La directora de Recursos Humanos permaneció de pie hasta que los cuatro tomaron asiento.
Nadie habló.
El silencio resultaba incómodo incluso para Mauricio.
Sobre la mesa de cristal descansaban cuatro sobres blancos perfectamente alineados.
Cada uno llevaba un nombre impreso en letras negras.
Óscar Salgado.
Brenda Fuentes.
Fabián Salgado.
Mauricio Salgado.
Óscar soltó una risa.
—¿Qué es esto? ¿Un premio por productividad?
Brenda dio un sorbo a su café.
—Espero que por fin anuncien los bonos.
La directora no sonrió.
Cerró la carpeta que llevaba en las manos y respiró hondo.
—Por favor, abran sus sobres.
Mauricio fue el primero.
Sacó una hoja membretada.
Leyó apenas dos líneas.
Su rostro perdió el color.
—Esto… esto debe ser un error.
Óscar dejó de sonreír cuando encontró la palabra Terminación escrita en negritas.
—No pueden despedirme.
—Sí podemos —respondió la directora con serenidad—. Su contrato establece una rescisión inmediata.
Brenda levantó la voz.
—¡Yo acabo de recibir un ascenso!
—Ese ascenso fue revocado hace treinta minutos.
Fabián golpeó la mesa.
—¡Quiero hablar con el vicepresidente!
La directora sostuvo su mirada.
—Fue precisamente la vicepresidencia quien autorizó estas decisiones.
Los cuatro se quedaron inmóviles.
Mauricio levantó lentamente la cabeza.
—¿Quién dio la orden?
La directora abrió otra carpeta.
—Las instrucciones fueron firmadas personalmente por la presidencia del Grupo Altamira.
Ninguno respiró.
Durante años habían escuchado ese nombre con respeto.
El presidente del grupo jamás intervenía en despidos individuales.
Solo lo hacía cuando existía una razón muy importante.
Mauricio tragó saliva.
—Necesito hablar con él.
—No será posible.
—Entonces con el consejo.
—Tampoco.
Brenda dejó caer el café sobre la mesa sin darse cuenta.
—Esto tiene que ver con Daniela…
La directora no respondió.
Ese silencio confirmó todo.
Óscar comenzó a reír con nerviosismo.
—Es imposible.
—Ella era una simple administrativa.
La directora lo observó durante unos segundos.
—¿Eso creían ustedes?
Sacó una fotografía enmarcada que había permanecido boca abajo sobre la credenza.
La colocó frente a ellos.
En la imagen aparecía Daniela sonriendo durante la inauguración del nuevo edificio corporativo.
A su lado estaba el presidente de Grupo Altamira.
El mismo hombre al que acababan de mencionar.
Él la abrazaba con orgullo.
En la placa inferior podía leerse:
“Daniela Reyes Altamira, Vicepresidenta de Estrategia Corporativa.”
Mauricio sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—No…
La directora asintió lentamente.
—La señora Daniela nunca fue una empleada administrativa.
Era la ejecutiva que aprobaba promociones, inversiones y contrataciones estratégicas.
Durante ocho años pidió expresamente que su cargo permaneciera confidencial.
Lo hizo porque deseaba que la trataran como una persona común.
Brenda comenzó a llorar.
Óscar recordó, de golpe, aquella segunda entrevista que inexplicablemente le habían concedido después de ser rechazado.
Fabián comprendió por qué su informe desastroso nunca había llegado al consejo.
Y Mauricio sintió un frío insoportable al recordar cada contrato que había presumido como mérito propio.
En ese mismo instante, el teléfono de la sala sonó.
La directora atendió.

Escuchó unos segundos y luego levantó la vista.
—El presidente acaba de llegar al edificio.
Y pidió que solo uno de ustedes suba a verlo.
Eligió a Mauricio.