PARTE 2: EL ÚLTIMO CÁLCULO

A la mañana siguiente, el departamento de obstetricia olía a desinfectante y café recién hecho.

Lingyi sostuvo el formulario de consentimiento con las manos inmóviles.

No lloraba.

La enfermera levantó la vista.

—¿Está completamente segura?

—Sí.

—Todavía tiene tiempo para cambiar de opinión.

Lingyi apoyó una mano sobre su vientre.

Cuatro meses.

Ya había escuchado aquel pequeño corazón.

Precisamente por eso no podía permitir que un niño creciera en un matrimonio construido sobre mentiras.

—No voy a cambiar de opinión.

La enfermera asintió en silencio.

—Primero debemos hacer los estudios preoperatorios.


Al mismo tiempo, Xia Jinghang llevaba casi una hora sentado en su oficina sin leer una sola línea del contrato que tenía delante.

Su teléfono vibró.

Era Tang Qiao.

—Presidente Xia, ¿almorzamos?

Él respondió con irritación.

—Hoy no.

—¿Qué pasó?

—Nada.

Ella guardó silencio unos segundos.

—¿Es por su esposa?

Aquellas palabras terminaron de romper la poca paciencia que le quedaba.

—Ya basta.

Colgó.

Fue entonces cuando Recursos Humanos llamó a la puerta.

—Presidente Xia…

Hay dos abogados preguntando por usted.


El abogado Song colocó una carpeta sobre la mesa.

—Señor Xia.

A partir de este momento quedan notificadas oficialmente las medidas cautelares.

—¿Qué medidas?

—Congelación preventiva de los bienes comunes.

También hemos solicitado la preservación de registros financieros de la empresa durante los últimos dos años.

El rostro de Xia cambió.

—¿Qué tiene que ver la empresa?

Song sonrió ligeramente.

—Su esposa descubrió que durante el matrimonio utilizó fondos comunes para realizar gastos personales.

Empujó varias fotografías.

Restaurantes.

Hoteles.

Boletos de avión.

Viajes de esquí.

Todos realizados con la tarjeta de la cuenta familiar.

Y todos en compañía de Tang Qiao.

—Esto…

—Cada uno de estos gastos aparece registrado.

Xia sintió un escalofrío.

Siempre había pensado que Lingyi jamás revisaba las cuentas.

Resultó que las había revisado todas.


Aquella misma tarde, Tang Qiao fue llamada por el departamento de Recursos Humanos.

Cuando salió, tenía el rostro completamente blanco.

Los rumores ya recorrían toda la empresa.

—¿Dicen que la amante del presidente usaba dinero de la empresa?

—No.

Dinero familiar.

—La esposa presentó pruebas.

Las conversaciones comenzaron a multiplicarse.

Los mismos compañeros que antes admiraban a Xia ahora evitaban cruzarse con él.


Dos días después llegó la audiencia de conciliación.

Lingyi apareció con un vestido blanco sencillo y el rostro sereno.

Xia apenas la reconoció.

Parecía mucho más tranquila que durante los últimos meses.

Como si ya hubiera dejado atrás el matrimonio antes de salir de aquella casa.

El juez abrió el expediente.

—Señora Lin.

¿Confirma que mantiene su solicitud de divorcio?

—Sí.

—¿Existe posibilidad de reconciliación?

—No.

El juez miró a Xia.

—¿Y usted?

Él respiró profundamente.

—Quiero hablar con ella a solas.

Lingyi negó con calma.

—Todo lo que tenga que decir puede decirlo aquí.

Xia bajó la cabeza.

Por primera vez desde que comenzaron los problemas, su voz sonó quebrada.

—Cancelé el contacto con Tang Qiao.

La transferí a otra sucursal.

Nunca volveré a verla.

Lingyi permaneció en silencio.

—También estoy dispuesto a renunciar a una parte mayor de los bienes.

Ella levantó lentamente la vista.

—¿Crees que sigo aquí por dinero?

Él no respondió.

—Lo único que necesitaba era un esposo que me acompañara a escuchar el corazón de nuestro hijo.

Hizo una pausa.

—Y tú preferiste comprar pasteles para otra mujer.

Toda la sala quedó en silencio.

Xia sintió que aquellas palabras pesaban mucho más que cualquier acusación jurídica.

Porque eran ciertas.


El juez revisó los documentos durante varios minutos.

Luego levantó la vista.

—Las pruebas aportadas muestran un incumplimiento grave de los deberes matrimoniales y el uso de bienes comunes para fines personales.

La solicitud de divorcio continúa su trámite.

Además…

Miró directamente a Xia.

—Las medidas de preservación patrimonial permanecen vigentes hasta la liquidación definitiva.

El mazo golpeó una vez.

La audiencia terminó.

Lingyi recogió tranquilamente su carpeta.

No miró hacia atrás.

Cuando estaba a punto de salir, Xia habló por última vez.

—Lingyi…

Si pudiera volver atrás…

Ella se detuvo unos segundos.

—No puedes.

Luego abrió la puerta.

La luz del pasillo iluminó su rostro.

Por primera vez en muchos meses, sintió que el aire volvía a entrar en sus pulmones.

Detrás de ella quedaban un matrimonio roto, un hombre que había confundido admiración con amor y una vida que ya no estaba dispuesta a seguir soportando.

Y delante la esperaba la decisión más difícil de todas: qué hacer con el pequeño corazón que aún latía dentro de ella.

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