La cuenta regresiva sonaba desde el piso de arriba.
—¡Diez… nueve… ocho…!
Lorena seguía con el tacón apoyado sobre la rodilla de Julián.
Yo permanecía inmóvil detrás del estante, con el teléfono grabando cada palabra.
Ella volvió a sonreír.
—¿Sabes qué es lo más triste? Todos creen que eres un empresario exitoso… pero en unas horas dirán que moriste por una sobredosis.
Julián apenas podía respirar.
—Nunca vas a quedarte con mis empresas.
Lorena soltó una carcajada.
—No necesito que sean tuyas.
Se inclinó hasta quedar frente a su rostro.
—Solo necesito que tu padre siga creyendo que es un viejo camionero sin poder.
Sentí que el corazón se detenía.
Ella no sabía que yo estaba allí.
Y tampoco sabía que acababa de pronunciar la frase que destruiría todo su plan.
Segundos después, los fuegos artificiales iluminaron el cielo.
—¡Feliz Año Nuevo! —gritaron los invitados desde el jardín.
Salí de mi escondite.
—Sí… muy feliz.
Lorena giró bruscamente.
El plato cayó al suelo.
—¿Efraín?
La miré fijamente.
—Repite lo que acabas de decir.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué… qué haces aquí?
Le mostré la pantalla del teléfono.
La grabación seguía activa.
Entonces sonó otra voz.
—No hace falta que repita nada.
Dos agentes de la fiscalía entraron al sótano acompañados por un comandante de la policía estatal.
Detrás de ellos apareció un paramédico.
Lorena retrocedió aterrorizada.
—¿Policía?
Asentí lentamente.
—Cuando Julián me llamó hace una semana, no vine de inmediato.
Saqué otro teléfono del bolsillo.
—Primero presenté una denuncia y pedí que documentaran todo antes de intervenir.
Los agentes comenzaron a fotografiar las cadenas, las jeringas, los medicamentos y el marro ensangrentado apoyado contra una pared.
Uno de ellos liberó a Julián mientras los paramédicos inmovilizaban su pierna.
En ese momento bajaron Víctor y Graciela, alarmados por el movimiento.
—¿Qué está pasando? —gritó Víctor.
El comandante levantó la vista.
—Quedan detenidos por privación ilegal de la libertad, lesiones graves y presunta tentativa de homicidio.
Víctor intentó correr.
No llegó ni a la escalera.
Los agentes lo redujeron en segundos.
Lorena comenzó a llorar.
—¡Todo fue idea de mi padre!
Él respondió furioso.
—¡Fuiste tú quien quería las empresas!
Los invitados, que ya se habían acercado al sótano, observaban la escena sin poder creerlo.
Uno de los agentes se volvió hacia mí.
—Señor Salcedo, necesitaremos que nos acompañe para rendir declaración.
Asentí.
Antes de salir, Julián me tomó la mano.
—Perdón por decirte que no vinieras.
Negué con la cabeza.
—Los padres pasamos la vida enseñando a nuestros hijos a levantarse cuando caen.

Apreté su mano con fuerza.
—Pero nunca dejamos de ir por ellos cuando ya no pueden levantarse solos.
Meses después, Julián recuperó lentamente la movilidad gracias a varias cirugías y una larga rehabilitación.
Las pruebas obtenidas en aquella grabación, junto con la evidencia encontrada en el sótano, permitieron sostener la investigación y evitar que quienes habían planeado despojarlo de todo lograran su objetivo.
Aquel Año Nuevo no celebramos con brindis ni fuegos artificiales.
Celebramos algo mucho más importante.
Que mi hijo seguía vivo.