Shu Nian no se movió.
Durante unos segundos, el pasillo entero quedó en silencio. Solo se escuchaba el pitido constante del monitor portátil conectado a mi camilla y mi respiración entrecortada por las contracciones.
La miré fijamente.
—¿Qué pasa? ¿No existe ese documento… o no quieres que lo vea?
Los ojos de mi hermanastra vacilaron apenas un instante.
Fue suficiente.
Respiré hondo mientras otro espasmo atravesaba mi vientre.
—Enfermera, delante de todos, deje constancia de que mi médica tratante se niega a mostrarme un consentimiento quirúrgico firmado supuestamente por mí.
Varias enfermeras intercambiaron miradas nerviosas.
Aquello ya no era una simple discusión familiar.
Era un problema legal.
Gu Xingzhou dio un paso al frente.
—Nam Chi, basta. Todo esto solo retrasa la cesárea.
—¿La cesárea… o vuestro plan?
Su mandíbula se tensó.
La madre de Gu levantó la voz.
—¡Llévensela de una vez!
Nadie obedeció.
En ese momento apareció un hombre de unos cincuenta años con bata gris y una credencial dorada.
Era el director médico del hospital.
Había salido de una reunión al escuchar el alboroto.
—¿Qué ocurre aquí?
Antes de que Shu Nian pudiera hablar, contesté yo.
—Doctor, solicito oficialmente una copia de todo mi expediente, los consentimientos quirúrgicos y las grabaciones del laboratorio de reproducción asistida donde se realizó mi transferencia embrionaria.
El director frunció el ceño.
—Eso puede hacerse.
Shu Nian intervino enseguida.
—Director, la paciente está emocionalmente alterada…
Él la interrumpió.
—Precisamente por eso debemos seguir el protocolo.
Vi cómo el color abandonaba el rostro de Gu Xingzhou.
Cinco minutos después, una administrativa llegó apresurada con una carpeta gruesa.
La abrió delante de todos.
Empecé a revisar hoja tras hoja.
Mi firma aparecía en varios consentimientos.
Pero había algo extraño.
En tres documentos distintos, la inclinación de las letras era diferente.
Incluso la presión del bolígrafo cambiaba por completo.
Sonreí con amargura.
—Interesante…
Saqué mi licencia de conducir de la cartera que llevaba junto a la camilla.
La coloqué al lado de aquellas firmas.
La diferencia era evidente.
El director médico también lo notó.
—¿Quién recibió estos consentimientos?
Nadie respondió.
Volvió a preguntar con más firmeza.
—¿Quién verificó la identidad de la paciente antes de aceptar estas firmas?
La administrativa empezó a revisar el sistema.
Su expresión cambió de inmediato.
—Doctor… el registro indica que quien validó los documentos fue… la doctora Shu Nian.
El murmullo explotó en el pasillo.
Todos giraron hacia ella.
Shu Nian retrocedió un paso.
—Yo… solo seguí instrucciones…
—¿De quién? —preguntó el director.
Su silencio fue más revelador que cualquier confesión.
Gu Xingzhou perdió finalmente la calma.

—¡No importa quién firmó! ¡Lo urgente es salvar al bebé!
Lo miré directamente.
—Por fin dices la verdad.
Él parpadeó.
—Nunca dijiste que querías salvarme a mí.
Solo querías salvar al bebé.
Porque nunca fue nuestro.
El director médico cerró lentamente la carpeta.
—Hasta que se investigue la autenticidad de estos documentos, ninguna cirugía electiva continuará bajo las autorizaciones existentes.
La madre de Gu gritó desesperada.
Qiao Wandang comenzó a llorar.
Y, por primera vez desde que empezó aquella pesadilla, vi auténtico miedo en los ojos de Gu Xingzhou.
Porque acababa de comprender que el plan cuidadosamente preparado durante más de un año empezaba a derrumbarse delante de decenas de testigos.