Mariana volvió a leer la cifra.
Valor estimado de los terrenos industriales: 186,000,000 de pesos.
Sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
Tomó la siguiente carpeta.
Era un poder notarial.
Pero había un detalle que llamó inmediatamente su atención.
La firma de Amalia era completamente distinta a la que acababa de ver en su identificación oficial.
Abrió otro documento.
Y otro.
Y otro.
En todos aparecía la misma firma temblorosa.
Demasiado perfecta para una mujer con artritis avanzada.
Mariana era auditora financiera.
Había visto suficientes fraudes documentales para reconocer uno cuando lo tenía frente a ella.
Sacó su teléfono.
Fotografió cada hoja.
Después llamó a un antiguo compañero de universidad que ahora trabajaba en el Registro Público de la Propiedad.
—Necesito verificar algo con urgencia.
A las ocho de la mañana, su celular vibró.
—Mariana… tienes razón.
—¿Qué encontraste?
—Hace ocho meses alguien inició el trámite para vender esos terrenos industriales.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Quién?
Hubo unos segundos de silencio.
—Los compradores nunca llegaron a firmar.
Pero quien presentó la solicitud fue…
Escuchó un nombre que la dejó inmóvil.
Ernesto Salazar.
—¿Y mi madre?
—También aparece.
Como representante de la señora Amalia.
Mariana cerró lentamente los ojos.
Ni Ernesto ni Lorena tenían un poder vigente para representar legalmente a su abuela.
Eso solo significaba una cosa.
Habían falsificado los documentos.
Mientras tanto, en la casa familiar, Lorena abrió la puerta del cuarto de servicio.
La cama estaba vacía.
La maleta había desaparecido.
—¡Ernesto!
Él llegó corriendo.
—¿Qué pasó?
—¡Se la llevó!
Ernesto palideció.
Corrió hasta el estudio.
Abrió el cajón donde guardaba la llave.
Luego revisó un segundo cajón.
Y un tercero.
Su respiración comenzó a acelerarse.
—¿Dónde está la caja?
Lorena sintió un escalofrío.
—¿Cuál caja?
—¡La caja de lámina!
Los dos comenzaron a revisar toda la casa desesperadamente.
No estaba.
Ernesto golpeó el escritorio con tanta fuerza que rompió un portarretratos.
—Si Mariana encontró esos papeles…
No terminó la frase.
Los dos sabían exactamente lo que significaba.
Dos horas después, Mariana acompañó a Amalia hasta una notaría.
El notario revisó uno por uno los documentos.
Su expresión fue cambiando lentamente.
Finalmente levantó la vista.
—Señora Amalia…
¿Usted autorizó vender estos terrenos?
La anciana negó con la cabeza.
—Jamás.
Son de mi esposo.
Quería dejarlos para mis nietos.
El notario colocó dos documentos uno junto al otro.
—Entonces alguien falsificó su firma.
Y no solo una vez.
Al menos en siete ocasiones distintas.
Mariana tomó aire.
—¿Qué debemos hacer?
El hombre cerró cuidadosamente la carpeta.
—Lo primero…
Registrar una medida cautelar para impedir cualquier venta.
Lo segundo…
Presentar una denuncia penal.
Y lo tercero…
Avisar inmediatamente al banco.
Mariana frunció el ceño.
—¿Por qué al banco?
El notario guardó silencio unos segundos.
Después señaló un documento escondido al fondo de la caja oxidada.
Era un contrato que nadie había revisado todavía.
En la portada aparecía el logotipo de una institución financiera.
Y una frase escrita en letras grandes hizo que Mariana sintiera un vacío en el estómago.

“Garantía hipotecaria sobre la totalidad de los terrenos industriales.”
El préstamo…
Ya había sido solicitado.
Y vencía en apenas cuarenta y ocho horas.