PARTE 2: YA NO TE ESPERO

No sé desde cuándo, pero estar conmigo se había convertido, a los ojos de Yan Zhi, en una tarea que simplemente tenía que cumplir y terminar.

Mientras que estar con Lin Ruo Yao…

Parecía ser lo único que realmente esperaba.

Terminé el último trozo de pastel.

Después lavé el plato.

Limpié la mesa.

Guardé las velas sobrantes en un cajón.

Todo con una calma extraña.

Ni siquiera fui al dormitorio.

Entré directamente en el estudio.

Encendí el ordenador.

En mi correo todavía seguía sin responder el mensaje que la empresa me había enviado tres días antes.

Proyecto de expansión internacional.

Traslado al extranjero durante dos años.

Ascenso a directora regional.

Hasta aquella noche, había dudado.

Porque Yan Zhi estaba aquí.

Nuestra casa estaba aquí.

Doce años de relación estaban aquí.

Pero ahora…

Moví el cursor hasta el botón de respuesta.

Escribí solo una frase:

Acepto el traslado.

Y pulsé enviar.


A la mañana siguiente, Yan Zhi salió del dormitorio bostezando.

Yo ya estaba vestida para ir al trabajo.

Al verme preparando café, preguntó:

—¿Todavía estás enfadada por lo de anoche?

—No.

Respondí.

Su expresión se relajó de inmediato.

—Sabía que no era para tanto.

Se acercó, tomó una taza y bebió un sorbo.

—Este fin de semana podemos salir a cenar. Considéralo como una compensación.

Asentí.

—Está bien.

Me miró con cierta sorpresa.

Probablemente esperaba reproches.

Una discusión.

O lágrimas.

Pero yo ya no tenía nada que reclamar.

Cuando una persona todavía discute, significa que aún espera algo.

Yo ya no esperaba nada.


Antes de salir, Yan Zhi recibió una llamada.

La pantalla mostró el nombre de Lin Ruo Yao.

Contestó inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

Su voz se suavizó de una forma casi imperceptible.

No sé qué dijo ella, pero él sonrió.

—Está bien. Te recogeré.

Colgó.

—Ruo Yao perdió el autobús. La llevaré a la empresa.

Tomé mi bolso.

—Claro.

Yan Zhi frunció ligeramente el ceño.

—¿No vas a decir nada?

Lo miré.

—¿Qué debería decir?

Pareció no saber cómo responder.

Al final se limitó a tomar las llaves.

Cuando llegó a la puerta, se volvió.

—Dương Mạn.

—¿Sí?

—Últimamente estás un poco rara.

Sonreí.

—Quizá simplemente estoy madurando.

Él se rio.

—Treinta años y por fin maduras.

La puerta se cerró.

Yo permanecí inmóvil unos segundos.

Después murmuré:

—Sí.

—Por fin.


En la empresa, Recursos Humanos me citó a primera hora.

La directora me entregó una carpeta.

—El traslado será dentro de tres semanas.

—El puesto implica una mejora salarial del cuarenta por ciento, vivienda corporativa y un equipo propio.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Tu familia está de acuerdo?

Bajé la mirada hacia el contrato.

—No necesito su aprobación.

Firmé.

La directora sonrió.

—Entonces felicidades.

—Esta oportunidad puede cambiar tu carrera.

Miré mi firma sobre el papel.

No sabía si cambiaría mi carrera.

Pero sabía que iba a cambiar mi vida.


Durante los siguientes días empecé a organizarlo todo en secreto.

Documentos.

Pasaporte.

Ropa.

Objetos personales.

También pedí cita con un abogado.

Yan Zhi no notó nada.

Seguía regresando tarde.

Seguía hablando constantemente de Lin Ruo Yao.

—Hoy Ruo Yao presentó su primer proyecto sola.

—Ruo Yao tiene muy buen talento.

—Ruo Yao nunca ha viajado al extranjero y dice que quiere conocer Europa algún día.

Una noche, mientras cenábamos, dejé los palillos sobre la mesa.

—Yan Zhi.

—¿Hmm?

