PARTE 2: LA SUDADERA AZUL

Me quedé mirando la bolsa de evidencias.

La sudadera azul seguía allí.

Empapada de sangre.

Rota en el hombro izquierdo.

Algo llamó mi atención.

No era la sangre.

Era un pequeño hilo dorado atrapado en el cierre.

No pertenecía a la sudadera.

—Doctor… ¿puedo verla?

El cirujano negó con la cabeza.

—Todavía forma parte de la investigación.

En ese momento entró una detective.

—Soy la detective Sarah Collins.

Necesito hacerle unas preguntas.

Asentí.

—¿Lily tenía enemigos?

—No.

Era la clase de chica que ayudaba a sus compañeros a estudiar aunque compitieran por la misma beca.

La detective abrió una carpeta.

—Encontramos su mochila.

Sacó varias fotografías.

Los libros estaban intactos.

La computadora seguía dentro.

La cartera también.

Ni un solo dólar había desaparecido.

—Entonces no fue un robo.

—No lo creemos.

Pasó a la siguiente fotografía.

Mi respiración se detuvo.

Era el teléfono de Lily.

La pantalla estaba completamente destrozada.

Pero solo la pantalla.

La carcasa no tenía daños.

Fruncí el ceño.

—Eso no ocurre al caer.

La detective levantó la vista.

—¿Por qué dice eso?

Durante quince años había trabajado como ingeniero forense para el Departamento de Defensa antes de retirarme.

Había analizado cientos de escenas de impacto.

Tomé la fotografía.

—Si el teléfono hubiera golpeado el suelo durante la agresión, tendría marcas en las esquinas.

Señalé la imagen.

—Aquí no existen.

Solo destruyeron la pantalla.

Alguien quiso impedir que pudiera usarse.

La detective guardó silencio.

Después sacó otra fotografía.

—También encontramos esto.

Era un pequeño colgante plateado.

Con una letra.

A.

Nunca lo había visto.

Entonces recordé algo.

Dos semanas antes, Lily había mencionado un nombre durante la cena.

—Papá…

Hay un chico nuevo en el grupo de investigación.

Se llama Andrew.

Su padre dona millones a la universidad.

En aquel momento no le di importancia.

Ahora…

Todo comenzó a encajar.

La detective tomó nota.

—¿Recuerda el apellido?

Negué lentamente.

En ese instante, un joven médico entró apresuradamente.

—Detective…

Logramos estabilizar a la paciente por unos minutos.

Quizá pueda responder preguntas simples.

Entré inmediatamente.

Lily seguía sin poder hablar.

La mandíbula estaba inmovilizada.

Solo podía mover ligeramente los ojos.

Tomé una libreta.

Escribí.

“¿Conoces a quien te hizo esto?”

Ella cerró los ojos una vez.

Sí.

Escribí otra palabra.

“¿Fue una persona?”

Volvió a cerrar los ojos.

Sí.

“¿Más de una?”

Esta vez cerró los ojos dos veces.

No.

Solo una.

La detective respiró hondo.

—¿Era un hombre?

Sí.

—¿Era estudiante?

Sí.

Escribí una última pregunta.

“¿Lo conocías?”

Lily tardó varios segundos.

Finalmente…

Volvió a cerrar los ojos.

Sí.

Antes de que pudiéramos continuar, el monitor comenzó a emitir una alarma.

Los médicos nos hicieron salir.

Mientras esperaba en el pasillo, un oficial de seguridad de la universidad llegó corriendo.

Traía una memoria USB en la mano.

—Detective…

Encontramos una cámara que nadie había revisado.

No apunta al edificio.

Apunta al estacionamiento.

Pero captó algo.

La detective conectó la memoria a su portátil.

La imagen era borrosa.

Se veía a Lily caminando bajo la lluvia.

Un automóvil negro se detenía junto a la acera.

Ella parecía reconocer a quien conducía.

Se acercó voluntariamente.

La ventana bajó.

Hablaron apenas unos segundos.

Después…

La puerta del pasajero se abrió.

Lily retrocedió.

El conductor salió del vehículo.

La cámara no alcanzaba a mostrar su rostro.

Solo una mano.

En esa mano brillaba un enorme anillo universitario con un escudo dorado.

Y, cuando levantó el brazo para golpear a mi hija…

La manga de su chaqueta dejó al descubierto el mismo hilo dorado que yo había visto atrapado en la sudadera azul.

La detective congeló la imagen.

—Ahora ya sabemos algo.

Miró el anillo.

Luego el escudo.

—Ese distintivo solo lo llevan los miembros de una fraternidad muy específica de la universidad.

Por primera vez desde que recibí aquella llamada a las 23:47…

Sentí que el hombre que había destrozado la mandíbula de mi hija acababa de cometer el error que terminaría destruyendo su vida.

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