PARTE 2: LA BECA ROBADA

El auditorio quedó completamente en silencio.

Más de mil personas miraban al rector.

El doctor Alonso Cárdenas levantó la carpeta negra.

—Hace cuatro años, esta universidad otorgó una beca de excelencia que cubría colegiatura, materiales, transporte y un apoyo económico mensual.

Pasó una hoja.

—La estudiante con el puntaje más alto fue… Mariana López.

Mariana bajó lentamente la mirada.

Nunca había recibido ese dinero.

El rector continuó.

—Sin embargo, esa beca apareció como “rechazada voluntariamente” apenas cuarenta y ocho horas después de haber sido aprobada.

Los murmullos comenzaron.

El rector levantó otro documento.

—La semana pasada iniciamos una auditoría interna sobre antiguos expedientes.

Mostró una copia ampliada.

—Y descubrimos que la carta de renuncia contenía una firma falsificada.

Mariana sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—Yo… nunca renuncié.

—Lo sabemos.

El rector asintió.

—Por eso decidimos revisar quién entregó personalmente esa carta.

Giró lentamente hacia la última fila.

—Las cámaras de seguridad del archivo universitario conservaron una copia del ingreso.

Las luces del auditorio se apagaron.

La pantalla gigante se encendió.

Apareció una grabación.

Fecha.

Hora.

Una mujer caminaba hacia la oficina de becas con una carpeta bajo el brazo.

Cuando levantó el rostro, decenas de personas soltaron una exclamación.

Era Alejandra.

Su hermana.

Alejandra dio un paso hacia atrás.

—¡Eso… eso está sacado de contexto!

El rector no respondió.

En la pantalla apareció un segundo video.

Alejandra entregaba la carta.

Luego firmaba un libro de registro.

La imagen era completamente nítida.

Toda la familia comenzó a mirarla.

Mariana seguía inmóvil.

El rector volvió a hablar.

—Después de revisar los movimientos bancarios relacionados con aquella beca…

Sacó otro documento.

—Descubrimos que el dinero nunca regresó al fondo universitario.

El silencio se volvió absoluto.

—Fue redirigido a otra cuenta estudiantil.

Abrió la última hoja.

—Cuenta perteneciente a…

Hizo una pausa.

—Alejandra López.

Los celulares comenzaron a grabar desde todos los ángulos.

Alejandra perdió el color.

—¡No fue así!

—¿No?

El rector levantó otro expediente.

—También encontramos los correos electrónicos enviados desde la cuenta personal de la señora Leticia López solicitando que la beca fuera “reasignada a la hija que realmente representaba el orgullo de la familia”.

Todos giraron hacia la entrada principal.

En ese momento, Leticia acababa de llegar al auditorio.

Había escuchado su nombre.

Quedó paralizada.

—Eso… eso era un asunto familiar…

Su voz apenas salió.

El rector la miró fijamente.

—No, señora.

—Era fraude.

El auditorio estalló en murmullos.

Mariana abrazó un poco más fuerte a Camila, que seguía dormida contra su pecho.

Nunca imaginó que la pobreza de aquellos años había sido provocada.

Había trabajado tres empleos.

Había pasado hambre.

Había estudiado en hospitales.

Había pensado que la universidad simplemente no había podido ayudarla.

Mientras tanto…

Su propia hermana había vivido cuatro años gracias al dinero destinado para ella.

El rector caminó hasta Mariana.

Tomó el diploma.

Pero no se lo entregó todavía.

Tomó nuevamente el micrófono.

—La Universidad Estatal de Jalisco no puede cambiar el pasado.

Miró a todo el auditorio.

—Pero sí puede corregir una injusticia.

Sacó un sobre dorado.

—Por decisión unánime del Consejo Universitario, hoy restituimos oficialmente la beca que le fue robada.

Mariana abrió lentamente el sobre.

Dentro había una resolución firmada.

El monto actualizado, con intereses, superaba los dos millones ochocientos mil pesos.

Además, incluía una beca completa de maestría, un puesto como auditora financiera en la universidad y un fideicomiso educativo para Camila.

Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Mariana.

No eran de tristeza.

Eran las primeras lágrimas de alivio en muchos años.

Entonces, desde la última fila, una voz masculina rompió el silencio.

—¡Eso no es todo, señor rector!

Todas las miradas se dirigieron hacia el hombre que acababa de ponerse de pie.

Vestía un traje gris oscuro.

Llevaba una credencial de la Fiscalía Especializada en Delitos Patrimoniales.

Y sostenía otra carpeta.

Mucho más gruesa que la del rector.

—Porque la investigación acaba de demostrar que la beca no fue el único dinero que desapareció.

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