PARTE 2: El hombre al que nunca debieron traicionar

Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.

Yo seguía sentada frente a Lorenzo Castellanos, intentando entender cómo un hombre capaz de paralizar un bar entero con una sola mirada ahora sostenía una conversación conmigo como si fuéramos viejos conocidos.

—Gracias por intervenir —dije al fin.

Lorenzo observó el vaso de whisky frente a mí.

—No me gustan los abusivos.

—Eso parece.

Una sombra parecida a una sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—Y tampoco me gustan los cobardes.

Aquella frase me golpeó de forma extraña.

Porque Alejandro era exactamente eso.

Un cobarde.

No tuvo valor para decirme que se acostaba con mi hermana.

No tuvo valor para cancelar nuestra boda.

No tuvo valor para enfrentarme.

Simplemente desapareció emocionalmente hasta que un día anunció que estaba enamorado de otra.

De Camila.

Mi propia sangre.

—Parece que llevas encima algo más pesado que ese whisky —comentó Lorenzo.

Solté una risa amarga.

—Mi prometido se casa con mi hermana en cinco días.

Por primera vez vi sorpresa en su rostro.

Pequeña.

Breve.

Pero real.

—Vaya.

—Sí.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Como cuáles?

—La forma en que estabas mirando la puerta cuando entré.

Bajé la vista.

No me había dado cuenta.

Pero era verdad.

Había estado mirando la salida desde que llegué.

Como alguien buscando escapar.

O regresar al pasado.

—Se llama Alejandro Salazar.

El cambio fue inmediato.

Lorenzo dejó el vaso sobre la mesa.

Muy despacio.

Demasiado despacio.

—¿Salazar?

Algo en su tono hizo que me enderezara.

—¿Lo conoces?

Silencio.

Luego:

—Más de lo que me gustaría.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—¿Qué significa eso?

Lorenzo me sostuvo la mirada durante varios segundos.

Después sacó su teléfono.

Buscó algo.

Lo giró hacia mí.

Era una fotografía.

Alejandro.

Sonriendo.

Estrechando la mano de varios empresarios.

Reconocí el evento.

Había sido ocho meses atrás.

Yo estaba allí.

A su lado.

—¿Por qué tienes esa foto?

Lorenzo apoyó los codos sobre la mesa.

—Porque llevo un año investigándolo.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿Investigándolo?

—Tu ex prometido dirige una empresa de infraestructura.

—Sí.

—Y durante once meses ha estado desviando dinero de contratos que pertenecen a mi grupo empresarial.

La sangre abandonó mi rostro.

—¿Qué?

—Lo hizo usando empresas fantasma.

—Eso es imposible.

—Ojalá.

Por primera vez vi auténtica dureza en sus ojos.

—Desaparecieron cientos de millones de pesos.

Intenté procesarlo.

No podía.

Porque el Alejandro que yo conocí era ambicioso.

Arrogante.

Egoísta.

Pero aquello…

Aquello era otra cosa.

—¿Estás seguro?

—Muy.

Sacó una carpeta negra de cuero.

La dejó sobre la mesa.

La abrió.

Facturas.

Transferencias.

Contratos.

Firmas.

Números.

Todo.

Y al final de la última página apareció el nombre que me hizo dejar de respirar.

Alejandro Salazar.

No era una sospecha.

Era una prueba.

—Dios mío…

Lorenzo me observó.

—Ahora entiendes por qué me interesa tu historia.

Levanté la vista.

—¿Crees que se casó con Camila por dinero?

Lorenzo soltó una risa sin humor.

—No.

—¿Entonces?

—Creo que tu hermana es parte del plan.

Sentí náuseas.

Porque una parte de mí ya lo sabía.

Desde hacía meses.

Desde que vi cómo Camila aparecía en reuniones donde no tenía nada que hacer.

Desde que empezó a acompañarlo a eventos empresariales.

Desde que comenzó a hablar de inversiones que no entendía.

—¿Qué plan?

Lorenzo cerró la carpeta.

—Vaciar todo lo posible antes de que alguien descubra lo que está haciendo.

El aire pareció desaparecer.

—Y tú…

—Yo llevo meses esperando el error que lo destruya.

Nos quedamos en silencio.

Luego él me hizo una pregunta inesperada.

—¿Vas a ir a esa boda?

Pensé en mi madre.

En Camila.

En Alejandro.

En las fotos.

En las sonrisas falsas.

En la humillación pública.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quiero que me vean sobrevivir.

Algo cambió en su expresión.

Algo parecido al respeto.

—Interesante respuesta.

Terminé mi whisky.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Vas a seguir investigándolo?

Lorenzo apoyó una mano sobre la carpeta.

—No.

Fruncí el ceño.

—¿No?

—Voy a terminarlo.

La forma en que lo dijo me hizo comprender por qué medio país susurraba su nombre.

No había amenaza en su voz.

No hacía falta.

Era una promesa.

Entonces sonó mi teléfono.

Un mensaje.

Lo abrí.

Y sentí que todo el cuerpo se me congelaba.

Era de Camila.

Una fotografía.

Ella probándose mi vestido de novia.

El vestido que yo había diseñado.

El vestido que había elegido para casarme con Alejandro.

Debajo había una sola frase.

“Gracias por dejarme tu vida. Me queda mucho mejor que a ti.”

Durante unos segundos no pude respirar.

Lorenzo observó mi expresión.

—¿Qué ocurre?

Le mostré la pantalla.

La leyó.

Y sus ojos se oscurecieron.

Mucho.

Demasiado.

Luego dejó el teléfono sobre la mesa.

Se inclinó hacia mí.

Y dijo algo que cambiaría todo.

—Valeria.

—¿Sí?

—¿Qué te parecería entrar a esa boda conmigo?

Parpadeé.

—¿Qué?

—Quiero ver la cara de Alejandro cuando entienda quién sabe la verdad.

Sentí el corazón acelerarse.

—¿Hablas en serio?

—Completamente.

—Eso sería una locura.

—Probablemente.

Por primera vez sonrió de verdad.

Y fue peor que cualquier amenaza.

Porque entendí que Lorenzo Castellanos ya había tomado una decisión.

Alejandro Salazar no iba a perder solo una boda.

Iba a perderlo todo.

Y todavía no tenía la menor idea de que el hombre que estaba sentado frente a mí era precisamente la persona a la que había estado robando durante casi un año.

Ni de que cinco días después, cuando me viera entrar del brazo de Lorenzo, descubriría que el verdadero problema nunca fui yo.

El verdadero problema era el hombre que venía a cobrar la deuda.

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