PARTE 2: LA MADRE REGRESÓ

Esteban contestó antes del segundo tono.

—¿Elena?

Solo escuchó respiraciones entrecortadas.

Luego un susurro casi inaudible.

—Hospital… Adrián… empujó la cama…

La llamada se cortó.

Durante un segundo, Esteban quedó inmóvil.

Después salió corriendo de la obra donde trabajaba como ingeniero civil, sin siquiera apagar la computadora.


En la suite del Hospital Santa Mónica, Elena apenas lograba mantenerse consciente.

La sangre seguía extendiéndose por el piso.

El monitor fetal emitía un pitido irregular.

Cada sonido parecía más lento que el anterior.

Intentó volver a presionar el teléfono.

La pantalla se apagó.

La batería había muerto.

—Por favor… resiste…

Susurró mientras acariciaba su vientre.


Apenas cinco minutos después, una enfermera abrió la puerta.

El carrito de medicamentos se detuvo de golpe.

—¡Doctor! ¡Necesitamos ayuda!

Todo ocurrió en segundos.

Tres médicos entraron corriendo.

—Treinta semanas de embarazo.

—Hemorragia activa.

—¡Preparen quirófano!

Uno de ellos observó la cama completamente doblada.

Frunció el ceño.

Aquello no era un accidente.

El metal estaba deformado hacia un solo lado, como si alguien hubiera aplicado una enorme fuerza con una patada.

El médico intercambió una mirada silenciosa con la enfermera.

Ninguno dijo nada.

Pero ambos comprendieron lo mismo.


Mientras tanto, Adrián y Jimena ya descendían al estacionamiento privado.

Ella sonrió mientras acomodaba sus lentes oscuros.

—Se acabó.

Adrián encendió el automóvil.

—Todavía no.

—¿Qué falta?

Él miró el edificio por el espejo retrovisor.

—Si sobrevive… seguirá siendo un problema.

Jimena guardó silencio.

Entonces preguntó en voz baja:

—¿Y los documentos?

Adrián sonrió con frialdad.

—Esta noche alguien entrará a su departamento.

No quedará una sola copia.


En ese mismo instante, otra camioneta negra entró al hospital.

Del asiento trasero descendió una mujer elegante de cabello plateado.

Vestía completamente de negro.

Era Beatriz Valverde.

La madre de Adrián.

Caminaba apoyándose en un bastón de madera.

Su expresión era dura.

Había regresado de Madrid esa madrugada, después de recibir un mensaje anónimo que solo decía:

“Si quiere conocer al verdadero Adrián, venga al Hospital Santa Mónica antes de que sea demasiado tarde.”

No dudó.

Subió directamente al área de hospitalización.

Pero al llegar encontró el pasillo lleno de médicos corriendo.

—¿Qué ocurre?

Nadie respondió.

Solo escuchó una frase.

—¡La paciente perdió mucha sangre!

Beatriz sintió un escalofrío.

—¿Elena?

Entró sin esperar permiso.

La cama estaba vacía.

Solo quedaban manchas de sangre sobre el suelo.

Y un zapato femenino abandonado junto a la pared.


Una enfermera se acercó.

—¿Es usted familiar?

—Soy su suegra.

La joven dudó unos segundos.

Luego respondió:

—La llevaron a cirugía de emergencia.

La señora Beatriz cerró los ojos.

Sabía que Elena jamás exageraba.

Si algo tan grave había ocurrido…

Su hijo estaba involucrado.


Dos horas después, Esteban llegó corriendo al hospital.

Todavía llevaba el casco de seguridad en la mano.

—¿Dónde está mi hermana?

Beatriz dio un paso al frente.

Los dos se reconocieron de inmediato.

Nunca habían tenido una relación cercana.

Pero el dolor borró cualquier distancia.

—Está en cirugía.

Esteban golpeó la pared con el puño.

—¡Fue Adrián!

Beatriz levantó lentamente la mirada.

—¿Qué acabas de decir?

Esteban respiró con dificultad.

—Mi hermana descubrió que su hijo estaba lavando dinero usando empresas fantasma.

La expresión de Beatriz cambió por completo.

Ella conocía ese tema.

Porque tres noches antes había encontrado algo extraño al revisar antiguos documentos de la fundación familiar.

Había decidido investigar en silencio.

Y lo que descubrió la dejó aterrorizada.

Sin decir una palabra, abrió el bolso de cuero que llevaba colgado del hombro.

Sacó una memoria USB plateada.

Luego un sobre sellado.

Finalmente una carpeta con el logotipo de Grupo Valverde.

Se la entregó a Esteban.

Él la abrió.

Dentro había estados de cuenta, contratos, correos electrónicos impresos y una auditoría privada.

Todo llevaba la firma de Adrián.

Pero eso no fue lo peor.

En la última hoja aparecía un documento fechado apenas cuarenta y ocho horas antes.

El título decía:

“Plan de contingencia en caso de fallecimiento de Elena Salazar.”

Esteban sintió que las piernas le temblaban.

Beatriz rompió el silencio.

—Contraté investigadores privados hace una semana.

Pensé que mi hijo estaba robando dinero.

Nunca imaginé que también estaba preparando la muerte de su esposa.

En ese momento, la puerta del quirófano comenzó a abrirse lentamente.

El cirujano salió con el uniforme manchado de sangre.

Miró directamente a Elena.

Luego a Beatriz.

Y pronunció una frase que dejó a todos paralizados.

—Logramos salvar al bebé… pero alguien intentó desconectar los monitores de la sala de cirugía mientras estábamos operando.

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