—Cancela la boda.
Mi padre tardó varios segundos en responder.
—Isabella, ese lugar fue construido para ti.
—Por eso mismo. Adrian no volverá a decidir quién merece caminar por mi alfombra.
Mi padre no hizo más preguntas.
—Entendido.
Colgué y llamé inmediatamente a nuestro abogado.
Durante los siguientes días fingí que la hipnosis seguía funcionando.
Cuando Adrian hablaba de nuestros supuestos viajes, sonreía.
Cuando mencionaba recuerdos que pertenecían a Camille, fingía emocionarme.
Él bajó completamente la guardia.
Hasta llegó a besarme la frente la noche anterior a la boda.
—Mañana será perfecto.
—Lo será —respondí.
Solo que no para él.
La mañana de la ceremonia, Adrian llegó al lugar y encontró las puertas cerradas.
Guardias privados bloqueaban la entrada.
—¿Qué significa esto?
El encargado respondió:
—La familia Monroe canceló el evento.
Adrian palideció.
En ese instante apareció Camille.
Llevaba puesto mi vestido.
Mi vestido de París.
—Adrian, ¿qué ocurre?
Antes de que pudiera responder, una fila de automóviles negros se detuvo detrás de ellos.
Bajé del primero.
No llevaba vestido de novia.
Llevaba un traje blanco sencillo y una carpeta en la mano.
Adrian me miró como si estuviera viendo a una desconocida.
—Isabella…
Sonreí.
—Bonito vestido, Camille.
Ella retrocedió.
—Yo…
—Puedes quedártelo. Después de hoy no quiero nada que hayas usado.
Adrian avanzó hacia mí.
—¿Qué estás haciendo?
Saqué la carpeta.
—Recordando.
Su rostro se congeló.
—Nunca perdí la memoria, Adrian.
Camille se quedó blanca.
—Escuché al médico. Escuché a tus amigos. Sé lo de los medicamentos, la hipnosis y cada recuerdo falso que intentaste meter en mi cabeza.
—Isabella, puedo explicarlo.
—No hace falta.
Le entregué los documentos.
—La boda está cancelada. Y nuestra relación también.
Adrian miró las hojas.
Entonces descubrió que aquello era peor de lo que imaginaba.
Había una denuncia formal contra el médico.
Informes sobre los medicamentos administrados sin mi consentimiento.
Grabaciones.
Testimonios.
Y una solicitud judicial para preservar todas las pruebas del hospital.
—¿Preparaste todo esto mientras fingías estar confundida?
—Aprendí del mejor.
Camille comenzó a llorar.
—Adrian me dijo que tú aceptarías…
La miré.
—Entonces también te mintió.
Adrian intentó tomarme del brazo.
Los guardaespaldas de mi padre se interpusieron.
—Isabella, después de todos estos años, ¿vas a destruirlo todo?
Lo miré fijamente.
—No.
Señalé el lugar detrás de nosotros.
—Tú preparaste una boda para tu amante usando mis sueños.
Después señalé los documentos en sus manos.
—Yo solo preparé mi salida usando tus mentiras.
Me di la vuelta.
Pero Adrian gritó:
—¡Isabella!
Me detuve.
—¿Nunca me amaste?
Aquella pregunta casi resultó absurda.
Giré la cabeza.
—Ese fue precisamente mi problema.
Sonreí por última vez.
—Te amé lo suficiente como para creerte durante años. Pero no lo suficiente como para regalarte el resto de mi vida.
Subí al automóvil.
Esa misma tarde volé a Francia.
Adrian llamó treinta y siete veces.
No respondí ninguna.
Dos días después, mi padre entró en mi habitación con una noticia.
—Adrian está intentando localizarte a través de todos nuestros conocidos.
—Que siga intentando.
Mi padre dejó otra carpeta frente a mí.
—Hay algo más.
La abrí.
Dentro había fotografías de Camille entrando en una clínica meses antes del supuesto accidente.
Después aparecía el nombre del mismo médico que había participado en mi “tratamiento”.
Levanté lentamente la mirada.
—¿Qué significa esto?
Mi padre respondió:
—Que Camille conocía a ese médico antes de que tú llegaras al hospital.
Sentí un escalofrío.
—Entonces la hipnosis…
—Quizá nunca fue idea de Adrian.
Miré nuevamente las fotografías.

En la última, Camille entregaba un sobre al médico.
Fecha:
Tres semanas antes de aquella noche.
Mi venganza había terminado con una boda.
Pero la verdadera traición acababa de empezar a revelarse.