Daniel caminó hacia la casa sin apresurarse.
Sin mirar atrás.
Sin correr.
Pero cada músculo de su cuerpo estaba en tensión.
Veinticinco años levantando una empresa le habían enseñado algo: cuando descubres una traición, el primer error es mostrar que ya la conoces.
Mateo caminaba a su lado fingiendo cargar una caja vacía de productos de limpieza.
El niño estaba pálido.
Demasiado pálido para alguien de once años.
—¿Escuchaste algo más? —preguntó Daniel sin mover los labios.
Mateo asintió.
—Dijeron que parecería un accidente.
El corazón de Daniel golpeó con fuerza.
—¿Quién lo dijo?
—El hombre.
—¿Qué hombre?
Mateo tragó saliva.
—No le vi la cara bien. Estaba en la terraza. Pero la señora Claudia lo llamó Ricardo.
Daniel sintió un frío terrible recorrerle la espalda.
Ricardo Fuentes.
El director financiero de Rivas Frío.
Su mano derecha.
Su amigo desde hacía quince años.
El padrino de bautizo de su hija.
El hombre que cenaba en su mesa cada Navidad.
Siguieron caminando.
El chofer seguía junto al portón.
Esperando.
Observando.
Daniel abrió la puerta principal.
—Mateo, ve con tu mamá. No le cuentes esto a nadie.
El niño lo agarró del saco.
—No le diga a la señora Claudia que fui yo.
Aquella frase le dolió más que todo lo demás.
Porque significaba que un niño tenía más miedo que confianza.
Daniel se agachó frente a él.
—Te lo prometo.
Mateo pareció relajarse apenas.
Después corrió hacia la cocina.
Daniel cerró la puerta.
Y durante varios segundos se quedó inmóvil.
Escuchando.
La casa estaba extrañamente silenciosa.
Demasiado.
Tomó aire.
Sacó el teléfono.
Marcó un número.
—Jorge.
La voz al otro lado respondió de inmediato.
—¿Qué pasó?
Jorge Salcedo había sido comandante de investigación antes de retirarse.
Ahora dirigía la seguridad privada de la empresa.
Y era una de las pocas personas en quienes Daniel confiaba completamente.
—Necesito que vengas a mi casa.
—¿Ahora?
—Ahora.
Silencio.
—¿Qué tan grave?
Daniel miró por la ventana.
El falso chofer seguía esperando.
—Si Mateo tiene razón, alguien intentó matarme esta mañana.
La línea quedó muda.
Luego:
—Voy para allá.
Daniel colgó.
Y entonces escuchó pasos.
Claudia apareció en la escalera.
Perfecta.
Como siempre.
Cabello impecable.
Blusa blanca.
Sonrisa elegante.
La misma mujer con la que había compartido media vida.
—¿No te habías ido? —preguntó.
Daniel sostuvo su mirada.
Y por primera vez en veinticuatro años se preguntó quién era realmente aquella mujer.
—Olvidé unos documentos.
Ella sonrió.
—Siempre tan distraído.
Antes aquella frase habría sonado cariñosa.
Ahora parecía una amenaza.
—Sí.
—¿Vas a regresar al coche?
—En unos minutos.
Claudia inclinó la cabeza.
Algo en sus ojos cambió.
Una pequeña sombra.
Una duda.
Como si estuviera calculando.
—Luis llegó tarde hoy, ¿verdad?
Daniel sintió un escalofrío.
Luis.
El verdadero chofer.
Ella acababa de pronunciar su nombre.
Pero el hombre que esperaba afuera no era Luis.
Y ella lo sabía.
Lo sabía perfectamente.
—Sí —respondió.
—Qué raro.
Daniel sonrió.
Y aquella sonrisa fue tan falsa como la de ella.
—Muy raro.
Claudia lo observó unos segundos.
Después se dio la vuelta.
—Te preparo otro café.
Daniel esperó hasta que desapareció.
Luego corrió hacia el despacho.
Abrió el sistema de cámaras.
Buscó las grabaciones de la madrugada.
Y comenzó a revisar.
A la una cuarenta y ocho.
Nada.
A las dos diez.
Nada.
A las dos treinta y dos.
La imagen se congeló.
Daniel dejó de respirar.
Porque allí estaba Claudia.
En la terraza.
Y no estaba sola.
Un hombre apareció desde el jardín.
Gorra negra.
Chaqueta oscura.
El mismo que esperaba afuera.
La cámara no tenía audio.
Pero sí mostraba algo peor.
Confianza.
Familiaridad.
La forma en que Claudia tocó el brazo del hombre.
La forma en que él sonrió.
La forma en que ella le entregó un sobre.
Daniel sintió que las piernas le fallaban.
Retrocedió un paso.
Y entonces vio algo más.
Otro movimiento.
Al fondo.
Entre las bugambilias.
Una figura pequeña.
Mateo.
El niño había dicho la verdad.
Había estado allí.
Había visto todo.
Daniel cerró los ojos.
Y comprendió que probablemente le había salvado la vida.
En ese momento sonó su teléfono.
Era Jorge.
—Ya llegué.
—Entra por la puerta trasera.
—¿Por qué?
Daniel observó la pantalla.
El falso chofer seguía afuera.
Esperando.
Paciente.
Como alguien que sabía exactamente cuánto tiempo debía esperar.
—Porque el hombre del coche todavía está aquí.
Silencio.
Luego la voz de Jorge cambió.
—No te acerques a él.
—No pensaba hacerlo.
—¿Tu esposa sabe algo?
Daniel miró hacia la cocina.
Donde Claudia preparaba café.
Como una esposa normal.
Como una esposa inocente.
Como una esposa que quizá acababa de ordenar su muerte.
—Creo que sabe demasiado.
Jorge tardó unos segundos en responder.
—Entonces escucha con atención.
—¿Qué?
—Acabo de revisar algo en el sistema de la empresa.
Daniel sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué encontraste?
La respuesta llegó lenta.
Pesada.
Peligrosa.
—Ricardo Fuentes transfirió cuarenta y ocho millones de pesos a una cuenta en Panamá hace tres días.
El mundo pareció inclinarse.
—¿Qué?
—Y la cuenta beneficiaria tiene el mismo apellido que tu esposa.
Daniel cerró los ojos.
Todo empezaba a encajar.
El falso chofer.
La conversación nocturna.
Ricardo.
El dinero.
Claudia.
Pero Jorge todavía no había terminado.
Porque su siguiente frase fue la que realmente lo cambió todo.

—Daniel…
—¿Sí?
—Hay algo más.
—¿Qué?
Jorge respiró hondo.
—La cuenta no está a nombre de Claudia.
Daniel frunció el ceño.
—¿Entonces?
La respuesta llegó como un disparo.
—Está a nombre de una mujer llamada Valeria Rivas.
Daniel dejó caer el teléfono.
Porque Valeria Rivas era el nombre de la hija que él y Claudia creían haber perdido al nacer veintidós años atrás.
Y alguien acababa de mover millones de pesos usando la identidad de una persona oficialmente muerta.