PARTE 2: EL MÉDICO QUE NO VENÍA A SALVARLA

Clara vio al hombre del maletín negro subir la escalera sin preguntar por ella.

No llevaba uniforme del hospital de Lagos.

Tampoco la bata blanca tenía ningún logotipo.

Caminaba como alguien que ya conocía el rancho.

Sintió un escalofrío.

Unos minutos después llamaron a su puerta.

—Soy el doctor Salgado —dijo el hombre con una sonrisa estudiada—. El señor Rodrigo pidió que revisara el embarazo.

Clara retrocedió instintivamente.

—Mi médico está en el pueblo.

—Solo será un chequeo rápido.

Antes de que pudiera responder, otra voz resonó en el pasillo.

—No tocará a esa muchacha.

Don Aurelio apareció acompañado por Lupita y dos caporales.

El supuesto médico se tensó.

—Solo cumplo una solicitud del señor Rodrigo.

—En este rancho las órdenes las doy yo.

Don Aurelio extendió la mano.

—Su cédula profesional.

El hombre dudó apenas un segundo.

Fue suficiente.

Uno de los caporales le quitó el maletín.

Dentro no había ecógrafo portátil.

Ni equipo obstétrico.

Solo varias jeringas ya preparadas, sedantes de alta potencia y un consentimiento médico completamente lleno.

En la parte inferior aparecía una frase que hizo que Lupita se llevara una mano a la boca.

“Interrupción del embarazo por riesgo materno.”

La firma del paciente ya estaba colocada.

Era el nombre de Clara.

Pero la firma era falsa.

Don Aurelio levantó lentamente la vista.

—¿Quién le pagó?

El hombre guardó silencio.

Uno de los caporales encontró un sobre dentro del maletín.

Había quinientos mil pesos en efectivo.

Y una tarjeta.

Fernanda Castañeda.

En ese momento, Fernanda apareció al final del pasillo.

Al ver el maletín abierto, perdió el color.

—Papá… esto tiene una explicación.

Don Aurelio caminó hasta quedar frente a ella.

—Te escucho.

Fernanda respiró hondo.

—Ese bebé destruirá esta familia.

—No.

La voz del anciano retumbó en toda la casa.

—Quien destruyó esta familia fueron ustedes.

Rodrigo llegó corriendo.

Miró el dinero.

Las jeringas.

Después a Fernanda.

—¿Qué hiciste?

Ella comenzó a llorar.

—¡Intentaba protegernos!

—Si nace ese niño, todos sabrán que me engañaste.

Rodrigo quedó inmóvil.

—¿Me engañaste?

Fernanda bajó la cabeza.

—Hace tres años descubrí que Clara estaba embarazada.

—Pensé que era una aventura.

—Pero cuando vi la prueba de ADN…

Su voz se quebró.

—Supe que el bebé era tuyo.

—Si lo reconocías, yo lo perdía todo.

Toda la casa quedó en silencio.

Doña Elena se levantó lentamente de su mecedora.

Hacía años que nadie la veía caminar tan deprisa.

Se detuvo frente a Fernanda.

Y, sin levantar la voz, dijo:

—Por primera vez en ochenta y dos años…

…me avergüenzo de llevar el mismo apellido que tú.

En ese instante, Clara soltó un grito de dolor.

Se dobló sobre el vientre.

Lupita corrió hacia ella.

—¡Patrón!

—¡Se rompió la fuente!

El médico verdadero, que acababa de llegar desde el hospital del pueblo tras ser llamado por Don Aurelio, entró apresuradamente.

Revisó a Clara durante apenas unos segundos.

Luego levantó la vista.

—Hay sufrimiento fetal.

—Tenemos que llevarla al quirófano inmediatamente.

Rodrigo dio un paso.

—Voy con ella.

Clara negó con la cabeza.

Las lágrimas corrían por su rostro.

—Hace tres años te necesité.

—Y no viniste.

Aquellas palabras lo dejaron clavado en el suelo.

Mientras la ambulancia abandonaba el rancho con las sirenas encendidas, Don Aurelio permanecía inmóvil mirando a Fernanda.

No imaginaba que el nacimiento de aquel niño no solo revelaría al verdadero heredero de los Castañeda.

Las pruebas de sangre que estaban a punto de realizar en el hospital demostrarían que alguien llevaba casi treinta años mintiendo sobre quién era el verdadero hijo de la familia… y que Rodrigo tampoco era quien siempre creyó ser.

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