PARTE 2: LA SOLICITUD QUE NO DEBÍA VER

Adrian encontró mi solicitud de traslado tres días después.

No porque yo se la enseñara.

Ni porque Chloe se lo contara.

Fue un accidente.

Aquella mañana yo estaba en Recursos Humanos completando los últimos documentos cuando mi supervisora recibió una llamada urgente y salió de la oficina dejando varias carpetas abiertas sobre el escritorio.

Adrian llegó diez minutos después.

Necesitaba localizar un contrato relacionado con nuestras dos empresas.

La recepcionista le pidió que esperara.

Él no esperó.

Entró.

Y encima de la primera carpeta encontró una hoja con mi nombre.

Emma Carter.

Solicitud de traslado: Denver.

Fecha prevista de incorporación: 18 de octubre.

Adrian permaneció inmóvil.

Entonces escuché después, por boca de mi supervisora, que había leído la página tres veces.

Como si las palabras pudieran cambiar.

No cambiaron.

Denver.

A casi mil kilómetros.

Permanente.

Aprobación preliminar concedida.

Aquella misma tarde estaba organizando unos documentos cuando mi teléfono interno sonó.

—Emma.

La voz de Adrian.

—Sube.

Antes, una sola palabra suya habría hecho que mi corazón se acelerara.

Esta vez continué escribiendo.

—Estoy terminando un informe.

Hubo silencio.

—Necesito hablar contigo.

—Si es sobre trabajo, puede enviarme un correo.

Otro silencio.

Mucho más largo.

Entonces escuché algo extraño.

No su voz.

Sus pensamientos.

—¿Desde cuándo me responde así?

Respiré lentamente.

—¿Algo más, señor Blake?

—Sube cuando termines.

Colgó.

No fui.

Por primera vez en dos años…

Adrian Blake esperó por mí.

Y yo no aparecí.


A las seis y veinte salí de la oficina.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el estacionamiento, lo encontré apoyado contra mi automóvil.

Traje oscuro.

Corbata aflojada.

Brazos cruzados.

Su expresión era fría.

Pero sus pensamientos no.

—Ahí está.

—Por fin.

—¿Por qué demonios llevo cuarenta minutos esperando?

Seguí caminando.

—Está bloqueando mi coche.

Adrian se enderezó.

—¿Vas a Denver?

No fingí sorpresa.

—Sí.

—¿Por qué?

Casi me reí.

—Crecimiento profesional.

—Eso dice el documento.

—Entonces ya conoce la respuesta.

Intenté abrir la puerta.

Él puso una mano sobre ella.

—Emma.

Lo miré.

—¿Qué?

Sus ojos se endurecieron.

—Llevas dos años buscando cualquier excusa para acercarte a mí.

Mi pecho todavía dolió al escucharlo.

Pero no aparté la mirada.

—Tiene razón.

Adrian quedó inmóvil.

No esperaba que lo admitiera.

Continué:

—Fui molesta.

—Inventé excusas.

—Busqué oportunidades para verlo.

—Me equivoqué.

Retiré suavemente su mano de la puerta.

—Ya no volverá a ocurrir.

Y entonces escuché su pensamiento.

Claro.

Perfectamente.

—No.

Me quedé quieta.

Adrian no había abierto la boca.

Pero dentro de su cabeza aquella palabra volvió a repetirse.

—No.

—No quería que admitiera eso.

Fruncí ligeramente el ceño.

Él preguntó:

—¿Qué pasa?

—Nada.

Abrí la puerta.

Entonces lo escuché otra vez.

—¿Por qué estoy enfadado?

—Esto es exactamente lo que quería.

—Que dejara de perseguirme.

—Que dejara de aparecer.

—Entonces…

—¿Por qué odio imaginarla en Denver?

Me senté dentro del automóvil.

Adrian permaneció junto a la puerta.

—¿Cuándo te vas?

—En doce días.

Su rostro cambió.

Solo un poco.

—¿Tan pronto?

—Sí.

—¿Chloe lo sabe?

—Todavía no.

Aquello pareció irritarlo aún más.

—Soy su primo, no tu enemigo.

—Nunca dije que fuera mi enemigo.

Encendí el motor.

—Solo dejó muy claro que mi presencia le molestaba.

Por primera vez, Adrian perdió la expresión.

—¿Cuándo dije eso?

Mi mano se congeló sobre el volante.

No podía decirle:

Lo escuché dentro de tu cabeza.

Así que respondí:

—No hacía falta decirlo.

Adrian me observó durante varios segundos.

Y entonces escuché algo que terminó de confundirme.

—¿La hice sentir así?

—¿Cuándo?

—¿Por qué nunca me di cuenta?

No entendía nada.

Los pensamientos que había escuchado días atrás habían sido crueles.

Clarísimos.

Pero ahora…

Adrian parecía verdaderamente desconcertado.


Aquella noche Chloe apareció en mi apartamento con una pizza y una botella de vino.

—¿¡DENVER!?

Casi tiró la caja al suelo.

—¿Te vas a Denver y no pensabas decírmelo?

—Pensaba hacerlo.

