El rey dejó caer la taza.
—Eso es imposible…
En el café seguía reflejándose el rostro de Adrián, su hermano, muerto veinte años atrás.
Entonces una voz diminuta surgió desde la taza:
—No estoy aquí para vengarlo, padre. Estoy aquí para terminar lo que él comenzó.
La reina se incorporó aterrorizada.
—¿Dónde está mi hijo?
La partera levantó la mano.
—No ha desaparecido. Su verdadera forma todavía no ha despertado.
De pronto, el suelo comenzó a temblar.
Entre las piedras del palacio brotaron pequeñas plantas verdes. En segundos, raíces y flores cubrieron una sala que llevaba décadas sin conocer vida.
El rey contempló aquello horrorizado.
—¡Guardias! ¡Destruid esa taza!
—¡No! —gritó la partera—. Si intentáis destruir al príncipe, su poder se volverá contra el reino.
Pero uno de los guardias ya había levantado su espada.
Antes de que pudiera acercarse, la taza se rompió sola.
Una nube oscura llenó la habitación.
Cuando desapareció, el extraño bebé estaba nuevamente sobre la manta.
Esta vez tenía una pequeña corona dorada marcada sobre la frente.
La partera palideció.
—Esa marca…
—¿Qué significa? —preguntó la reina.
La anciana miró al rey.
—Que la profecía fue interpretada mal durante generaciones.
El rey apretó los puños.
—Habla.
—El niño no decidirá si salva o destruye el reino.
Todos guardaron silencio.
—Él decidirá quién merece gobernarlo.
El rey retrocedió.
Entonces el pequeño príncipe volvió la mirada hacia él.
—Y tú, padre… tienes miedo porque sabes lo que le hiciste al verdadero rey.

La reina quedó paralizada.
—¿Verdadero rey?
Antes de que el monarca pudiera responder, las enormes puertas se abrieron.
Un hombre cubierto con una capa entró lentamente.
El rey perdió el color.
El desconocido retiró la capucha.
Era Adrián.
El hermano que todos creían muerto.
Y lo primero que hizo fue inclinarse ante el pequeño príncipe.
—He esperado veinte años por ti, Majestad.