PARTE 2: EL AUDIO QUE CAMBIÓ A TODA LA FAMILIA

Daniela dejó el café sobre la mesa sin llegar a probarlo.

Sintió que el estómago se cerraba.

—¿Qué acabas de decir?

La respiración de Sofía temblaba al otro lado del teléfono.

—Hay un audio… de Rogelio hablando con alguien.

—Dice que cuando venda la casa… va a dejar a mamá con lo mínimo.

Daniela permaneció inmóvil.

—No le enseñes la memoria a nadie.

—¿Dónde estás?

—En la universidad.

—Espérame en la biblioteca.

—Y no vuelvas a esa casa hasta que yo llegue.


Treinta minutos después, Sofía le entregó una pequeña memoria USB escondida dentro de una funda para labial.

Miraba constantemente hacia la puerta.

—Tengo miedo.

Daniela le tomó la mano.

—Ya estás conmigo.

Conectó la memoria a su computadora.

Había decenas de carpetas.

Una decía:

CLIENTES.

Otra:

CRÉDITOS.

Y una tercera:

FAMILIA.

Dentro aparecían cuatro nombres.

Carmen.

Daniela.

Alan.

Sofía.

El corazón comenzó a latirle con fuerza.

Abrió primero la carpeta de su madre.

Encontró copias del INE.

Estados de cuenta.

Firmas escaneadas.

Contratos.

Todo perfectamente ordenado.

Como si alguien hubiera preparado expedientes para cometer delitos durante años.

Luego abrió el archivo de audio.

La voz de Rogelio llenó la habitación.

—En cuanto salga la venta de la casa…

…a Carmen le doy cualquier departamento barato.

Total…

…ya está grande y me firma lo que sea.

Después vino una carcajada.

Otra voz preguntó:

—¿Y los hijos?

Rogelio respondió sin dudar.

—Alan es fácil de manipular.

Sofía no pinta.

Y Daniela…

…esa sí salió respondona.

Pero cuando termine de pagar todas las deudas a su nombre…

…también se va a quedar sin nada.

Sofía rompió a llorar.

—Nunca quiso a mamá…

Daniela cerró lentamente los ojos.

No.

Nunca quiso a ninguno.


Siguieron revisando los archivos.

Cada carpeta revelaba algo peor.

Préstamos.

Tarjetas.

Solicitudes de crédito.

Contratos de telefonía.

Compras de maquinaria.

Todo utilizando identidades de familiares.

Incluso aparecían documentos pertenecientes a vecinos y antiguos empleados de la taquería.

Daniela dejó escapar el aire lentamente.

—Esto no es solo fraude.

Es una organización completa.


Esa misma tarde fueron directamente a la fiscalía.

El agente revisó el contenido de la memoria durante casi una hora.

Finalmente levantó la vista.

—Señora Ríos…

¿Sabe lo que acaba de traer?

Daniela negó con la cabeza.

—Pruebas suficientes para abrir una investigación por delincuencia organizada, fraude, falsificación documental y usurpación de identidad.

Sofía sintió que las piernas le temblaban.


Mientras tanto…

En la casa familiar…

Rogelio seguía celebrando.

—Ya se le pasará el berrinche.

Carmen observaba el teléfono.

—Daniela nunca tarda tanto en responder.

Alan abrió la refrigeradora.

Solo encontró agua.

—También cancelaron la cuenta del proveedor de refrescos.

Rogelio golpeó la mesa.

—¡Pues que pague Daniela!

En ese momento llamaron a la puerta.

Él sonrió.

—¿Ven?

Ya volvió.

Abrió con expresión triunfante.

Pero al otro lado no estaba Daniela.

Había cuatro agentes de la fiscalía.

Y dos policías estatales.

—¿Señor Rogelio Mendoza?

—Sí.

—Traemos una orden de cateo y aseguramiento de documentos.

La sonrisa desapareció inmediatamente.


Los agentes comenzaron a revisar toda la casa.

Encontraron computadoras.

Sellos.

Firmas digitalizadas.

Cientos de copias de identificaciones.

Contratos listos para ser utilizados.

Incluso una caja fuerte escondida detrás de un librero.

Cuando la abrieron…

El investigador guardó silencio durante varios segundos.

Dentro había más de ochenta expedientes.

No solo de la familia.

También de empresarios, clientes y vecinos.

Rogelio había convertido aquella casa en una fábrica de identidades falsas.


Carmen observaba la escena completamente pálida.

—Rogelio…

¿Qué significa todo esto?

Él intentó sonreír.

—No les hagas caso.

Todo tiene explicación.

Uno de los agentes levantó una carpeta.

—¿También explica por qué aquí aparecen quince propiedades que intentó hipotecar usando firmas falsificadas?

Alan retrocedió lentamente.

Miró a su padrastro.

—¿Todo era verdad?

Rogelio ya no contestó.


En ese instante llegó Daniela.

No entró corriendo.

No gritó.

Simplemente observó cómo los agentes sacaban caja tras caja de documentos.

Carmen caminó hacia ella con lágrimas en los ojos.

—Hija…

Perdóname.

Yo no sabía nada.

Daniela la abrazó por primera vez en semanas.

—Lo sé, mamá.

Pero alguien sí lo sabía.

Ambas levantaron la vista al mismo tiempo.

Rogelio acababa de ser esposado.

Sin embargo…

Cuando uno de los investigadores abrió la última carpeta encontrada dentro de la caja fuerte…

Su expresión cambió por completo.

—Señora Daniela…

Creo que esto ya no se trata solamente de su familia.

Aquí aparecen documentos relacionados con al menos treinta víctimas más…

…y un socio cuyo nombre figura en todas las operaciones.

Ese socio era alguien que ninguno de ellos habría imaginado.

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