesa y esperé a que todos se sentaran.

Patricia llegó primero.

—Bueno, Elena, ya que estamos todos aquí…

Levanté una mano.

—Déjame hablar a mí primero.

Marcos frunció el ceño.

Mi suegra me miró con preocupación.

Saqué una carpeta blanca y la dejé sobre la mesa.

—Anoche escuché su conversación.

Patricia palideció.

—¿Qué conversación?

—La de cobrarme renta para obligarme a irme.

Marcos se enderezó.

—Estás entendiendo mal.

—No.

Abrí la carpeta.

—La casa está únicamente a mi nombre.

Puse la copia de la escritura frente a ellos.

Patricia la leyó dos veces.

—Esto… esto no puede ser.

—Sí puede.

Marcos agarró el documento.

—Daniel vivió aquí durante años.

—Porque era mi esposo.

—¡Esta casa era su hogar!

—Su hogar, sí. Su propiedad, no.

Patricia perdió la compostura.

—¿Entonces todo este tiempo nos dejaste creer que pertenecía a Daniel?

La miré.

—Nunca dije eso. Ustedes simplemente nunca preguntaron.

Mi suegra cerró los ojos.

Ella sí lo sabía.

Lo entendí inmediatamente.

—Usted siempre supo la verdad, ¿verdad?

No respondió.

Patricia giró hacia ella.

—¿Mamá?

Mi suegra bajó la cabeza.

—Daniel me lo contó hace años.

Marcos se puso de pie.

—¡Entonces por qué nunca dijiste nada!

—Porque Elena nunca nos cobró un centavo.

El silencio se volvió incómodo.

Yo saqué tres sobres.

Uno para Marcos.

Uno para Patricia.

Uno para mi suegra.

—Tienen treinta días para mudarse.

Patricia golpeó la mesa.

—¡Estoy viviendo aquí con una niña!

—Precisamente por Camila les estoy dando treinta días.

—¡No puedes echarnos!

—Sí puedo.

Marcos intentó cambiar de tono.

—Elena, estamos todos afectados por la muerte de Daniel. No tomes decisiones impulsivas.

Lo miré fijamente.

—Daniel lleva muerto menos de tres meses y ustedes ya estaban repartiendo mi dormitorio.

No tuvo respuesta.

Entonces Patricia sonrió de repente.

Fue una sonrisa extraña.

—Quizá deberías revisar mejor tus documentos.

Sacó su teléfono.

—Porque Marcos hizo algunos trámites antes de que Daniel muriera.

Mi estómago se tensó.

—¿Qué trámites?

Marcos la miró furioso.

—Cállate.

Demasiado tarde.

Patricia abrió una fotografía.

Era una solicitud de préstamo hipotecario.

Mi dirección aparecía arriba.

Debajo había una firma con mi nombre.

No era mía.

Miré a Marcos.

—¿Qué es esto?

Su rostro perdió todo el color.

Patricia comprendió entonces que acababa de decir demasiado.

Tomé una fotografía del documento.

—Usaron mi propiedad como garantía.

—Elena, déjame explicarlo —dijo Marcos.

—¿Daniel sabía?

Nadie respondió.

La pregunta quedó flotando en la mesa.

Entonces mi suegra comenzó a llorar.

—Daniel lo descubrió una semana antes de morir.

Sentí que el pecho se me cerraba.

—¿Qué?

Ella me miró.

—Por eso discutió con Marcos aquella noche.

Marcos golpeó la mesa.

—¡Mamá!

Me puse de pie.

—¿Qué noche?

Mi suegra temblaba.

—La noche antes del accidente.

Todo dentro de mí se quedó en silencio.

Durante dos meses y medio había creído que la muerte de Daniel había sido un accidente.

Miré a Marcos.

Él ya no parecía indignado.

Parecía asustado.

Y entonces comprendí que aquella reunión ya no trataba de una casa.

Trataba de descubrir qué había ocurrido realmente la última noche que mi esposo estuvo vivo.

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