PARTE 2: LA FIRMA MALDITA.

Tomasa tomó el documento con manos temblorosas.

No necesitó leer el nombre completo.

Reconocería aquella firma aunque hubieran pasado cien años.

El doctor Ernesto Valdés.

El mismo médico rural que, veintidós años antes, había llegado borracho cuando su hija Clara llevaba horas en trabajo de parto.

El mismo hombre que abandonó la casa diciendo que “la naturaleza decidiría”.

La naturaleza se llevó a Clara.

Y también al bebé.

Tomasa levantó lentamente la mirada.

—Pensé que habías muerto.

Baltasar sonrió.

—No. Solo trabaja para quien sabe pagar.

El abogado carraspeó.

—Señora Tomasa, este informe certifica que usted presenta demencia avanzada y ya no puede administrar sus propiedades.

Jacinta dio un paso al frente.

—¡Eso es mentira!

—No le he dado la palabra.

El abogado cerró la carpeta.

—Dentro de tres días solicitaremos que un juez nombre a mi cliente como administrador legal del rancho.

Baltasar recorrió la cocina con una sonrisa de triunfo.

—La casa necesita una buena limpieza.

Empezando por ustedes.

Tomó una manzana del frutero.

Le dio un mordisco.

Y salió como si ya fuera el dueño del lugar.

El ruido del caballo desapareció lentamente entre los árboles.

Solo entonces Emiliano habló.

—Abuela…

Por primera vez la llamó así.

—¿Nos van a echar?

Tomasa respiró profundamente.

Miró al niño.

Luego a Jacinta, que sostenía a Mateo contra su pecho.

Después observó la fotografía de Clara colgada sobre la pared.

Algo cambió en sus ojos.

—No.

Esa misma tarde pidió a Emiliano que preparara la carreta.

—¿A dónde vamos?

—Al pueblo.

Dos horas después entraron al viejo archivo parroquial de San Jerónimo.

El padre Ignacio levantó la vista sorprendido.

—¡Tomasa!

Ella colocó el supuesto diagnóstico sobre la mesa.

—Necesito saber cuándo fue la última vez que el doctor Valdés puso un pie en mi casa.

El sacerdote frunció el ceño.

—Hace más de veinte años.

Desde la muerte de Clara jamás volvió.

Tomasa asintió.

Era exactamente lo que necesitaba.

Después fueron al centro de salud.

La nueva directora revisó rápidamente los registros médicos.

—Aquí no existe ninguna consulta reciente a nombre de Tomasa Ríos.

Ni una sola.

La mujer imprimió el historial completo.

—El doctor Valdés ni siquiera trabaja ya para este distrito.

Se jubiló hace siete años.

Jacinta sintió un pequeño alivio.

—Entonces…

—Ese informe nunca pudo elaborarse legalmente.

Pero Tomasa aún no sonreía.

Conocía demasiado bien a Baltasar.

Si había falsificado un diagnóstico…

También habría falsificado otras cosas.

Cuando regresaban al rancho, encontraron algo que no estaba allí por la mañana.

La cerradura de la puerta principal había sido cambiada.

Y sobre la madera colgaba un papel oficial.

PROPIEDAD BAJO ADMINISTRACIÓN PROVISIONAL.

Jacinta sintió que las piernas le fallaban.

—¿Cómo pudieron hacerlo tan rápido?

Tomasa arrancó el aviso.

Lo dobló lentamente.

Después dijo con una serenidad que asustó incluso a Jacinta.

—Porque alguien dentro del juzgado está ayudando a Baltasar.

En ese instante escucharon el motor de una camioneta acercándose por el camino de tierra.

No era Baltasar.

Era una patrulla de la Fiscalía Regional.

Dos agentes descendieron del vehículo.

El mayor sostuvo una carpeta gruesa.

—¿La señora Tomasa Ríos?

Ella dio un paso adelante.

—Soy yo.

El agente la observó durante unos segundos antes de decir unas palabras que cambiaron por completo el rumbo de la historia.

—Venimos porque encontramos una denuncia presentada hace veintidós años… por la muerte de su hija Clara.

La denuncia fue archivada misteriosamente.

Y esta mañana alguien intentó destruir todo ese expediente.

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