—¿La quieres?

Levantó la cabeza.

—¿A quién?

—A Lin Ruo Yao.

Su expresión cambió.

—¿Qué tontería estás diciendo?

—Solo pregunto.

—Es una compañera más joven.

—Entonces, si mañana desapareciera de tu vida, ¿te afectaría?

Se quedó callado.

Solo dos segundos.

Pero fueron suficientes.

Después frunció el ceño.

—Dương Mạn, no empieces otra vez con tus celos.

Sonreí.

—Entiendo.

Volví a comer.

Ya tenía mi respuesta.


Una semana después, Lin Ruo Yao apareció personalmente en nuestra casa.

Era la primera vez.

Llevaba una caja de pasteles.

—Hermana Mạn, perdona que venga sin avisar.

Sonreía dulcemente.

—El hermano Yan dijo que estabas en casa. Quería traerte algo por tu cumpleaños atrasado.

Hermano Yan.

Miré a Yan Zhi.

Él ni siquiera pareció notar aquella forma íntima de llamarlo.

—Entra.

Dijo.

Lin Ruo Yao recorrió el salón con curiosidad.

Después vio una fotografía de nuestra boda sobre el mueble.

Su sonrisa se congeló ligeramente.

—Hermana Mạn, estabas muy guapa aquí.

—Gracias.

—El hermano Yan también parecía muy joven.

Yan Zhi soltó una risa.

—Han pasado muchos años.

—Doce.

Respondí.

Lin Ruo Yao me miró.

—¿Llevan doce años juntos?

—Desde los dieciocho.

Su expresión cambió apenas un instante.

Después sonrió de nuevo.

—Qué envidia.

—Yo también quiero encontrar algún día una relación así de larga.

La miré.

—La duración no significa que sea buena.

El salón quedó en silencio.

Yan Zhi me lanzó una mirada.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Nada.

Tomé la caja de pasteles.

—Gracias por traerlos.


Aquella noche, después de que Lin Ruo Yao se marchara, Yan Zhi finalmente explotó.

—¿Era necesario hablar así delante de ella?

—¿Cómo hablé?

—Como si estuvieras insinuando que nuestro matrimonio está mal.

Lo miré.

—¿Está bien?

Su expresión se congeló.

—Claro que sí.

—Entonces no deberías preocuparte tanto.

Se levantó.

—Últimamente estás imposible.

—Tal vez.

—¿Es por cumplir treinta?

Solté una risa.

—¿Qué tiene que ver mi edad?

—Desde tu cumpleaños estás especialmente sensible.

Ahí estaba otra vez.

Mi edad.

Las arrugas.

La sensibilidad.

Como si cumplir treinta años hubiera convertido automáticamente cualquier dolor mío en una crisis ridícula.

Lo miré durante mucho tiempo.

—Yan Zhi.

—¿Qué?

—¿Sabes qué regalo quería realmente por mi cumpleaños?

Pareció desconcertado.

—¿Qué?

—Que me vieras.

Frunció el ceño.

—Te veo todos los días.

Negué.

—No.

—Hace mucho que dejaste de verme.


Dos semanas después, recibí los documentos finales del traslado.

También el borrador del acuerdo de divorcio.

Los coloqué dentro de una carpeta azul.

Esa misma noche, Yan Zhi volvió especialmente temprano.

Traía flores.

Por primera vez desde mi cumpleaños.

—Mạn Mạn.

Ese nombre cariñoso llevaba meses sin pronunciarlo.

—Este fin de semana reservé aquel restaurante que te gusta.

Dejó las flores frente a mí.

—Y también compré entradas para un concierto.

Lo observé.

—¿Por qué?

—Porque…

Se tocó la nariz.

—Ruo Yao dijo que últimamente quizá te he prestado poca atención.

Sentí ganas de reír.

Incluso cuando intentaba arreglar nuestro matrimonio…

La idea seguía viniendo de ella.

—Entiendo.

Tomé la carpeta azul.

—Yo también tengo algo para ti.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Qué?

La dejé sobre la mesa.

Yan Zhi la abrió.

