Emiliano permaneció inmóvil frente al muro de pantallas.
Durante meses había aceptado las explicaciones de Patricia sin hacer una sola pregunta.
Ahora las imágenes hablaban por sí solas.
Patricia dio un paso más hacia Rosa.
—¿Quién te dio permiso para hablar cuando yo estoy educando a estas niñas?
Rosa bajó la mirada.
—Solo intentaba evitar que se asustaran.
Patricia soltó una risa seca.
—Eso es exactamente lo que haces siempre. Intentas convertirte en la madre que nunca serás.
Martina comenzó a llorar en silencio.
Daniela la abrazó inmediatamente.
—No llores, Marti.
—Papá vuelve pronto.
Aquellas palabras atravesaron a Emiliano.
Su hija ya no decía “todo estará bien”.
Decía “papá volverá”.
Como si la seguridad solo existiera cuando él estaba presente.
Patricia escuchó aquello y sonrió con desprecio.
—¿De verdad creen que su padre las protegerá?
Se inclinó hasta quedar frente a Daniela.
—Él me cree a mí.
Siempre.
La niña bajó la cabeza.
No respondió.
Aquello enfureció todavía más a Patricia.
Le arrebató el libro de las manos y lo lanzó contra la pared.
—¡Cuando te hablo, contestas!
Daniela dio un pequeño salto.
Rosa dio un paso adelante.
—Señorita Patricia, por favor…
—¡Cállate!
Patricia levantó la mano como si fuera a golpearla.
En la sala de monitoreo, Emiliano se puso de pie de golpe.
—Abre el audio de todas las cámaras.
El jefe de seguridad obedeció.
Las voces llenaron la habitación.
Patricia respiró hondo antes de volver a hablar.
—Cuando me case con tu padre, esa mujer desaparecerá de esta casa.
Señaló a Rosa con el dedo.
—Y ustedes harán exactamente lo que yo diga.
Martina rompió a llorar.
Corrió directamente hacia Rosa.
La joven la levantó en brazos con una delicadeza que conmovía.
—Todo está bien, princesa.
Estoy aquí.
Patricia dio un paso hacia ellas.
—¡Bájala inmediatamente!
Pero Martina se aferró todavía más al cuello de Rosa.
—No…
No quiero.
Tengo miedo.
El silencio cayó sobre la sala de monitoreo.
Emiliano sintió un nudo en la garganta.
Jamás había escuchado esa frase de boca de su hija.
Jamás.
Patricia perdió completamente la compostura.
Agarró el brazo de Martina con brusquedad.
—¡Bájate ahora mismo!
Daniela se interpuso delante de su hermana.
—¡No la toque!
El golpe llegó antes de que nadie pudiera reaccionar.
La bofetada hizo que Daniela cayera sobre la alfombra.
Rosa dejó a Martina en el sofá y corrió hacia la niña.
—¿Estás bien?
Patricia señaló la puerta.
—Recoge tus cosas.
Estás despedida.
Ahora mismo.
Rosa respiró profundamente.
—Si me voy, ellas se quedarán solas con usted.
—Ese ya no es tu problema.
En ese instante, Emiliano golpeó la mesa con tanta fuerza que uno de los monitores tembló.
—Se acabó.
Miró al jefe de seguridad.
—Quiero a Patricia fuera de mi casa antes de cinco minutos.
—Sí, señor.
—Y llamen inmediatamente a mi abogado.
El jefe de seguridad salió corriendo.
Emiliano siguió mirando las pantallas.
Rosa estaba limpiando con cuidado la mejilla enrojecida de Daniela.
Martina seguía abrazada a ella.
Las dos niñas buscaban refugio exactamente en la mujer que Patricia llevaba meses acusando de manipularlas.
Entonces el sistema emitió una alerta.
Una cámara secundaria del despacho acababa de detectar movimiento.
Emiliano frunció el ceño.
Nadie debía estar allí.
La imagen apareció en otro monitor.
Patricia había entrado en su oficina privada.
Miró alrededor para asegurarse de que estaba sola.
Después abrió lentamente el cajón donde él guardaba la caja fuerte portátil.

Sacó un manojo de llaves.
Y, con absoluta tranquilidad, comenzó a fotografiar uno por uno los documentos confidenciales de sus empresas.
Fue entonces cuando Emiliano comprendió que Rosa nunca había sido el verdadero peligro.
La mujer a la que había estado a punto de convertir en su esposa llevaba meses preparando algo mucho más grande que destruir una familia.