Daniel levantó las cubetas, confundido.
—¿Una cena para ocho?
El portero señaló el elevador.
—Sí, joven. Desde las cinco no ha parado de subir gente elegante. Trajeron charolas, bocinas y hasta flores. Si vienen por lo de la fiesta, todavía alcanzan.
Mariana no dijo una palabra.
Solo caminó hacia el elevador.
Daniel empezó a sentir un nudo en el estómago.
Cuando las puertas se abrieron en el sexto piso, un olor intenso a cortes de carne, vino tinto y pan recién horneado llenó el pasillo.
Nada olía a humedad.
Nada olía a drenaje.
Mucho menos a una casa inundada.
La puerta del departamento de doña Elvira estaba entreabierta.
Desde dentro se escuchaban aplausos.
—¡Por la abundancia! —gritó una voz masculina.
Daniel dejó las cubetas en el suelo.
Entró primero.
El departamento brillaba.
El piso laminado estaba impecable.
Las alfombras secas.
Los muebles perfectamente acomodados.
En el comedor había una mesa para ocho personas cubierta con mariscos, cortes premium, botellas de vino importado y postres.
En la cabecera sonreía un hombre de cabello largo vestido completamente de blanco.
El supuesto Maestro Aurelio.
A su lado, doña Elvira levantaba una copa de champaña.
—Con esta ofrenda, el universo multiplicará mi riqueza por diez.
Todos aplaudieron.
Entonces Daniel vio el sobre.
El mismo sobre café donde él había guardado durante meses los ciento ochenta mil pesos.
Estaba abierto sobre la mesa.
Dentro ya no quedaba un solo billete.
Solo un recibo manuscrito.
“Donación espiritual recibida.”
Doña Elvira fue la primera en verlo.
Su sonrisa desapareció.
—¡Daniel!
El falso maestro giró lentamente.
—Bienvenidos.
Mariana dio un paso adelante.
—¿Dónde está la inundación?
Nadie respondió.
Daniel miró el piso.
Después las paredes.
Luego el techo.
Ni una sola mancha de agua.
Sintió que las piernas empezaban a fallarle.
—Mamá…
Ella dejó la copa.
—Puedo explicarlo.
—¿Explicar qué?
Su voz temblaba.
—¿Que mentiste?
—¿Que inventaste una desgracia para quedarte con nuestros ahorros?
Elvira intentó acercarse.
—Hijo, este dinero no se perdió.
—Es una inversión energética.
El maestro Aurelio sonrió con falsa serenidad.
—Los bloqueos materiales impiden la prosperidad. Su madre tomó una decisión valiente.
Mariana tomó el sobre de la mesa.
Lo abrió delante de todos.
Vacío.
Después levantó el recibo.
—¿Ciento ochenta mil pesos por una “limpieza de abundancia”?
El hombre mantuvo la sonrisa.
—Hay cosas que el dinero no puede comprar.
Mariana lo miró fijamente.
—Pero curiosamente usted sí cobra por ellas.
Varios invitados comenzaron a intercambiar miradas incómodas.
Uno de ellos tomó discretamente su abrigo.
Otro dejó la copa sobre la mesa.
Daniel seguía inmóvil.
Miraba a su madre como si fuera una desconocida.
Durante años había defendido cada enfermedad.
Cada préstamo.
Cada emergencia.
Cada lágrima.
Ahora entendía que todas tenían el mismo final.
Su cartera.
Doña Elvira rompió a llorar.
—¡Lo hice por nosotros!
—Cuando el ritual funcione, recuperaré diez veces ese dinero.
Daniel negó lentamente con la cabeza.
—Ese dinero era para formar mi familia.
Su voz era apenas un susurro.
—Y tú lo entregaste a un desconocido.
Mariana sacó el teléfono del bolsillo.
Desde que bajaron del automóvil había mantenido la grabación encendida.
Había quedado registrada la falsa inundación.
La confesión de Lucía.
Y ahora…
La admisión de que todo había sido una mentira.
Marcó un número.
El maestro Aurelio perdió por primera vez la sonrisa.

—¿Qué está haciendo?
Mariana sostuvo su mirada.
—Llamando a la policía.
Porque creo que esta cena de abundancia está a punto de quedarse sin anfitrión.