PARTE 2: LA CARPETA.

Mis dedos comenzaron a temblar.

La primera hoja llevaba el logotipo de Lancaster Holdings.

Debajo aparecía un título que me dejó sin aliento.

Acuerdo de confidencialidad matrimonial.

Mi nombre estaba escrito junto al de Gabriel.

Pero la firma no era la mía.

Era una imitación casi perfecta.

—¿Qué es esto? —pregunté sin apartar la vista del documento.

Valeria bajó la cabeza.

—Gabriel nunca quiso que lo descubrieras de esta manera.

Pasé la página.

Había correos electrónicos.

Transferencias bancarias.

Mensajes entre Gabriel y el director jurídico de la empresa.

Uno de ellos decía:

“Si el matrimonio se hace público antes de la adquisición, perderemos el contrato.”

Otro era todavía peor.

“Mantén a Clara fuera de todos los eventos oficiales. Cuando termine la operación, hablaremos del divorcio.”

Sentí que el pecho me ardía.

Durante tres años yo había creído que Gabriel ocultaba nuestro matrimonio para proteger su imagen.

La verdad era mucho más fría.

Yo había sido un requisito empresarial.

Una esposa conveniente.

Un secreto rentable.

Levanté la mirada.

—¿Por qué me enseñas esto?

Valeria respiró profundamente.

—Porque también me mintió a mí.

Sacó otra fotografía.

Era de hacía dos meses.

Gabriel abrazaba a una mujer rubia que yo nunca había visto.

La fecha coincidía con el supuesto viaje de negocios a Londres.

—No era yo —susurró Valeria—. Nunca fui la única.

El silencio llenó el departamento.

Ella dejó otra carpeta sobre la mesa.

—Encontré esto ayer en su despacho.

Dentro había un contrato prenupcial completamente nuevo.

La futura esposa no era yo.

Tampoco Valeria.

El espacio del nombre seguía en blanco.

Como si Gabriel ya estuviera preparando a la siguiente mujer antes incluso de terminar con nosotras.

Sentí una calma extraña.

La misma calma que aparece cuando ya no queda nada por romper.

Mi teléfono vibró.

Era Maya.

—Clara, necesito que abras tu correo ahora mismo.

Lo hice.

Había un solo mensaje.

Asunto: Adquisición Lancaster.

Abrí el archivo adjunto.

Mi respiración se detuvo.

El principal accionista que estaba a punto de comprar la empresa de Gabriel no era un fondo extranjero.

Era el grupo de inversión donde yo había trabajado antes de casarme.

Y mi antiguo contrato seguía vigente.

Eso significaba que, legalmente, yo tenía derecho a participar en la votación que decidiría el futuro de Lancaster Holdings.

Valeria me observó en silencio.

—¿Qué pasa?

Cerré lentamente la computadora.

Por primera vez en años, sonreí de verdad.

—Gabriel cree que solo va a perder una esposa.

Guardé cuidadosamente toda la documentación dentro de mi bolso.

—Todavía no sabe que también está a punto de perder la empresa.

Y, mientras en ese momento él seguía abrazando a otra mujer convencido de que yo continuaría esperándolo, el consejo de administración ya había convocado una reunión extraordinaria para la mañana siguiente.

Solo faltaba que alguien apareciera con las pruebas adecuadas.

Y esa persona era yo.

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