PARTE 2: EL ARCHIVO EQUIVOCADO

Toda la sala quedó en silencio.

En la pantalla apareció un nombre que nadie esperaba leer.

“Plan_Tras_Reemplazar_a_Renata_Final.xlsx”

Daniela palideció.

—¡No… ese archivo no!

Intentó cerrar la computadora, pero ya era demasiado tarde.

El proyector comenzó a mostrar una serie de correos electrónicos.

El primero estaba firmado por Sebastián.

“Cuando Renata cierre el contrato, anunciaremos que el proyecto fue desarrollado por Daniela. Después del viaje será más fácil moverla de puesto.”

Otro mensaje apareció debajo.

“La boda puede esperar. Primero necesito asegurarme de que Renata firme la compra definitiva del departamento.”

Sentí un vacío en el estómago.

El director del cliente levantó lentamente la vista.

—¿Estoy entendiendo que pretendían atribuirse el trabajo de otra persona?

Nadie respondió.

El abogado del cliente pidió detener la presentación.

Mientras tanto, seguían apareciendo documentos.

Había listas de tareas con mi nombre.

Mis análisis.

Mis cronogramas.

Incluso capturas de pantalla donde Sebastián le indicaba a Daniela exactamente qué frases copiar de mis informes para que parecieran suyas.

Daniela comenzó a llorar.

—Yo… yo solo hacía lo que él me pedía.

Sebastián perdió la paciencia.

—¡Cállate!

Aquella única palabra terminó de hundirlo.

El director general del cliente cerró la carpeta.

—Señora Morales…

Me miró directamente.

—¿Todo este proyecto fue preparado por usted?

Asentí.

—Durante los últimos ocho meses.

—¿Puede presentar la propuesta original?

Respiré hondo.

Conecté mi computadora.

La pantalla cambió.

Comencé la exposición desde el primer minuto, respondiendo cada pregunta con datos, proyecciones y escenarios que conocía de memoria porque los había construido yo.

Una hora después, el presidente del consejo se puso de pie.

—Ahora entendemos quién ha llevado realmente este proyecto.

Se acercó hasta mí y estrechó mi mano.

—Nos gustaría trabajar directamente con usted.

Después miró a Sebastián.

—No con su empresa.

El silencio fue absoluto.

Uno de los abogados añadió:

—Nuestra política prohíbe contratar proveedores involucrados en plagio profesional o apropiación indebida del trabajo de sus empleados.

Sebastián sintió que el rostro se le desmoronaba.

Apenas salimos de la sala intentó alcanzarme.

—Renata, escucha…

Me detuve.

—¿Qué quieres explicar?

Bajó la mirada.

—Todo se salió de control.

Saqué del bolsillo el anillo de compromiso.

Lo observé unos segundos.

Luego lo dejé en la palma de su mano.

—No.

Negué lentamente.

—Lo único que se salió de control fue que dejaras de creer que algún día descubriría quién eras realmente.

Me di la vuelta.

Detrás de mí escuché la voz del presidente del cliente.

—Señora Morales.

Volví.

—Nuestra empresa abrirá una nueva dirección estratégica el próximo trimestre.

Sonrió.

—Nos gustaría ofrecerle el puesto.

Miré una última vez a Sebastián.

Cinco años atrás habría pensado que perderlo era el peor final posible.

Ese día comprendí que el verdadero final habría sido casarme con alguien que solo veía mi talento como una herramienta para impulsar su propio éxito.

Salí del edificio sin mirar atrás.

Por primera vez en mucho tiempo, el futuro ya no llevaba un anillo.

Llevaba mi propio nombre.

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