La libreta cayó sobre las sábanas.
Rodrigo leyó aquellas dos palabras una y otra vez.
MAMÁ SABÍA.
Su esposa llevaba diecisiete años muerta.
Murió cuando Valeria apenas tenía dos.
¿Cómo podía saber algo relacionado con una investigación que acababa de comenzar?
La fiscal Mariana Ortega también vio la frase.
—¿Quién es su madre? —preguntó.
Rodrigo levantó lentamente la vista.
—Laura Mendoza.
El rostro de la fiscal cambió apenas.
Era un gesto tan pequeño que casi pasó desapercibido.
Pero Rodrigo llevaba demasiados años sobreviviendo leyendo expresiones.
Ella conocía ese nombre.
—¿La conocía? —preguntó él.
Mariana tardó unos segundos en responder.
—Hace muchos años leí un expediente.
—Nada más.
Rodrigo no insistió.
Todavía.
La fiscal abrió una carpeta.
—Su hija llevaba meses reuniendo información.
Sacó varias fotografías.
Recibos bancarios.
Capturas de pantalla.
Copias de contratos universitarios.
—Encontramos todo esto oculto en una memoria USB cosida dentro del forro de su mochila.
Rodrigo frunció el ceño.
—Pero dijeron que la mochila desapareció.
Mariana asintió.
—Apareció hace una hora.
—Demasiado limpia.
—Como si alguien hubiera retirado únicamente lo que necesitaba.
Valeria hizo un pequeño movimiento.
Pidió nuevamente la libreta.
Escribió con enorme dificultad.
EL CELULAR.
LO TIENEN ELLOS.
Mariana tomó nota.
—¿Quiénes?
Valeria escribió tres nombres.
EMILIANO.
SEBASTIÁN.
PATRICIO.
Después añadió otra frase.
NO GOLPEARON SOLO A MÍ.
Rodrigo sintió un frío recorrerle la espalda.
—¿Qué significa eso?
Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Valeria.
Escribió despacio.
HAY MÁS.
En ese instante sonó el teléfono de Rodrigo.
Era Vicente.
Contestó sin apartar la vista de su hija.
—Habla.
Al otro lado solo hubo silencio durante unos segundos.
Después llegó una voz mucho más seria que la de hacía una hora.
—Jefe…
—Esto es peor de lo que imaginábamos.
Rodrigo salió al pasillo.
—Habla.
—Los tres muchachos aparecen juntos en varias investigaciones.
—Nunca fueron procesados.
—Siempre desaparecieron las pruebas.
—Siempre cambiaron los testimonios.
Vicente respiró hondo.
—Pero eso no es lo peor.
Rodrigo cerró los ojos.
—Continúa.
—Hace seis meses desapareció una estudiante de Derecho.
—Tres meses después, una de Arquitectura abandonó la universidad.
—La semana pasada otra joven intentó suicidarse.
El corazón de Rodrigo comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué tienen en común?
Vicente respondió con una sola frase.
—Todas investigaban exactamente lo mismo que Valeria.
Rodrigo volvió lentamente la vista hacia la habitación.
Su hija no había sido una víctima elegida al azar.
Habían intentado detener una investigación.
—Encontré otro dato —continuó Vicente.
—El padre de Emiliano transfirió ocho millones de pesos hace dos días.
—¿A quién?
—A una fundación universitaria.
—La misma que administra los servidores donde desaparecieron las grabaciones de las cámaras.
Rodrigo guardó silencio.
Entonces Vicente habló más despacio.
—También investigué a Laura.
El aire pareció desaparecer.
—¿Mi esposa?
—Sí.
—Jefe…
—Ella llevaba el mismo caso hace veinte años.
Rodrigo quedó completamente inmóvil.
—Eso es imposible.
—No lo es.
Se escuchó el sonido de varias hojas.
—Antes de morir, Laura presentó una denuncia por lavado de dinero relacionado con contratos universitarios y constructoras.
—La denuncia desapareció.
—El expediente fue archivado.
—Y dos semanas después ocurrió el supuesto accidente donde ella perdió la vida.
Las manos de Rodrigo comenzaron a temblar.
Durante diecisiete años creyó que Laura había muerto por culpa de un camión sin frenos.
Nunca cuestionó la versión oficial.
Nunca volvió a mirar atrás.
Vicente habló por última vez.
—Jefe…
—Creo que su esposa nunca murió por accidente.
Rodrigo sintió que el viejo nombre enterrado durante dos décadas volvía a despertar.
No el empresario.
No el criminal.
No el hombre al que llamaban El Fantasma.
Sino alguien mucho más peligroso.
Un esposo que acababa de descubrir que probablemente le habían arrebatado a la mujer que amaba.
Y ahora también habían intentado matar a su hija.
Cuando regresó a la habitación, Valeria lo esperaba con la libreta entre las manos.
Había escrito una última frase.
MAMÁ DEJÓ ALGO PARA TI.
Debajo dibujó un pequeño símbolo.
Una brújula.

El mismo símbolo que Laura grababa siempre en el interior de sus cuadernos.
Rodrigo la reconoció al instante.
Porque sabía exactamente dónde estaba.
Y también sabía que, si seguía allí después de diecisiete años, contenía la única prueba capaz de destruir a las familias más poderosas de la ciudad… y revelar quién había ordenado realmente la muerte de su esposa.