PARTE 2: EL EXPEDIENTE QUE ARRUINÓ A LA FAMILIA SALGADO.

Renata retrocedió un paso como si hubiera escuchado mal.

—¿Hija? —repitió con una risa nerviosa—. Señor Cortés, creo que hay un malentendido.

Mi padre ni siquiera la miró.

Tomó una servilleta, limpió con cuidado una gota de vino que había quedado junto a mi mejilla y preguntó otra vez:

—Valeria, ¿te hizo daño?

Negué lentamente.

—Solo arruinó el vestido.

Él respiró hondo.

—El vestido puede reemplazarse.

Después levantó la vista.

—La dignidad de mi hija, no.

Todo el restaurante permanecía en silencio.

El gerente se acercó inmediatamente.

—Señor Cortés, permítanos llevar a la señorita Valeria a una sala privada mientras solucionamos…

—No.

Mi padre habló con absoluta tranquilidad.

—La agresión ocurrió aquí. La conversación terminará aquí.

Los dos auditores colocaron una carpeta adicional sobre la mesa.

El abogado abrió el expediente principal.

En la portada podía leerse claramente:

Investigación Especial – Materiales Salgado.

El color desapareció del rostro de Renata.

—Mi… mi papá conoce perfectamente al señor Cortés.

Mi padre la observó por primera vez.

—Conozco a muchos proveedores.

—Eso no significa que confíe en ellos.

En ese momento apareció Mauricio, el prometido de Renata.

Vestía un traje azul oscuro y sonreía sin entender lo ocurrido.

—Cariño, ¿qué pasa?

Renata corrió hacia él.

—Amor, explícales quién soy.

Mauricio saludó con seguridad.

—Buenas noches. Soy Mauricio Herrera.

Mi padre le estrechó la mano brevemente.

—Mucho gusto.

—¿Trabaja con Materiales Salgado?

Mauricio sonrió.

—Pronto seré parte de la familia.

Uno de los auditores abrió una página.

—Entonces quizá le interese saber que encontramos cuarenta y siete facturas duplicadas.

Pasó otra hoja.

—Certificados de calidad alterados.

Otra más.

—Y pagos a empresas fantasma por más de ochenta millones de pesos.

El silencio fue absoluto.

Renata comenzó a negar con la cabeza.

—Eso… eso debe ser un error.

El abogado intervino.

—Llevamos ocho meses investigándolo.

—Cada documento fue verificado tres veces.

—Las pruebas ya fueron entregadas a las autoridades correspondientes.

Mauricio miró sorprendido a su prometida.

—¿Tu familia sabía esto?

Ella tartamudeó.

—Mi… mi papá nunca me comentó nada.

En ese instante sonó el teléfono de Renata.

Lo miró.

En la pantalla aparecía:

Papá.

Contestó inmediatamente.

—¿Papá?

Del otro lado solo se escuchaban gritos.

Su rostro perdió completamente el color.

—¿Qué?

Miró desesperada el expediente.

—¿Cómo que están haciendo un cateo?

Varias personas comenzaron a sacar discretamente sus teléfonos.

Las noticias ya circulaban.

Materiales Salgado estaba siendo inspeccionada por fraude fiscal y falsificación de certificaciones industriales.

Renata dejó caer el celular.

Mi padre cerró lentamente la carpeta.

—Grupo Cortés canceló toda relación comercial con su empresa hace cuarenta minutos.

Los ojos de Renata se llenaron de lágrimas.

—Por favor… esto puede arreglarse.

Entonces me miró por primera vez sin arrogancia.

—Valeria… tú puedes hablar con él.

La observé en silencio.

Recordé cada mentira en la universidad.

Cada humillación.

Cada vez que intentó destruir mi reputación simplemente porque creyó que yo era pobre.

—¿Recuerdas lo que me preguntaste hace unos minutos?

Ella bajó la cabeza.

—Me preguntaste cuánto me pagaban por cenar con ese hombre.

Tomé la mano de mi padre.

—La respuesta era muy sencilla.

Hice una breve pausa.

—No me paga nada.

—Porque ese hombre es el presidente del corporativo… y también es mi padre.

Renata rompió a llorar.

Pero ya era demasiado tarde.

Mientras los primeros agentes de la fiscalía entraban al restaurante buscando a los representantes legales de Materiales Salgado, comprendió que el vino que había derramado sobre mi vestido acababa de costarle a su familia mucho más que un contrato.

Les había costado todo su imperio.

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