PARTE 2: LA CAMIONETA TRAMPA

Mariana no salió de la oficina.

Siguió mirando la camioneta estacionada frente a la casa mientras el teléfono oculto continuaba vibrando entre sus manos.

Abrió el nuevo mensaje.

—¿Cuánto tardará en salir?

Alejandro respondió casi de inmediato.

—Está en casa. En menos de diez minutos estará conduciendo.

El estómago de Mariana se cerró por completo.

No quedaba ninguna duda.

No era una amenaza.

Era un asesinato programado.

Respiró hondo y tomó fotografías de todos los mensajes, del testamento falso y de cada documento dentro de la caja fuerte.

Cuando estaba guardando el teléfono, escuchó el motor de un automóvil entrando al garaje.

Alejandro.

Había regresado demasiado pronto.

Apagó la pantalla del celular y se escondió detrás de la biblioteca de la oficina.

La puerta se abrió.

—¿Patricia?

Era Alejandro hablando por teléfono.

—Sí, ya salió del hospital.

Hizo una pausa mientras sonreía.

—Cuando exploten los frenos, todos creerán que estaba desesperada por el estado de su padre.

Mariana sintió que las piernas dejaban de responderle.

Alejandro siguió caminando por la habitación.

—Lo importante es que Ernesto no despierte antes.

Si abre los ojos, todo se complica.

La respuesta de Patricia hizo que Alejandro riera.

—No te preocupes.

Esta noche aumentarás otra vez la medicación.

Mañana por la mañana ya no habrá nada que hacer.

Colgó la llamada.

Abrió la caja fuerte.

Frunció el ceño.

Faltaba el teléfono.

Mariana dejó de respirar.

Alejandro revisó cada estante.

Cada cajón.

Su expresión cambió por completo.

Sacó otra pistola escondida detrás de unos libros.

—Sal de donde estés.

La voz sonó tranquila.

Mucho peor que si hubiera gritado.

Mariana aprovechó el instante en que él caminó hacia la ventana.

Abrió silenciosamente la puerta que comunicaba con el despacho contiguo.

Corrió.

Escuchó un disparo romper el cristal detrás de ella.

No se detuvo.

Salió por la puerta trasera de la casa y saltó la cerca hacia el jardín del vecino.

Su teléfono personal comenzó a sonar.

Era Alejandro.

No contestó.

Llegó jadeando hasta la avenida principal.

Un taxi se detuvo frente a ella.

—¿Al Hospital Ángeles?

Asintió sin poder hablar.

Durante el trayecto abrió nuevamente el celular secreto.

Había una conversación archivada.

El contacto aparecía únicamente con la letra R.

Los mensajes tenían seis años.

—La boda será el momento perfecto para empezar a controlar las cuentas.

—Primero aislaremos a la hija.

—Después convenceremos al padre de modificar el testamento.

—Y si se niega…

La respuesta tardó unos minutos.

—Siempre existe la heparina.

Mariana sintió un escalofrío.

Aquello había comenzado incluso antes de casarse.

No se habían enamorado de ella.

La habían elegido.

Al llegar al hospital encontró dos patrullas frente a la entrada.

Subió corriendo al cuarto piso.

La habitación 412 estaba abierta.

La cama de Carmen Robles estaba vacía.

Las sábanas habían sido retiradas.

Una enfermera evitó mirarla.

—¿Dónde está la señora Carmen?

La mujer tragó saliva.

—Falleció hace veinte minutos.

Mariana retrocedió un paso.

—Quiero verla.

—No es posible.

—¿Por qué?

La enfermera bajó aún más la voz.

—Porque nadie ha reclamado su cuerpo.

Mariana sintió que algo no encajaba.

Carmen llevaba horas diciéndole que huyera.

Como si supiera exactamente lo que iba a ocurrir.

Entonces un celador se acercó apresuradamente.

—Señora Rivera…

Ella levantó la vista.

—Su padre acaba de despertar.

Y lo primero que dijo antes de quitarse el respirador fue una frase que convirtió a Alejandro en el menor de sus problemas.

—No confíes en tu tío Raúl… él fue quien eligió a tu esposo.

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