PARTE 2: LA CAMA EQUIVOCADA

Teresa no respondió al grito.

Al contrario.

Acercó el cerillo a la gasolina que había derramado bajo la puerta.

—Quédate callado —susurró con desprecio—. Dentro de unos minutos nadie distinguirá una voz de otra.

La llama avanzó con un rugido.

En segundos, el fuego comenzó a devorar las cortinas y la alfombra de la habitación.

Mariana permanecía inmóvil en el balcón exterior, protegida por el grueso ventanal de cristal resistente al fuego que ella misma había mandado instalar meses antes, cuando remodeló la casa.

El teléfono seguía grabando.

Cada palabra.

Cada confesión.

Cada segundo.

Dentro de la recámara, los golpes se volvieron desesperados.

—¡Mamá! ¡Abre! ¡No puedo respirar!

Teresa frunció el ceño.

Algo en aquella voz empezó a resultarle extraño.

—¿Alejandro?

El hombre comenzó a toser violentamente.

—¡Mamá! ¡Ayúdame!

La sonrisa desapareció del rostro de Teresa.

Retrocedió un paso.

—¿Alejandro… qué haces ahí?

Entonces escuchó la voz de Mariana desde el balcón.

—Eso mismo quisiera preguntarte yo.

Teresa giró bruscamente.

A través del cristal vio a Mariana de pie, completamente ilesa, observándola con una calma que helaba la sangre.

—Imposible…

Mariana levantó ligeramente el teléfono.

—Llevas nueve minutos confesando un intento de homicidio.

Teresa empezó a temblar.

—¿Cómo saliste?

—Nunca estuve en esa cama.

Horas antes, al escuchar nuevamente a Teresa hablar por teléfono con Alejandro, Mariana comprendió que aquella noche intentarían matarla.

No llamó a la policía.

No huyó.

Preparó una trampa.

Sabía que Alejandro regresaría de madrugada después de ver a su amante.

También sabía que siempre entraba directamente a la habitación principal cuando llegaba borracho.

Así que dejó la luz apagada.

Colocó almohadas bajo el edredón simulando un cuerpo.

Y cuando escuchó el automóvil entrar al garaje, salió silenciosamente hacia el balcón exterior por la puerta de seguridad.

Alejandro, completamente ebrio, entró en la habitación creyendo que su esposa dormía.

Se quitó los zapatos.

Se dejó caer sobre la cama.

Y quedó profundamente dormido.

Diez minutos después llegó Teresa con la gasolina.

Jamás imaginó que estaba encerrando a su propio hijo.

El humo comenzó a salir por debajo de la puerta.

Los gritos de Alejandro ya eran desesperados.

—¡Mamá! ¡Me estoy quemando!

Teresa corrió hacia la cerradura.

Las cadenas que ella misma había colocado se habían deformado por el calor.

Sus manos temblaban tanto que no lograba abrirlas.

—¡No! ¡No!

Mariana marcó entonces un nuevo número.

—Comandante Ruiz.

—Ya escuchó suficiente, ¿verdad?

La respuesta llegó de inmediato.

—Sí, señora Salgado.

—Nuestros agentes ya están entrando a la propiedad.

En ese instante se escuchó el estruendo de la puerta principal.

—¡Policía de Zapopan!

—¡Nadie se mueva!

Teresa quedó paralizada.

Dos bomberos irrumpieron segundos después y comenzaron a romper la puerta de la recámara.

Las cadenas cedieron.

Una enorme nube de humo salió hacia el pasillo.

Alejandro fue sacado inconsciente, con quemaduras leves y una intoxicación severa por humo.

Cuando recuperó el aire y vio a Mariana completamente ilesa, abrió los ojos con horror.

—Mariana…

Ella lo observó sin una sola emoción.

—Pensabas cobrar cuarenta millones por mi muerte.

Hizo una breve pausa.

—Al final… casi terminas muriendo por el plan de tu propia madre.

Detrás de ellos, un agente colocó las esposas a Teresa.

La mujer seguía mirando a Alejandro, incapaz de comprender cómo todo había salido tan mal.

Entonces el comandante Ruiz levantó el teléfono que Mariana había entregado como evidencia.

—Señora Teresa Castañeda, queda detenida por tentativa de homicidio, conspiración para cometer fraude al seguro y asociación delictuosa.

Pero mientras los agentes registraban la casa, uno de ellos salió del estudio sosteniendo una carpeta color negro.

—Comandante…

—Creo que esto les interesa.

Dentro había estados de cuenta, contratos falsificados… y fotografías de Alejandro con una mujer embarazada.

Y aquel expediente demostraba que las deudas de veinte millones no eran el mayor secreto que la familia Castañeda había estado ocultando.

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