PARTE 2: La Medalla Perdida

Y llevaba en el cuello la medalla que Elena había perdido en la hacienda.

Por un instante, nadie habló.

Ni Elena.

Ni doña Remedios.

Ni siquiera Damián.

El aire pareció quedarse suspendido sobre el camino de tierra.

Porque aquella medalla no era cualquier cosa.

Era una pequeña imagen de la Virgen de Zapopan montada en plata vieja.

Un regalo de la abuela de Elena.

La única joya que había heredado.

La única cosa que jamás se quitaba.

Hasta que desapareció misteriosamente tres meses atrás.

—Qué bonita medalla —dijo doña Remedios con calma.

Abril llevó la mano al cuello.

Instintivamente.

Como quien protege algo que no le pertenece.

—Gracias.

Su voz salió nerviosa.

Demasiado nerviosa.

Elena sintió una presión extraña en el pecho.

Porque de pronto comenzaron a encajar piezas que durante años habían estado dispersas.

La medalla.

Las ausencias de Abril.

Las visitas inesperadas a la hacienda.

Las veces que Damián desaparecía durante horas.

Y aquellas miradas raras que ella había decidido ignorar.

Damián dio un paso al frente.

—No sé qué haces aquí todavía.

Miraba a Elena.

Pero hablaba para sí mismo.

Como si necesitara recuperar el control.

—Ya te dije que te fueras.

Doña Remedios golpeó el suelo con el bastón.

Seco.

Firme.

—La muchacha está en camino público.

Damián la observó.

Con evidente molestia.

—Esto no es asunto suyo.

La anciana sonrió.

—Cuando un hombre abandona a una mujer de noche, sí se vuelve asunto mío.

El silencio fue incómodo.

Abril bajó la cabeza.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Doña Remedios entrecerró los ojos.

Mirándola fijamente.

Como si estuviera viendo algo más allá de la barriga de embarazo.

Más allá de la ropa.

Más allá de los años.

—¿Cómo te llamas, muchacha?

—Abril.

La anciana se quedó inmóvil.

Completamente inmóvil.

Por primera vez desde que Elena la conoció.

—¿Abril qué?

—Abril Navarro.

El bastón tembló levemente.

Solo un segundo.

Pero Elena lo notó.

Damián también.

—¿Pasa algo? —preguntó Elena.

Doña Remedios no respondió enseguida.

Sus ojos seguían clavados en Abril.

Después miró a Damián.

Luego otra vez a Abril.

Y el color desapareció lentamente de su rostro.

—No puede ser…

Damián tensó la mandíbula.

—¿Qué no puede ser?

La anciana respiró hondo.

Muy hondo.

—¿Cuántos años tienes?

—Veintidós.

—¿Y tu padre?

Abril frunció el ceño.

—Murió cuando yo era niña.

Doña Remedios cerró los ojos.

Como si una memoria muy antigua acabara de despertar.

—No.

Murmuró.

—No murió.

Elena sintió un escalofrío.

Porque algo estaba cambiando.

Algo enorme.

Algo que nadie esperaba.

—¿Qué está diciendo? —preguntó Abril.

La anciana levantó lentamente la mirada.

Y por primera vez observó directamente a Damián.

—Estoy diciendo que he visto esos ojos antes.

Silencio.

—Los mismos ojos.

El mismo gesto.

La misma cara.

Damián soltó una risa nerviosa.

—Ya basta de tonterías.

Pero nadie se rió.

Porque su voz había sonado demasiado apresurada.

Demasiado incómoda.

—Hace veintitrés años —continuó doña Remedios— trabajé para una familia muy poderosa de este pueblo.

Elena observó cómo las manos de Damián se cerraban lentamente.

—Recuerdo perfectamente a una muchacha llamada Verónica Navarro.

Abril palideció.

—Era mi mamá.

La anciana asintió.

—Sí.

Pausa.

—Y recuerdo perfectamente quién la embarazó.

El corazón de Elena empezó a golpear con fuerza.

Damián dio un paso adelante.

—Ya fue suficiente.

—No.

La voz de la anciana fue dura como piedra.

—Ahora apenas empieza.

Porque durante más de veinte años había guardado silencio.

Por miedo.

Por pobreza.

Por supervivencia.

Pero ya no tenía nada que perder.

Miró directamente a Abril.

Y pronunció las palabras que partieron la noche en dos.

—Tu padre nunca murió.

Silencio.

—Tu padre es un Castañeda.

La sonrisa de Damián desapareció.

Abril dejó de respirar.

Y Elena sintió que el mundo entero acababa de inclinarse bajo sus pies.

Porque por primera vez entendió que el embarazo de Abril no era la verdadera historia.

Era apenas la puerta.

La puerta de un secreto que la familia Castañeda había enterrado durante décadas.

Y que estaba a punto de salir a la luz delante de todo el pueblo.

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