PARTE 2: EL PROMETIDO QUE NO EXISTÍA

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Conocerlo?

—Sí.

Adrián se recostó en la silla.

—Esta noche.

Mi supuesto prometido era un anillo de cuarenta dólares y una mentira inventada cinco minutos antes de entregar mi renuncia.

—Está de viaje.

—¿Dónde?

—Boston.

Adrián tomó el teléfono.

—Perfecto. Mi avión puede traerlo.

Lo miré horrorizada.

—¿Siempre investiga la vida privada de sus empleados?

—Solo cuando renuncian repentinamente después de seis años.

—Mi vida no necesita su aprobación.

Sus ojos bajaron hacia mi anillo.

—Entonces dime su nombre.

Silencio.

Adrián se levantó.

—No existe.

No respondí.

—Clara.

—¿Qué?

—Quítate el anillo.

Aquello me hizo enfadar.

—Usted no puede ordenarme eso.

Me dirigí hacia la puerta.

Adrián habló detrás de mí.

—¿Te vas por mi compromiso?

Me detuve.

Había descubierto demasiado.

Así que decidí dejar de esconderme.

—Sí.

Cuando me giré, Adrián estaba completamente inmóvil.

—Durante cuatro años estuve enamorada de usted.

Su rostro perdió toda expresión.

—Por eso necesito marcharme antes de verlo casarse con otra mujer.

Me quité el anillo falso y lo dejé sobre su escritorio.

—Ese es mi verdadero motivo.

Abrí la puerta.

—Clara, espera.

—Ya esperé cuatro años.

Y me marché.


Esa noche estaba terminando de empacar cuando Julia me llamó.

—¿Qué ocurrió?

—¿Con qué?

—El señor Vega acaba de cancelar la cena con la familia Salazar.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Y Victoria está aquí.

Antes de poder responder, escuché gritos al otro lado.

Después la voz de Adrián:

—Nunca acepté ese compromiso.

Colgué.

Cinco minutos más tarde alguien golpeó mi puerta.

Era Adrián.

Sin chófer.

Sin asistente.

Sin aquella calma perfecta que había mantenido durante seis años.

—¿Cómo consiguió mi dirección?

Lo miré.

—Olvide que pregunté.

Adrián respiró profundamente.

—Tomás anunció un compromiso que nuestras familias estaban negociando. Yo todavía no había aceptado.

—Eso no cambia nada.

—Lo cambia todo.

—¿Por qué?

Me sostuvo la mirada.

—Porque cuando dijiste que ibas a casarte, sentí ganas de encontrar a ese hombre y decirle que desapareciera.

Mi corazón golpeó con fuerza.

Pero negué.

—Eso no es amor. Es costumbre.

Adrián quedó en silencio.

—Durante seis años resolví todos sus problemas. Ahora tiene miedo de perder a su secretaria.

Cerré suavemente la puerta.

—Descubra primero si extraña a Clara…

Hice una pausa.

—o simplemente a la mujer que siempre estaba disponible cuando usted llamaba.

Al día siguiente entregué definitivamente mi renuncia.

Y me fui.

Por primera vez, Adrián Vega tendría que aprender a vivir sin mí.

Si después de hacerlo todavía quería encontrarme…

entonces quizá descubriríamos qué significaba realmente aquella noche en que perdió el control.

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