—¿Cuándo? ¿Desde el aeropuerto?

Se sentó frente a mí.

Luego entrecerró los ojos.

—Esto tiene que ver con Adrian.

No respondí.

Chloe dejó de bromear.

—Emma.

—¿Qué hizo mi primo?

Negué.

—Nada.

Eso era precisamente lo humillante.

Adrian no había hecho nada.

Yo había construido toda aquella fantasía sola.

Chloe soltó un suspiro.

—Mira…

—Adrian es raro.

—Muy raro.

—Pero nunca lo he visto comportarse contigo como con las demás.

Levanté la mirada.

—¿Qué significa eso?

—Que normalmente ni siquiera recuerda los nombres de las personas que le molestan.

—Contigo recuerda qué café tomas.

—El día de tu cumpleaños preguntó tres veces por qué no habías ido a la oficina.

Sentí una punzada en el pecho.

—No importa.

Chloe me observó.

—¿Ya no te gusta?

Tardé demasiado en responder.

—Estoy intentando que deje de gustarme.


Al día siguiente ocurrió algo todavía más extraño.

Adrian empezó a aparecer.

Primero en nuestro departamento.

Supuestamente para hablar con mi supervisor.

Después en la cafetería.

Luego en una reunión a la que jamás asistía personalmente.

Cada vez que entraba…

Sus ojos me buscaban primero.

Y cada vez que nuestras miradas se cruzaban…

Yo escuchaba lo mismo.

—No me mira.

—Otra vez.

—¿Por qué sigue sin mirarme?

Una tarde dejó una taza sobre mi escritorio.

Mi café.

Exactamente como lo tomaba.

Levanté la cabeza.

—¿Qué es esto?

—Compré uno de más.

Mentira.

Lo escuché inmediatamente.

—Conduje quince minutos porque esa cafetería es la única que le gusta.

Me quedé mirando el vaso.

Adrian carraspeó.

—No tienes que beberlo.

—Gracias.

No lo toqué.

Él se marchó.

Y en cuanto llegó a la puerta escuché:

—Antes habría sonreído durante media hora por esto.

—Ahora ni siquiera lo prueba.

Por primera vez sentí miedo.

No de Adrian.

De aquello que podía escuchar.

Porque quizá…

Solo quizá…

Los pensamientos que había interpretado durante semanas no significaban exactamente lo que yo creía.


Dos días antes de mi traslado, mi supervisora organizó una pequeña despedida.

Chloe apareció con globos.

Daniel llevó pastel.

Incluso algunos compañeros de la empresa de Adrian bajaron.

Él no llegó.

No me sorprendió.

Casi sentí alivio.

Hasta que, mientras todos brindaban, escuché una voz dentro de mi cabeza.

—Dos días.

Me giré.

Adrian estaba en la puerta.

No llevaba traje.

Solo camisa negra y abrigo.

Sus ojos estaban clavados en mí.

—Dos días y se va.

—¿Por qué siento como si alguien estuviera llevándose algo mío?

Mi corazón dio un golpe.

Él caminó hacia mí.

Todos guardaron silencio.

Adrian extendió una pequeña caja.

—Un regalo de despedida.

La abrí.

Dentro había un bolígrafo elegante.

El mismo modelo que yo había admirado meses atrás en una tienda.

Lo recordaba.

Yo había comentado distraídamente:

—Cuando consiga un ascenso importante, me compraré uno.

Él estaba a diez metros hablando por teléfono.

O eso pensé.

Levanté lentamente la mirada.

—¿Cómo sabía que me gustaba?

Adrian se quedó quieto.

Entonces escuché:

—Porque escucho cada maldita cosa que dice.

Pero su boca respondió:

—Chloe me lo comentó.

Mentira.

Y en ese momento comprendí algo.

Adrian Blake también llevaba dos años fingiendo.

Solo que todavía no entendía por qué.


La fiesta terminó a las ocho.

Cuando salí, él volvió a seguirme hasta el ascensor.

—Emma.

—¿Sí?

—No vayas a Denver.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Perdón?

Adrian apretó la mandíbula.

—Puedo conseguirte un puesto mejor aquí.

—No necesito que me consiga nada.

—Entonces dime qué quieres.

Lo miré fijamente.

Durante dos años habría dado cualquier cosa por escuchar aquella pregunta.

Ahora ya no quería migajas.

—Quiero dejar de sentir que mi presencia molesta.

Su rostro se volvió completamente blanco.

Y entonces escuché el pensamiento más claro de todos.

—Ella lo sabe.

Mi respiración se detuvo.

Adrian retrocedió medio paso.

—¿Qué sabes?

No había pronunciado aquella última frase en voz alta.

Los dos nos quedamos inmóviles.

Él me miró.

Yo lo miré.

Y lentamente…

Muy lentamente…

Comprendí algo imposible.

Adrian Blake no estaba sorprendido porque yo hubiera descubierto sus sentimientos.

Estaba sorprendido porque acababa de responder a un pensamiento que jamás había pronunciado.

Entonces bajó la voz.

—Emma…

—¿Desde cuándo puedes escucharme?

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