PARTE 2: LA SILLA VACÍA

Mi teléfono no dejó de sonar durante las siguientes tres horas.

Mamá.

Papá.

Santiago.

Otra vez mamá.

Después comenzaron los mensajes.

“¿Dónde estás?”

“Esto no tiene gracia.”

“Regresa inmediatamente.”

No respondí.

Seguí conduciendo hasta Guadalajara.

A las dos de la tarde llegué a la residencia universitaria.

Era pequeña.

El edificio tenía pintura desgastada y muebles viejos.

Pero por primera vez en dieciocho años, aquel lugar era completamente mío.

Mientras acomodaba mis libros, recibí una videollamada de mi tía Teresa.

Contesté.

Lo primero que vi fueron sus ojos hinchados.

—¿Ya llegaste?

Asentí.

Ella sonrió con tristeza.

—Estoy orgullosa de ti.

Las lágrimas que no había derramado en todo el viaje aparecieron de golpe.

—¿Están muy enojados?

Mi tía suspiró.

—No.

Hizo una pausa.

—Están confundidos.

Eso me hizo sonreír con amargura.

Confundidos.

Como si nueve años de abandono hubieran desaparecido de su memoria.

Tres días después comenzaron las llamadas de otros familiares.

Mi abuela.

Dos primos.

Incluso un tío con el que apenas hablaba.

Todos repetían lo mismo.

—Tus papás dicen que te fuiste sin motivo.

Sin motivo.

Esa frase me dolió más que cualquier otra.

El sábado siguiente ocurrió algo que ninguno esperaba.

La universidad organizó la ceremonia oficial para los estudiantes becados.

Cada alumno podía invitar a dos familiares.

No invité a nadie.

Cuando pronunciaron mi nombre, subí sola al escenario.

—Beca de excelencia nacional.

Licenciatura en Ingeniería Biomédica.

Primer lugar estatal.

El auditorio aplaudió.

El rector me entregó un diploma.

—Felicidades, Mariana.

Mientras sonreía para la fotografía oficial, vi movimiento en la última fila.

Mi madre.

Mi padre.

Y Santiago.

Los tres acababan de entrar.

Mi corazón dio un vuelco.

No sabía cómo habían encontrado la universidad.

Después descubriría que mi tía Teresa les dio la dirección cuando comprendió que no dejarían de buscarme.

Terminó la ceremonia.

Muchos estudiantes corrieron a abrazar a sus familias.

Yo guardé lentamente mi diploma dentro de la carpeta.

Escuché los pasos detrás de mí.

—Mari…

Era mi mamá.

Me di la vuelta.

Parecía haber envejecido años en apenas una semana.

—¿Por qué no nos dijiste que habías conseguido una beca?

La miré en silencio.

—¿Cuándo iban a preguntarme?

Nadie respondió.

Mi padre dio un paso adelante.

—Podíamos haberte ayudado.

Sonreí con tristeza.

—No sabían ni qué carrera quería estudiar.

Otra vez silencio.

Santiago bajó la cabeza.

Ya no era el niño de nueve años.

Tenía quince.

Y por primera vez parecía entender algo.

—Mari…

Su voz tembló.

—Yo… no sabía.

Lo miré.

Y supe que decía la verdad.

Él había crecido creyendo que aquellos viajes eran normales.

Nunca imaginó que cada verano significaba dejarme atrás.

—Pensé que a ti te gustaba ir con la tía Teresa.

Respiré hondo.

—Me encantaba estar con ella.

Hice una pausa.

—Lo que dolía era saber por qué estaba allí.

Mi madre comenzó a llorar.

—Nunca quisimos hacerte daño.

La observé durante varios segundos.

—Entonces explícame algo.

Ella levantó lentamente la vista.

—¿Cuántas vacaciones familiares hicieron sin mí?

No respondió.

—¿Cinco?

Silencio.

—¿Siete?

Mi padre cerró los ojos.

—Nueve.

Asentí.

—¿Y en alguno de esos nueve años alguien preguntó qué sentía yo?

Nadie habló.

Porque todos conocían la respuesta.

No.

Nunca.

Saqué una fotografía de mi mochila.

La había guardado durante años.

Era una imagen impresa de Facebook.

Ellos tres en un crucero.

Sonriendo frente al mar.

En la esquina inferior podía leerse la fecha.

Era exactamente el mismo día en que yo cumplía quince años.

La puse en manos de mi madre.

—Ese cumpleaños la tía Teresa me compró un pastel pequeño.

Esperé toda la noche una llamada.

Nunca llegó.

Mi madre comenzó a sollozar.

Las manos le temblaban tanto que casi dejó caer la fotografía.

Mi padre parecía incapaz de mirarme.

Fue Santiago quien rompió el silencio.

Llorando.

—Fue mi culpa.

Negué inmediatamente.

—No.

Me acerqué y le acomodé el cabello como hacía cuando era pequeño.

—Tú solo eras un niño.

Miré directamente a mis padres.

—Las decisiones nunca las toman los niños.

Ellos bajaron la cabeza al mismo tiempo.

Por primera vez desde que tenía nueve años…

La silla vacía de todas aquellas vacaciones ya no estaba ocupada por mí.

Ahora la ocupaban ellos.

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