PARTE 2 – LAS CINCO CASAS ERAN MÍAS.

Sentí un silencio absoluto dentro de mí.

No porque me hubieran herido.

Sino porque, después de tantos años, por fin comprendí que nunca habían pensado protegerme.

Cerré lentamente el acuerdo de renuncia a la herencia y lo dejé sobre la mesa.

Miré a mi hermano.

Luego a mi cuñada.

Finalmente, a mis padres.

—¿De verdad quieren que lo firme?

Mi madre siguió evitando mi mirada.

Mi padre asintió con expresión seria.

—Es lo mejor para toda la familia.

Sonreí.

Una sonrisa tan tranquila que hizo que todos se sintieran incómodos.

Mi cuñada creyó que había cedido.

Empujó el bolígrafo hacia mí.

—Así me gusta. Una persona inteligente sabe cuándo rendirse.

Tomé el bolígrafo.

Pero en lugar de firmar, marqué un número.

La llamada fue contestada casi al instante.

—Director Li, soy Shen Qing.

—¿Puede venir al salón principal del Hotel Jinlong? Necesito que confirme públicamente unos documentos de propiedad.

Al escuchar aquellas palabras, la expresión de mi cuñada cambió.

Mi hermano frunció el ceño.

—¿Qué documentos?

Guardé el teléfono.

—Ya lo verás.

Cinco minutos después, un hombre de traje oscuro entró acompañado por dos asistentes.

Muchos invitados lo reconocieron enseguida.

Era el director de la inmobiliaria donde se habían comprado las cinco viviendas.

El hombre caminó directamente hacia mí.

—Señorita Shen.

Levantó una carpeta.

—Traje toda la documentación original que solicitó.

Mi cuñada soltó una risa.

—¿Y eso qué demuestra?

El director abrió el primer expediente.

—Las cinco propiedades fueron adquiridas hace seis años.

Pasó la primera escritura.

Luego la segunda.

La tercera.

La cuarta.

Y la quinta.

Después levantó la vista.

—El comprador que figura en todos los contratos es la señorita Shen Qing.

Toda la sala quedó muda.

Mi hermano dio un paso adelante.

—Eso es imposible.

El director continuó con absoluta calma.

—Los pagos iniciales, las hipotecas y la liquidación final fueron realizados desde la cuenta bancaria personal de la señorita Shen.

Sacó otra carpeta.

—Aquí están las transferencias bancarias correspondientes.

Los familiares empezaron a murmurar.

Mi cuñada arrebató una de las escrituras.

La revisó apresuradamente.

Su rostro perdió el color.

—Pero… pero las casas estaban a nombre de papá y mamá.

Asentí.

—Sí.

La miré fijamente.

—Porque yo las registré temporalmente a su nombre para que se sintieran seguros durante su jubilación.

Hice una pausa.

—Nunca imaginé que utilizarían mi confianza para regalárselas a otra persona.

Mi padre comenzó a sudar.

Mi madre bajó la cabeza.

Por primera vez ninguno de los dos se atrevía a hablar.

El director añadió otra frase.

—Además, existe un préstamo pendiente de novecientos mil yuanes asociado a esas propiedades.

El salón volvió a quedarse en silencio.

Mi hermano abrió mucho los ojos.

—¿Qué préstamo?

El director colocó el contrato sobre la mesa.

—La deuda sigue vigente.

Y según el documento de transferencia firmado hace dos semanas…

Levantó la mirada hacia mi hermano y mi cuñada.

—Los nuevos propietarios aceptaron asumir íntegramente todas las obligaciones financieras vinculadas a los inmuebles.

Mi cuñada empezó a temblar.

—No… eso no puede ser…

Buscó desesperadamente la firma.

Allí estaba.

La suya.

También la de mi hermano.

Habían firmado sin leer una sola página.

Pensando únicamente en quedarse con las cinco casas.

Respiré profundamente.

—Querían repartir los bienes.

Sonreí con absoluta serenidad.

—Perfecto.

Empujé lentamente todas las escrituras hacia ellos.

—Las cinco casas son suyas.

Se hizo una breve pausa.

—Y también los novecientos mil yuanes que todavía quedan por pagar.

Las expresiones triunfantes desaparecieron por completo.

Porque solo entonces comprendieron que aquello que habían considerado una enorme fortuna… acababa de convertirse en la deuda más cara de sus vidas.

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