Adrian sintió que el teléfono casi se le escapaba de las manos.
—¿Lucas… Hale?
Su voz perdió toda la seguridad.
Yo recuperé el celular con tranquilidad.
—Sí. Mi esposo.
—¡Eso es imposible! ¡Solo han pasado tres días!
Sonreí apenas.
—Exactamente.
Adrian dio un paso hacia mi escritorio.
—¿Quién demonios es ese?
Antes de que pudiera responder, la puerta de mi oficina se abrió.
Mi asistente apareció nerviosa.
—Señora Hale… su esposo acaba de llegar.
Levanté la vista.
—Hazlo pasar.
Un segundo después, un hombre alto, de traje azul oscuro y expresión serena entró en la oficina.
Lucas Hale.
Se acercó directamente a mí.
Ni siquiera miró a Adrian.
Primero dejó un vaso de té caliente sobre mi escritorio.
—El médico dijo que todavía no debes tomar café.
Después acomodó con cuidado la bufanda alrededor de mi cuello.
—¿Cómo sigue la garganta?
—Mucho mejor.
Sonrió con ternura.
—Bien.
Solo entonces dirigió la mirada hacia Adrian.
—Supongo que usted es el señor Whitmore.
Adrian frunció el ceño.
—¿Quién es usted para meterse en esto?
Lucas respondió con absoluta calma.
—El esposo de Elena.
Y, legalmente, la única persona con derecho a acompañarla en asuntos personales.
El rostro de Adrian comenzó a endurecerse.
—Esto es una locura.
Hace tres días todavía iba a casarse conmigo.
Lucas asintió.
—Lo sé.
Porque hace tres días yo fui quien la encontró inconsciente bajo la lluvia.
El silencio llenó la oficina.
Adrian lo miró confundido.
Lucas continuó.
—Esa noche regresaba de una reunión cuando vi a una mujer desmayada junto a una parada de autobús.
Vestía un vestido blanco completamente empapado.
Tenía casi cuarenta grados de fiebre.
Y sostenía una carpeta contra el pecho como si fuera lo único que le quedaba.
Miró directamente a Adrian.
—Mientras usted recorría la ciudad buscando caramelos para otra mujer.
Adrian bajó la vista durante un instante.
Era la primera vez que no encontraba una respuesta.
Lucas dejó una carpeta sobre el escritorio.
—Además…
Ya que insiste en saber quién soy…
La abrió lentamente.
En la primera página aparecía el logotipo de Hale International Holdings.
Una de las compañías de inversión más importantes del país.
—Soy el presidente ejecutivo.
La expresión de Adrian cambió por completo.
Conocía perfectamente ese nombre.
Su propia empresa llevaba casi un año intentando conseguir un contrato con Hale International.
Sin éxito.
Lucas cerró la carpeta.
—Elena nunca me pidió dinero.
Nunca me pidió protección.
Solo me pidió una cosa.
Adrian tragó saliva.
—¿Qué?
—Que respetara sus decisiones.
Eso fue suficiente para que decidiera respetarla… y enamorarme de ella.
Mi corazón se aceleró al escucharlo.
No porque fuera una declaración preparada.
Porque era la primera vez que un hombre hablaba de mí sin compararme con nadie.
Sin mencionar a Chloe.
Sin hacerme sentir en segundo lugar.
Adrian dio un paso hacia mí.
—Elena…
Cometí un error.
Podemos arreglar esto.
Lo miré con tranquilidad.
—¿Sabes cuál fue tu verdadero error?
Él permaneció en silencio.
—No fue dejarme bajo la lluvia.
No fue elegir siempre a Chloe.
Ni siquiera fue abandonar nuestra boda.
Su error fue creer que yo esperaría toda la vida a que algún día decidieras elegirme.
Lucas tomó mi mano con naturalidad.
—Ya es hora de irnos.
Asentí.
Antes de salir, me detuve un momento frente a Adrian.
—Por cierto…
La boda de la que hablaba el mensaje no era la ceremonia.
Nosotros ya estamos casados legalmente.
Dentro de tres días solo celebraremos la recepción.
Le entregué una invitación dorada.

—Lástima.
No estás invitado.
Tomé la mano de mi esposo y salimos de la oficina sin mirar atrás.
Detrás de nosotros, Adrian permaneció inmóvil, sosteniendo una invitación destinada a recordarle que había perdido a la única mujer que siempre estuvo dispuesta a elegirlo… hasta el día en que ella decidió elegirse a sí misma.