Primero vio el contrato de traslado.

Después…

El acuerdo de divorcio.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué es esto?

—Lo que ves.

Pasó rápidamente las páginas.

—¿Te vas al extranjero?

—Sí.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque ya había decidido aceptarlo.

Su voz subió.

—¡Soy tu esposo!

—Todavía.

Aquel «todavía» lo dejó completamente inmóvil.

—Dương Mạn.

—¿De verdad quieres divorciarte?

—Sí.

—¿Por Lin Ruo Yao?

Negué.

—No.

—Ella solo me ayudó a ver algo que llevaba demasiado tiempo evitando.

—¿Qué?

Lo miré directamente.

—Que ya no soy importante para ti.

—Eso no es verdad.

—Olvidaste mi cumpleaños.

—¡Te pedí perdón!

—Le diste tu teléfono a otra mujer durante horas mientras yo te enviaba dieciséis mensajes.

—Fue por un juego.

—Te quedaste jugando con ella hasta la madrugada el día de mi cumpleaños.

Su mandíbula se tensó.

—Eso no significa nada.

—Exactamente.

Sonreí.

—Para ti nunca significa nada.

—Una cena no significa nada.

—Un cumpleaños no significa nada.

—Una promesa rota tampoco.

—Pero cuando juntas suficientes «nadas»…

Mi voz se volvió muy baja.

—Al final ya no queda matrimonio.


Yan Zhi se quedó mirando el acuerdo.

—No voy a firmarlo.

—Está bien.

—¿Qué?

—Entonces seguiremos el procedimiento legal.

Su rostro cambió de verdad.

Por primera vez comprendió que yo no estaba intentando asustarlo.

—¿Ya hablaste con un abogado?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde la noche de mi cumpleaños.

Su expresión se volvió pálida.

—¿Esa misma noche?

—Sí.

—Mientras yo estaba…

Se detuvo.

Ambos sabíamos cómo terminaba aquella frase.

Mientras él estaba jugando con Lin Ruo Yao.

Asentí.

—Exactamente.


Yan Zhi se dejó caer en el sofá.

Durante mucho tiempo no dijo nada.

Finalmente preguntó:

—¿Ya no me amas?

Miré al hombre al que había amado desde los dieciocho años.

Doce años.

Casi la mitad de mi vida adulta.

—Te amé muchísimo.

Respondí.

—Ese fue precisamente el problema.

Levantó la vista.

—Te amé tanto que siempre encontraba excusas por ti.

—Te amé tanto que convertí cada decepción en algo pequeño.

—Te amé tanto que pensé que, mientras siguiéramos juntos, todo podía arreglarse.

Respiré profundamente.

—Pero el día que cumplí treinta años entendí algo.

—No quiero pasar los próximos diez años esperando que vuelvas a ser el hombre de los primeros diez.

Yan Zhi apretó los dedos.

—Puedo cambiar.

—Tal vez.

—Entonces dame una oportunidad.

Negué suavemente.

—Esa oportunidad te la di demasiadas veces sin que lo supieras.


Tres semanas después, me encontraba en el aeropuerto.

Solo llevaba dos maletas.

La empresa había enviado a alguien para ayudarme con el traslado.

Mientras esperaba el embarque, mi teléfono comenzó a vibrar.

Yan Zhi.

No respondí.

Después llegó un mensaje.

【Estoy en el aeropuerto. ¿Dónde estás?】

Otro.

【Dương Mạn, no te vayas así.】

Y otro.

【Esta vez sí me acordaré de todo.】

Miré aquellas palabras durante unos segundos.

Después bloqueé la pantalla.

La voz del aeropuerto anunció el comienzo del embarque.

Me levanté.

Caminé hacia la puerta.

No miré atrás.

Porque el día de mi trigésimo cumpleaños había pedido tres deseos.

Dos todavía necesitaban tiempo.

Pero el tercero…

Ya estaba empezando a cumplirse.

Después de doce años viviendo alrededor de Yan Zhi…

Por fin iba a descubrir quién era Dương Mạn cuando dejaba de esperarlo.

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