PARTE 2: LA FIRMA FALSA.

Sentí que la sangre desaparecía de mi rostro.

Volví a mirar la última página.

Mi nombre estaba escrito con letras perfectamente mecanografiadas.

Debajo aparecía una firma casi idéntica a la mía.

Pero no era mía.

Había aprendido a reconocer cada curva de mi propia letra después de firmar cientos de contratos en la empresa.

Aquella falsificación era buena.

Demasiado buena.

Levanté lentamente la vista hacia Iván.

—¿También falsificaste mi firma?

Él tragó saliva.

Por primera vez desde que lo conocía, no encontró una mentira inmediata.

—Mariana… puedo explicarlo.

—No.

Lo que vas a hacer es responder.

Mi madre seguía llorando en silencio.

Con la mano temblorosa señaló la carpeta y después señaló a Iván.

Golpeó una vez el barandal.

Luego otra.

Y otra más.

Era la señal que utilizábamos desde el derrame para decir que alguien estaba mintiendo.

Iván dio un paso hacia mí.

—Escúchame cinco minutos.

Retrocedí inmediatamente.

—Ni un segundo más.

Saqué el teléfono.

Él intentó arrebatármelo.

—¡No llames a nadie!

Presioné el botón del altavoz.

—Laura, necesito que vengas al departamento ahora mismo.

Mi abogada contestó sin hacer preguntas.

—Iré en veinte minutos.

Iván palideció.

—¿Llamaste a una abogada?

—No.

Llamé a la persona que va a demostrar que acabas de cometer varios delitos.

Él respiró con fuerza.

—Si haces esto, destruyes nuestro matrimonio.

Lo miré sin reconocer al hombre con quien había compartido siete años de vida.

—Mi matrimonio terminó cuando empezaste a torturar a mi madre.

Su expresión cambió de golpe.

Desapareció el esposo amable.

Quedó únicamente un hombre desesperado.

—No entiendes la situación.

Debía tres millones ochocientos mil pesos.

Si no pagaba esta semana, me mataban.

—¿Quién?

Iván bajó la cabeza.

—Prestamistas.

Pedí dinero para cubrir pérdidas de unas inversiones.

Después falsifiqué algunos documentos esperando recuperarme.

Pero todo salió peor.

Miré nuevamente la deuda.

Las fechas coincidían exactamente con los meses en que él me aseguraba que viajaba por trabajo.

Mientras yo financiaba la casa y cuidaba de mi madre, él escondía préstamos millonarios.

—Pensaste hipotecar el terreno de mi madre para salvarte.

Él negó con desesperación.

—Solo iba a usarlo como garantía.

Después recuperábamos todo.

Mi madre reunió fuerzas y levantó lentamente la mano derecha.

Señaló directamente el cajón del buró.

Fruncí el ceño.

Abrí el cajón.

Dentro encontré un pequeño sobre amarillo.

Había varias memorias USB.

Y un cuaderno escrito con la letra temblorosa de mi madre.

En la primera página solo aparecía una frase.

“Si estás leyendo esto, es porque Iván empezó a cumplir las amenazas que llevaba meses haciéndome.”

Debajo había una lista con fechas.

Grabaciones.

Números de cuentas.

Fotografías.

Y el nombre de alguien que hizo que el corazón se me detuviera.

No era Iván quien dirigía todo.

Era mi suegra, Ofelia.

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