PARTE 2: LA VERDAD QUE ENTERRARON

Abril no discutió.

Tomó su maleta y salió.

Paola soltó una carcajada detrás de ella.

—Así está mejor. Cada quien en el lugar que merece.

Abril sonrió.

—Exactamente.

Dos horas después estaba frente a Lucía Herrera, la abogada que había conocido en prisión.

Puso el celular sobre su escritorio.

Primero reprodujo el video del accidente ocurrido dos años atrás.

En la grabación, Emiliano conducía después de haber bebido. Tras el choque, Ramón gritaba:

—¡Si descubren que fue él, irá a prisión!

Luego apareció la voz de Teresa:

—Abril, tú no habías bebido. Di que manejabas. Te conseguiremos un buen abogado y cuidaremos tu casa hasta que regreses.

Abril había aceptado.

Y recibió dos años de prisión por proteger a su hermano.

Después reprodujo la grabación hecha aquella mañana desde la banqueta.

La voz de Teresa se escuchaba perfectamente:

—Ella pagó parte de la hipoteca y todavía guarda recibos. Por eso hicimos el cambio de escrituras antes de que saliera.

Lucía detuvo el audio.

—Acaban de admitir que sabían que tenías derechos sobre la propiedad.

—Hay más.

Abril colocó sobre la mesa fotografías de recibos, transferencias y documentos anteriores a su encarcelamiento.

Lucía levantó la mirada.

—¿Quieres recuperar la casa?

Abril negó.

—Quiero recuperar mi nombre.

Esa misma tarde presentaron las pruebas ante las autoridades y solicitaron revisar tanto el accidente como la transferencia de la propiedad.

Dos días después, alguien golpeó desesperadamente la puerta del pequeño cuarto donde Abril se hospedaba.

Era Emiliano.

—¡Tienes que retirar todo!

—¿Por qué?

—La policía vino a la casa.

Abril permaneció tranquila.

Emiliano comenzó a llorar.

—Paola está embarazada. Mis padres son mayores. ¡Vas a destruir a toda la familia!

Abril lo miró fijamente.

—Yo fui a prisión por ti.

Él bajó la cabeza.

—Lo sé.

—Perdí dos años.

Silencio.

—Y cuando regresé, me arrojaste a la calle.

Emiliano no pudo responder.

Abril cerró la puerta.

A la mañana siguiente recibió una llamada de Lucía.

—Encontraron irregularidades en las escrituras.

—¿Qué clase de irregularidades?

—Tu supuesta firma autorizando la transferencia fue realizada mientras estabas dentro del penal.

Abril sintió un escalofrío.

—Yo nunca firmé nada.

—Lo sabemos.

Lucía hizo una pausa.

—Y hay algo peor. El notario que certificó el documento asegura que tú compareciste personalmente ante él.

Abril miró por la ventana.

Aquello era imposible.

Ella tenía registros penitenciarios demostrando dónde se encontraba aquel día.

—Entonces alguien tuvo que hacerse pasar por mí.

—Exactamente.

Esa tarde, la policía regresó a la casa.

Esta vez no fueron a preguntar.

Se llevaron documentos, computadoras y el teléfono de Ramón.

Y dentro de ese teléfono encontraron un mensaje enviado meses antes:

“La firma ya quedó. Cuando Abril salga, legalmente no tendrá nada.”

El destinatario no era Emiliano.

Tampoco Teresa.

Era Paola.

Abril leyó el mensaje dos veces.

Entonces Lucía deslizó otra fotografía sobre la mesa.

Mostraba a Paola saliendo de la notaría el mismo día de la transferencia.

Llevaba lentes oscuros.

El cabello recogido.

Y en sus manos sostenía la identificación de Abril.

La mujer que la había rociado con alcohol para “quitarle el olor a cárcel” no solo había ocupado su habitación.

Había usado su identidad para robarle la casa.

Abril dejó el teléfono sobre la mesa.

—Ahora entiendo por qué tenía tanto miedo de que regresara.

Lucía asintió.

—Y esto apenas comienza.

Porque recuperar aquella casa ya era lo de menos.

Ahora la familia Salgado tendría que explicar cómo envió a una mujer inocente a prisión…

y después aprovechó su encierro para quedarse con todo lo que era suyo.

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