PARTE 2: EL SOBRE.

Nadie se movió.

Mi padre seguía con la mano extendida, pero ya era demasiado tarde.

La carta estaba abierta.

Respiré hondo y comencé a leer en voz alta.

—”Mariana, si estás leyendo esto, significa que no logré protegerte a ti ni a Emilia.”

Sentí que la garganta se me cerraba.

Pero continué.

—”Durante los últimos cuatro meses descubrí movimientos financieros que jamás debieron existir. Al principio pensé que era un simple fraude empresarial. Me equivoqué.”

Fabián dio un paso hacia atrás.

Mi madre lo miró de inmediato.

Daniel escribía con la misma calma con la que resolvía cualquier problema.

—”Encontré transferencias hechas desde cuentas relacionadas con la constructora de Fabián hacia la empresa transportista que abastecía nuestras obras.”

Mi padre golpeó la mesa.

—¡Basta! No leas más.

Lo ignoré.

Tomé las copias de las transferencias.

Cada hoja llevaba sellos bancarios.

Fechas.

Montos.

Firmas.

Todo perfectamente organizado.

—”Intenté hablar con tu padre. Me pidió que dejara de investigar porque podía destruir a la familia.”

Sentí un escalofrío.

Levanté lentamente la vista.

Mi padre ya no parecía indignado.

Parecía asustado.

Mi madre se llevó una mano al pecho.

—Mariana… eso puede tener otra explicación.

Saqué la memoria USB.

En la etiqueta, Daniel había escrito una sola palabra.

Pruebas.

Fabián dejó de fingir tranquilidad.

—No sabes lo que contiene.

—Tampoco tú —respondí.

Él tragó saliva.

Era la primera vez desde que llegó que no encontraba una respuesta rápida.

Seguí leyendo.

—”Si algo me ocurre antes de entregar esta información, no aceptes ninguna explicación sobre una falla mecánica.”

El silencio era absoluto.

—”Mandé revisar el camión por un perito independiente. Los frenos fueron manipulados cuarenta y ocho horas antes del accidente.”

Las piernas comenzaron a temblarme.

Daniel lo sabía.

Había intentado advertirme.

Pero ya era demasiado tarde.

Mi madre rompió a llorar.

—No puede ser.

Mi padre la sujetó del brazo.

—Nos vamos.

—Nadie se va.

Mi voz sonó más firme de lo que yo misma esperaba.

Tomé el teléfono.

Conecté la memoria USB al televisor de la sala.

Después de unos segundos apareció una carpeta.

Había fotografías.

Videos.

Estados de cuenta.

Y una grabación de audio fechada apenas cinco días antes del accidente.

Presioné reproducir.

Primero se escuchó la voz de Daniel.

—”Si estás oyendo esto, significa que decidí grabar nuestra conversación.”

Luego habló otra persona.

Una voz masculina que conocía desde niña.

Era Fabián.

—”Si sigues revisando esas cuentas, vas a arrepentirte.”

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

Mi hermano palideció.

Intentó arrancar el cable del televisor.

Pero ya era tarde.

Porque, al mismo tiempo que aquella grabación llenaba la sala…

Sonó el timbre de la casa.

Y cuando abrí la puerta, encontré a dos agentes de la Fiscalía preguntando directamente por Fabián Lozano.

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