PARTE 2: EL LÍMITE

La voz aguda de Feng Xiumei atravesó el teléfono como una cuchilla.

—¡Lin Anran, deja ya de montar un escándalo! Solo es una habitación. ¿De verdad quieres arruinar el nacimiento de tu hijo por una tontería así?

Apreté el móvil con tanta fuerza que mis dedos comenzaron a temblar.

Otra contracción me hizo doblar el cuerpo.

El monitor junto a la cama emitió un pitido acelerado.

Mi madre corrió a sostenerme.

—¡Respira, Anran! No hables más.

Pero mi suegra seguía gritando.

—Ruowei está mucho peor que tú. Ha sufrido muchísimo todos estos años. Mincheng solo quiso ayudarla un poco. Como esposa deberías ser comprensiva.

Sentí un sabor metálico en la boca.

—¿Comprensiva…?

Mi voz apenas era un susurro.

—¿Comprensiva con la mujer por la que mi marido abandonó a su esposa embarazada?

Feng Xiumei resopló con desprecio.

—No exageres. Tú y el niño no vais a morir por cambiar de habitación.

Aquellas palabras hicieron que toda la habitación quedara en silencio.

Mi padre, que estaba junto a la puerta, cerró lentamente los puños.

Mi madre rompió a llorar.

Y Song Jiahan explotó.

—¡¿Cómo se atreve a decir eso?!

Le arrebató el teléfono de la mano.

—¡Escúcheme bien! Si hoy les ocurre algo a Anran o al bebé, toda la familia Zheng responderá por ello.

Sin esperar respuesta, colgó de inmediato.


En ese momento entró una enfermera con expresión nerviosa.

—Señora Lin, las contracciones ya son cada tres minutos. El médico necesita verla ahora mismo.

Me llevaron rápidamente a la sala de exploración.

Tras unos minutos, el obstetra salió con gesto serio.

—Hay riesgo de sufrimiento fetal.

—Debemos prepararnos para una posible cesárea de urgencia.

Mi madre sintió que las piernas le fallaban.

Mi padre firmó los documentos con una mano que no dejaba de temblar.

Mientras tanto…

Zheng Mincheng seguía sin aparecer.


Al otro lado del hospital, en la elegante sala VIP.

Xia Ruowei estaba recostada sobre una cama espaciosa, disfrutando de fruta recién cortada.

La asistente posparto le acomodaba cuidadosamente la almohada.

—Señorita Xia, ¿se encuentra mejor?

Xia Ruowei sonrió con dulzura.

—Mucho mejor.

Después miró a Zheng Mincheng.

—Mincheng… ¿de verdad está bien dejar a Anran sola?

Él le tomó la mano con suavidad.

—No pienses en ella.

—Los médicos exageran todo. Anran siempre ha sido fuerte.

—Tú eres quien necesita que la cuiden.

Xia Ruowei bajó la cabeza para ocultar la sonrisa que aparecía en la comisura de sus labios.

Justo entonces…

El teléfono de Zheng Mincheng vibró.

Era una llamada del hospital.

La rechazó sin siquiera mirar la pantalla.

Cinco segundos después volvió a sonar.

La volvió a colgar.

A la tercera llamada, frunció el ceño y respondió con impaciencia.

—¿Qué ocurre ahora?

La voz del médico sonó fría y urgente.

—Señor Zheng, su esposa presenta complicaciones durante el parto.

—Necesitamos que venga inmediatamente para firmar unos documentos.

La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Zheng Mincheng.

—¿Complicaciones…?

Por primera vez en todo el día…

Sintió que el corazón le daba un vuelco.

Sin decir una palabra más, salió corriendo de la habitación VIP.

Detrás de él, Xia Ruowei observó cómo la puerta se cerraba de golpe.

La dulzura de su expresión desapareció por completo.

En sus ojos solo quedó una oscuridad fría e insondable.

Y, por primera vez…

Comprendió que había llevado demasiado lejos aquel juego.

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