PARTE 2: EL HEREDERO QUE TODOS CREÍAN MUERTO

Lucía cargó la escopeta contra el hombro.

—¿Quién es? —preguntó sin abrir.

Del otro lado respondió una voz grave.

—Protección Civil. Encontramos restos de una camioneta río abajo. Venimos a revisar si alguien necesita ayuda.

Daniel se incorporó de golpe.

El movimiento le arrancó un gemido de dolor.

—No les crea.

—Ellos no hablan así.

Lucía frunció el ceño.

En aquella región conocía a casi todos los rescatistas.

Ninguno llegaba sin identificarse por su nombre.

Ninguno golpeaba una puerta con tanta desesperación.

Los bebés comenzaron a llorar.

La voz volvió a escucharse.

—¡Abra! ¡Sabemos que los sobrevivientes están ahí!

Daniel perdió el poco color que le quedaba.

—Nos encontraron.

Lucía apagó todas las luces de la casa.

Tomó una manta y cubrió la canasta donde dormían los pequeños.

Después acercó la boca al oído de Daniel.

—¿Puede caminar?

Él negó lentamente.

—Entonces usted guarda silencio.

Yo me encargo.


Los golpes aumentaron.

La vieja puerta de madera vibró.

Uno de los hombres habló más fuerte.

—¡Escuche, señora!

El río se llevó el vehículo.

Solo queremos comprobar que no haya víctimas.

Lucía sonrió con ironía.

—¿Y desde cuándo Protección Civil llega armada?

Hubo un silencio inmediato.

Ella había visto las sombras proyectadas bajo la puerta.

No eran palas.

No eran cuerdas.

Eran rifles.


Los desconocidos comprendieron que habían sido descubiertos.

Un disparo atravesó la ventana de la cocina.

Los cristales estallaron.

Lucía empujó la mesa contra la puerta.

Daniel intentó levantarse.

—Déjeme ayudar…

Cayó nuevamente.

La pérdida de sangre era demasiada.

Lucía respiró hondo.

Luego disparó al techo.

El estruendo retumbó por todo el valle.

No buscaba herir a nadie.

Buscaba otra cosa.

En aquellos ranchos, un disparo significaba peligro.

Y los vecinos siempre escuchaban.


Los hombres comenzaron a insultar.

—¡Entren!

La puerta cedió apenas unos centímetros.

Pero, justo entonces, se escuchó el motor de varias camionetas acercándose por el camino de terracería.

Los atacantes se miraron entre ellos.

—¡Vámonos!

En menos de diez segundos desaparecieron entre la lluvia.


Los primeros en llegar fueron tres rancheros vecinos.

Después apareció una patrulla municipal.

Y, finalmente, una ambulancia.

Mientras los paramédicos atendían a Daniel, uno de ellos retiró cuidadosamente el reloj que llevaba para medir su pulso.

Debajo apareció una pequeña inscripción.

A.G.

El paramédico frunció el ceño.

—¿Dónde consiguió este reloj?

Daniel cerró los ojos.

No respondió.


Horas después, en un hospital privado de Guadalajara, un médico limpió completamente la sangre seca de su rostro.

Entonces descubrió algo.

Una vieja cicatriz.

Justo debajo de la mandíbula.

La fotografió.

Cinco minutos más tarde recibió una llamada.

—No mueva a ese paciente.

—¿Quién habla?

—Fiscalía General.

El médico quedó inmóvil.

—¿Qué sucede?

La respuesta lo dejó helado.

—Creemos que acaba de aparecer el hombre más buscado del país.


Esa misma tarde, todos los noticieros interrumpieron su programación.

En la pantalla apareció una fotografía de hacía cinco años.

Alejandro Gálvez.

Heredero del Grupo Gálvez.

Desaparecido junto con su esposa durante un supuesto accidente aéreo.

Legalmente declarado muerto.

Su fortuna, valorada en miles de millones de pesos, había pasado a manos del consejo familiar.

El rostro de la fotografía era idéntico al hombre que dormía conectado a un monitor cardíaco.


Lucía observó la televisión sin comprender.

—Pero…

Él dijo que se llamaba Daniel.

El detective que acababa de entrar respondió con calma.

—Mintió para seguir vivo.

Se acercó a la cama.

—Señora Navarro…

No rescató a un empresario cualquiera.

Rescató al único heredero legítimo del Grupo Gálvez.

Lucía bajó lentamente la mirada hacia los dos bebés dormidos.

—¿Y ellos?

El detective respiró profundamente.

—Si nuestras sospechas son correctas…

…esos dos niños son los únicos herederos de una de las mayores fortunas de México.

En ese instante, Alejandro abrió lentamente los ojos.

Miró a Lucía.

Después tomó con dificultad la mano de uno de los bebés.

Y pronunció una frase que hizo que todos los presentes guardaran silencio.

—Ellos… no son mis únicos hijos.

La habitación quedó completamente inmóvil.

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