PARTE 2: LA VERDAD QUE YA ERA DEMASIADO TARDE

Lucas mantuvo la mano de Sofía entre las suyas.

Su expresión no era de culpa.

Era de cansancio.

Del cansancio de alguien que había guardado un secreto demasiado tiempo.

—Daniel… no era así como debías enterarte.

Di un paso al frente.

—¿Qué está pasando? ¿Por qué mi hija está contigo?

Sofía dio un pequeño paso hacia atrás.

Instintivamente.

Escondiéndose detrás de Lucas.

Ese movimiento me atravesó como un cuchillo.

Durante años, cuando yo llegaba a casa, ella corría a abrazarme.

Ahora buscaba protección… de mí.

Lucas respiró hondo.

—No aquí.

—¡Respóndeme ahora!

Los padres que aún salían de las aulas comenzaron a mirarnos.

Sofía bajó la cabeza.

—Tío Lucas… vámonos.

Él acarició su cabello.

—Solo un momento, princesa.

La llamó “princesa”.

Era el apodo que yo había inventado cuando nació.

Sentí una punzada insoportable.

Lucas levantó la vista.

—Hace un año y medio… Elena me llamó.

Fruncí el ceño.

—¿Para qué?

—Porque Sofía tenía fiebre de cuarenta grados y necesitaba llevarla al hospital.

Mi memoria intentó buscar ese día.

No encontró nada.

Lucas continuó.

—Te llamó siete veces.

Miré mi teléfono casi por reflejo.

—Yo…

—Estabas de vacaciones con Clara y Mateo.

Las palabras me golpearon como un martillo.

Recordé aquel viaje.

Había apagado el celular durante dos días.

“Necesito desconectarme de todo”, les había dicho a mis compañeros de oficina.

Lucas siguió hablando.

—Cuando no contestaste, Elena me llamó llorando.

—Yo no…

—Fui yo quien llevó a Sofía al hospital.

Sentí que el mundo comenzaba a girar.

—Eso fue una sola vez.

Lucas negó lentamente.

—Ojalá hubiera sido una sola vez.

Sacó el teléfono.

Abrió una carpeta.

Había decenas de fotografías.

Yo empujando a Mateo en un columpio.

Yo en festivales escolares.

Yo sosteniendo medallas deportivas.

Yo disfrazado de pirata en una fiesta infantil.

Todas eran con el hijo de Clara.

Luego deslizó la pantalla.

Aparecieron otras imágenes.

Sofía en un hospital.

Sofía celebrando sola un cumpleaños con Elena.

Sofía sosteniendo un dibujo donde solo aparecían dos personas.

Ella.

Y su mamá.

—¿Sabes quién tomó estas fotos? —preguntó Lucas.

No respondí.

—Yo.

Sentí un nudo en la garganta.

—Porque Elena nunca quiso que Sofía creciera odiándote.

Cada vez que la niña preguntaba por su padre…

Ella inventaba una excusa.

“Papá está trabajando.”

“Papá está enfermo.”

“Papá te quiere mucho.”

Lucas tragó saliva.

—Hasta que un día Sofía dejó de preguntar.

Miré a mi hija.

Ella seguía escondida detrás de él.

—¿Por qué te llama tío? —pregunté con la voz rota.

Lucas sonrió con tristeza.

—Porque nunca intenté ocupar tu lugar.

Solo intenté que no sintiera que estaba completamente sola.

El silencio pesó entre nosotros.

Entonces Sofía levantó la vista.

Sus ojos ya no eran los de la niña de cinco años que recordaba.

Había demasiada madurez en ellos.

—¿Señor…?

La palabra me hizo contener la respiración.

—Mamá dice que siempre hay que ser educada.

No dijo papá.

Dijo señor.

—¿Usted necesitaba algo?

Las piernas comenzaron a temblarme.

—Sofía…

Ella negó suavemente con la cabeza.

—Tío Lucas…

¿Ya podemos irnos?

Lucas me observó durante unos segundos.

—Elena nunca te prohibió verla.

Nunca pidió que dejaras de ser su padre.

Fuiste tú quien dejó de aparecer.

Fuiste tú quien dejó de llamar.

Fuiste tú quien decidió que otra familia necesitaba más tu tiempo.

Cada frase destruía una excusa que había repetido durante más de un año.

“Elena me alejaba.”

“Sofía ya no quería verme.”

“Las cosas eran complicadas.”

Mentiras.

Todas.

Mi teléfono vibró.

Era Clara.

¿Dónde están? Mateo tiene hambre. Papá y mamá ya llegaron al restaurante.

Miré el mensaje sin responder.

Lucas vio la pantalla.

—Ve con tu familia.

Levanté la vista.

—Ella es mi familia.

Lucas negó despacio.

—La diferencia es que ellos todavía te esperan.

Sofía ya aprendió a dejar de hacerlo.

Tomó la mano de mi hija.

Comenzaron a caminar.

Después de apenas unos pasos, Sofía se detuvo.

Mi corazón latió con fuerza.

Pensé que iba a volver.

Que iba a correr hacia mí.

Que todavía quedaba una oportunidad.

Pero solo se giró para decir una última frase.

—Tío Lucas…

No olvides comprar los colores.

Mañana tenemos que terminar el dibujo del Día del Padre.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Porque entendí una verdad devastadora.

Mi hija ya no estaba buscando un padre.

Ya había encontrado a alguien que había estado ocupando ese lugar… mientras yo elegía vivir la vida de otro hombre.

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