Ethan miró mi teléfono.
Luego el suyo.
Después volvió a mirarme a mí.
—Emma…
Su voz ya no sonaba fría.
Sonaba incrédula.
—¿Por qué tengo tu número guardado como “esposa”?
No respondí enseguida.
Saqué el teléfono de mi bolsillo, apagué la llamada y lo dejé sobre la mesa.
—Porque soy tu esposa.
El silencio fue brutal.
Ethan se quedó completamente inmóvil.
—No.
—Sí.
—Eso no tiene sentido.
—Nuestro matrimonio se registró hace casi tres años.
Su rostro cambió.
—Emma… ¿cuál es tu apellido?
Lo miré directamente.
—Bennett.
Ethan dio un paso atrás.
Como si acabara de recibir un golpe.
—Emma Bennett.
—La misma.
Pasó una mano por su rostro.
—¿Entonces aquella noche en el hotel…?
—Te acostaste con tu propia esposa sin reconocerla.
Cerró los ojos.
No sabía si quería reír, gritar o desaparecer.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—¿Cuándo?
Me levanté.
—¿Cuando me pagaste quinientos mil yuanes por “las molestias”?
Su mandíbula se tensó.
—No sabía quién eras.
—Exactamente.
—¿Y después? ¿Durante todas esas semanas?
—Tú tampoco preguntaste demasiado.
Ethan soltó una risa seca.
—Me dejaste enamorarme de ti mientras sabías que estaba casado contigo.
La frase me hizo detenerme.
—¿Enamorarte?
Él también pareció darse cuenta de lo que acababa de decir.
Desvió la mirada.
—No importa.
—Claro que importa.
—Emma…
—Hace cinco minutos dijiste que no podías amarme.
Ethan guardó silencio.
Aquello ya era respuesta suficiente.
Entonces su teléfono volvió a sonar.
Era su secretario.
Ethan contestó con brusquedad.
—¿Qué?
Escuchó unos segundos.
Después me miró.
—El acuerdo matrimonial vence pasado mañana.
Asentí.
—Lo sé.
—Mi abogado ya preparó el divorcio.
—También lo sé.
Su expresión se oscureció.
—¿Pensabas firmarlo sin decirme nada?
No pude evitar sonreír.
—Ethan, tú organizaste este matrimonio sin verme. ¿Por qué debería organizar el divorcio de otra manera?
Él dejó el teléfono.
—No voy a firmar.
Esta vez fui yo quien quedó sorprendida.
—¿Qué?
—No quiero divorciarme.
—Hace una hora sí.
—Hace una hora pensaba que mi esposa era una desconocida a la que nunca había elegido.
Se acercó.
—Ahora sé que eres tú.
Mi corazón dio un golpe incómodo.
Pero no iba a olvidar tres años en una sola conversación.
—Eso no borra nada.
—Lo sé.
—Me abandonaste.
—Lo sé.
—Y me pagaste como si fuera una extraña.
Ethan cerró los ojos.
—También lo sé.
Antes de que pudiera responder, llamaron a la puerta.
Su secretario entró con una carpeta.
—Señor Harrison, hay un problema.
—¿Cuál?
El hombre me miró antes de hablar.
—Revisamos los documentos originales del matrimonio.
Colocó la carpeta sobre la mesa.
—Alguien modificó una de las cláusulas después de que ambas familias firmaran.
Ethan frunció el ceño.
—¿Qué cláusula?
El secretario abrió la última página.
—La que establece que el matrimonio debía terminar automáticamente después de tres años.
Sentí que se me helaba la espalda.
—¿Está diciendo que esa condición no estaba en el documento original?
—Exactamente.
Ethan levantó lentamente la mirada.
—Entonces ¿quién la añadió?
El secretario tragó saliva.
—La firma de autorización pertenece a su padre.

La habitación volvió a quedar en silencio.
El padre de Ethan había muerto dos años antes.
Y de pronto aquella unión que ambos creíamos una obligación temporal empezó a parecer algo completamente distinto.
Porque si su padre había añadido en secreto la fecha del divorcio…
entonces alguien había querido asegurarse desde el principio de que Ethan y yo nunca llegáramos a conocernos de verdad.