La voz volvió a sonar.
—Llegaste tarde, Ethan.
Era exactamente la voz de mi tío Raymond.
Di un paso atrás por puro instinto.
Había asistido a su funeral.
Vi cómo bajaban su ataúd.
Lo enterramos con nuestras propias manos.
Apreté con fuerza la linterna y avancé despacio hacia el vestíbulo.
La puerta se cerró sola detrás de mí con un golpe seco.
No corrí.
Durante años había estudiado ingeniería estructural. Sabía distinguir entre un edificio que cruje por la humedad… y uno preparado para producir miedo.
Encendí la linterna.
El interior estaba impecablemente limpio.
Demasiado limpio.
No había polvo sobre los muebles.
Las cortinas no tenían telarañas.
Alguien había seguido cuidando aquella casa después de la muerte de Raymond.
Entonces lo vi.
Sobre la mesa principal descansaba una vieja grabadora de casete.
El botón de reproducción estaba presionado.
La voz de mi tío seguía saliendo de allí.
—Si estás escuchando esto, significa que decidiste entrar.
Me acerqué lentamente.
—Si eres Brandon, ya es demasiado tarde.
—Si eres Logan… también.
—Pero si eres Ethan, todavía tienes una oportunidad.
Sentí un escalofrío.
¿Cómo podía saber que sería yo?
La grabación continuó.
—Nunca quise dejarles dinero.
Quise dejarles la verdad.
La cinta terminó.
En ese instante escuché un fuerte golpe proveniente del segundo piso.
Después otro.
Y otro más.
Como si alguien arrastrara muebles pesados.
Subí las escaleras.
Las habitaciones estaban vacías.
Pero en una puerta encontré marcas profundas de uñas sobre la madera.
No eran recientes.
Tenían años.
Dentro del dormitorio principal había decenas de fotografías familiares.
Brandon.
Logan.
Mi madre.
Mi padre.
Todos aparecían en distintas épocas.
Solo faltaba una persona.
Yo.
Debajo de cada fotografía había notas escritas por Raymond.
“Codicioso.”
“Mentiroso.”
“Violento.”
“Cobarde.”
Cuando llegué a la fotografía de mi padre, una hoja doblada cayó al suelo.
La abrí.
Era un estado de cuenta bancario.
Aparecían transferencias mensuales realizadas por Raymond durante más de quince años.
Beneficiario:
Harold Collins.
Mi padre.
Las cantidades eran enormes.
Cientos de miles de dólares.
Al final del documento había una nota escrita a mano.
“Pago número 181. Sigue prometiendo que algún día confesará.”
Mi respiración se detuvo.
¿Confesar qué?
Seguí revisando los cajones.
Encontré decenas de recibos similares.
Todos dirigidos a distintos miembros de la familia.
Mi madre.
Mi tía Margaret.
Incluso Brandon.
Era como si Raymond hubiera estado comprando el silencio de todos.
Entonces comprendí algo.
La mansión nunca había destruido a Brandon.
Ni a Logan.
Ellos habían entrado buscando dinero.
Y habían encontrado algo mucho peor.
La verdad sobre nuestra familia.
En ese momento sonó mi teléfono.
Era mi padre.
Contesté.
Su voz ya no sonaba furiosa.
Sonaba aterrorizada.

—Ethan…
Miré los documentos que tenía entre las manos.
—¿Qué me ocultaron durante todos estos años?
Al otro lado solo escuché una respiración agitada.
Después, mi padre dijo las palabras que hicieron que toda la casa pareciera aún más fría.
—No abras la puerta del sótano.
Porque… tu tío Raymond nunca vivió solo ahí dentro.