Colgué el teléfono y permanecí inmóvil frente a la habitación de Lily.
A través del cristal podía verla respirando con dificultad, conectada a monitores que marcaban un ritmo constante.
Aquella imagen valía más que todo el imperio que había abandonado.
Cinco minutos después, otro teléfono vibró en mi bolsillo.
Un número desconocido.
Contesté.
—¿Sí?
—Jefe.
Reconocí la voz de inmediato.
Marco Russo.
Mi antiguo segundo al mando.
Diecinueve años no habían cambiado su manera de hablar.
—Pensé que nunca volvería a escuchar su voz.
—Yo también lo creía.
Hubo un breve silencio.
—Los hombres ya están trabajando.
—¿Qué encontraron?
—Los tres chicos no actuaron solos.
Seguí caminando por el pasillo vacío.
—Continúa.
—Las cámaras del campus no fallaron.
Las desconectaron exactamente veintisiete minutos antes del ataque.
Fruncí el ceño.
—¿Quién dio la orden?
—Todavía no lo sabemos.
—¿Algo más?
Marco respiró hondo.
—Los guardias de seguridad recibieron una transferencia bancaria esa misma noche.
No era un accidente.
Era una operación organizada.
Regresé junto a la puerta de la habitación.
Lily seguía dormida.
Una enfermera acomodó cuidadosamente la manta sobre sus piernas.
—Su hija es fuerte —me dijo.
Asentí sin responder.
Mi teléfono volvió a sonar.
Esta vez era otro de mis antiguos hombres.
—Jefe, encontramos a Ethan Cole.
—¿Dónde?
—En una fiesta privada.
Está celebrando.
Sentí un frío recorrerme la espalda.
—¿Celebrando qué?
—Dice que el asunto ya está arreglado.
Que mañana todos olvidarán lo ocurrido.
Cerré lentamente los ojos.
Seguían creyéndose intocables.
Marco volvió a intervenir.
—Hay algo peor.
—Habla.
—La universidad ya preparó un comunicado.
Dicen que fue una pelea entre estudiantes después de consumir alcohol.
Miré el rostro inmóvil de mi hija.
Ni siquiera podía hablar por las fracturas.
Y ya estaban escribiendo la historia por ella.
En ese momento apareció el detective encargado del caso.
Traía una carpeta bajo el brazo.
—Señor Walker.
—Detective.
Se sentó frente a mí.
—Quería informarle que probablemente esto tarde meses.
Necesitamos declaraciones, pruebas, revisar cámaras…
Lo interrumpí.
—¿Las cámaras que desaparecieron?
El detective bajó la vista.
—Estamos investigándolo.
—¿Los guardias sobornados?
Su rostro cambió.
—¿Quién le habló de eso?
No respondí.
Él comprendió que sabía mucho más de lo que aparentaba.
Se levantó lentamente.
—Solo le pido una cosa.
No interfiera.
Cuando se marchó, Marco volvió a llamar.
—Jefe…
—¿Sí?
—Acabamos de identificar al hombre que pagó para borrar los videos.
Esperé en silencio.
—No pertenece a ninguna de las tres familias.
—Entonces, ¿quién es?
Marco dudó unos segundos.
Algo extremadamente raro en él.
—Es un antiguo miembro de nuestra organización.
Sentí que la sangre se congelaba.
Todos los hombres que habían trabajado para mí desaparecieron cuando abandoné aquella vida.
O eso había creído.
—¿Nombre?
—Victor Salazar.
Mi mano se cerró con fuerza.
Victor había sido uno de los pocos que conocían mi verdadera identidad.

Y también sabía dónde encontrarme.
Entonces comprendí que aquellos universitarios nunca habían elegido a Lily por casualidad.
Alguien había descubierto que El Fantasma seguía vivo.
Y el ataque contra mi hija solo había sido la primera jugada de una venganza que llevaba diecinueve años esperando.