El silencio cayó sobre la mansión cuando la grabación comenzó.
En la pantalla se veía claramente a Verónica tomando la pulsera y escondiéndola en el bolso de Lucía.
Los empleados se miraron sorprendidos.
—¿Todavía vas a llamarla ladrona? —preguntó el dueño de la mansión, Alejandro.
Verónica retrocedió.
—Yo… puedo explicarlo.
—Entonces explica esto.
Alejandro adelantó el video.
La cámara mostraba a Verónica hablando por teléfono minutos antes.
—Cuando Alejandro reconozca que Mateo es hijo de mi hermana, esa fortuna será nuestra —decía—. Solo necesito sacar a Lucía de esta casa antes de que descubra la verdad.
Lucía sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Hijo de tu hermana?
Alejandro apagó la pantalla.
—Eso es lo que Verónica lleva meses creyendo.
—¡Porque es verdad! —gritó ella—. Mateo es mi sobrino. Mi hermana murió y tú escondiste al niño para quedarte con todo.
Alejandro negó lentamente.
—Tu hermana te mintió.
Verónica quedó inmóvil.
Alejandro caminó hasta una caja fuerte y sacó un sobre.
—Antes de morir, ella me entregó esto.
Dentro había una prueba de paternidad y una carta.
Verónica tomó los documentos. Su rostro perdió el color.
—No…
—Mateo no es mi hijo —dijo Alejandro.
Lucía lo miró desconcertada.
—Entonces, ¿quién es su padre?
Alejandro señaló la carta.
Verónica leyó el nombre y comenzó a temblar.
En ese instante, la puerta principal se abrió.
Un hombre entró lentamente.
Verónica dejó caer el papel.
—Tú estás muerto…
El recién llegado miró al bebé y respondió:

—Eso fue lo que tu hermana necesitaba que todos creyeran.
Luego clavó los ojos en Verónica.
—Y ahora vas a explicar por qué intentaste quedarte con la herencia de mi hijo.