PARTE 2: DENTRO DE LA PARED

Ramiro avanzó con la jeringa.

Marisol retrocedió hasta quedar junto al buró.

—¿Qué contiene?

—Algo para tranquilizarte.

—Como tranquilizaban a mi madre.

Ramiro sonrió.

—Tu problema siempre fue hacer demasiadas preguntas.

Entonces doña Amalia gritó:

—¡La pared, hija!

Marisol empujó el buró con todas sus fuerzas.

Detrás había una tabla suelta.

La arrancó.

Dentro del hueco encontró un teléfono viejo envuelto en plástico y varias carpetas.

Ramiro perdió el color.

—Dame eso.

Intentó arrebatárselo.

Pero Marisol lanzó el teléfono por la ventana.

Ramiro corrió hacia ella.

En ese instante sonaron sirenas afuera.

Se quedó paralizado.

Marisol sonrió.

—Mi maleta tenía una cámara transmitiendo en vivo.

Desde abajo, Ofelia comenzó a gritar.


Daniela, la abogada, entró acompañada por agentes.

Ramiro intentó esconder la jeringa.

Demasiado tarde.

Todo había quedado grabado.

Doña Amalia fue liberada inmediatamente y trasladada para recibir atención médica.

Pero antes de salir, Marisol entregó las carpetas escondidas en la pared.

Daniela abrió la primera.

Había contratos.

Préstamos.

Transferencias.

Propiedades vendidas utilizando documentos falsificados.

Durante tres años, Ramiro había desviado gran parte del dinero que Marisol enviaba para su madre.

La camioneta.

Los muebles.

Las joyas de Brenda.

Todo había salido de allí.

Pero la segunda carpeta era peor.

Contenía varias pólizas.

No solo la de Marisol.

Había otra a nombre de doña Amalia.

Beneficiaria:

Ofelia Salgado.

Marisol levantó la mirada.

—¿Mi suegra?

Doña Amalia comenzó a llorar.

—Por eso escondí los documentos.

Daniela continuó revisando.

Entonces encontró una fotografía.

Ramiro aparecía junto a Ofelia y un hombre desconocido frente a una notaría.

Detrás había una nota escrita por doña Amalia:

“Si algo me pasa, busquen a Esteban Cruz.”

Ramiro reaccionó inmediatamente.

—¡Eso no significa nada!

Marisol lo miró.

—Entonces ¿por qué tienes miedo?


Horas después, en el hospital, doña Amalia finalmente explicó la verdad.

—Ramiro no empezó esto solo.

—¿Quién es Esteban?

Su madre apretó su mano.

—El hombre que llevaba meses viniendo a la casa.

—¿Para qué?

—Preguntaba por los terrenos de tu padre.

Marisol frunció el ceño.

Su padre había muerto hacía doce años.

Ella creía que solo había dejado una pequeña parcela prácticamente sin valor.

Doña Amalia negó lentamente.

—Tu padre descubrió algo antes de morir.

—¿Qué?

—Que debajo de aquellas tierras quieren construir uno de los accesos del nuevo proyecto portuario.

Marisol quedó inmóvil.

Daniela abrió su computadora.

Después de revisar los registros, levantó la mirada.

—Marisol…

—¿Qué ocurre?

—La empresa interesada lleva dos años intentando comprar todas las parcelas de esa zona.

—¿Cuánto vale la nuestra?

Daniela guardó silencio unos segundos.

—Muchísimo más de lo que Ramiro te hizo creer.

Marisol comprendió finalmente.

No habían encerrado a su madre solamente para robar las remesas.

Necesitaban declararla incapaz.

Después conseguir la firma de Marisol.

Y quedarse con las tierras.

Su teléfono vibró.

Un mensaje desconocido apareció en pantalla:

“Ramiro ya falló. Si quieres que tu madre salga viva del hospital, firma mañana.”

Marisol levantó lentamente los ojos.

Ramiro estaba detenido.

Ofelia también estaba siendo interrogada.

Eso significaba una sola cosa.

La persona que realmente había organizado todo…

seguía libre.

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