Doña Clara permaneció arrodillada frente al inodoro con las manos vacías, como si todavía pudiera rescatar a Jacinto del remolino que acababa de tragarse las últimas huellas de su existencia.
Valeria se inclinó para abrazarla.
Sintió que el cuerpo de su madre temblaba con una fuerza imposible de contener.
—Perdóname, Jacinto… perdóname… —repetía ella entre sollozos.
Doña Elvira dejó la urna vacía sobre el lavabo y se limpió las manos con una toalla blanca.
—Ahora sí quedó limpio el baño.
Mauricio sonrió con cansancio.
—Ya pasó todo. No exageren más.
Valeria levantó lentamente la cabeza.
No había lágrimas en su rostro.
Solo un silencio tan profundo que incluso Mauricio sintió un escalofrío.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —preguntó ella.
—No pienso discutir.
—Acabas de dejar que humillaran a mi padre.
—Era solo polvo, Valeria.
Aquellas tres palabras terminaron de destruir los últimos restos de su matrimonio.
Ella ayudó a doña Clara a ponerse de pie.
Sin mirar a ninguno de los dos, caminó hasta la sala.
Abrió el cajón del mueble donde guardaba una carpeta azul.
Dentro estaban todas las escrituras, contratos y comprobantes de transferencia de los últimos doce años.
Cada pago de la hipoteca.
Cada remodelación.
Cada factura de muebles.
Todo había salido de sus cuentas personales.
Mauricio observó los documentos desde la puerta.
—¿Qué haces?
Valeria continuó revisando las hojas con absoluta calma.
—Recordando algo que olvidé durante mucho tiempo.
Doña Elvira soltó una carcajada.
—¿Ahora quieres hacerte la víctima?
Valeria levantó un contrato y lo dejó sobre la mesa.
—Esta casa nunca fue tuya.
El rostro de Mauricio cambió apenas un segundo.
—¿Qué dices?
—Las mensualidades salieron de mi sueldo.
Las remodelaciones las pagué yo.
Los impuestos los pagué yo.
Hasta los muebles del comedor los compré yo.
Doña Elvira cruzó los brazos.
—Pero la propiedad está a nombre de mi hijo.
Valeria sonrió por primera vez desde la muerte de su padre.
Era una sonrisa fría.
—Eso creen ustedes.
Sacó una segunda carpeta.
Mauricio reconoció inmediatamente el logotipo del despacho jurídico donde ambos habían firmado varios documentos años atrás.
La sangre desapareció de su rostro.
—¿De dónde sacaste eso?
—Del lugar donde siempre estuvo.
Doña Elvira empezó a perder seguridad.
—No intentes asustarnos con papeles.
Valeria cerró la carpeta con tranquilidad.
—No pienso asustarlas.

Voy a demostrarles quién construyó realmente esta casa.
Y cuando termine, descubrirán que tirar las cenizas de mi padre fue el error más barato que cometieron esta semana.
Mientras Mauricio intentaba arrebatarle la carpeta, el teléfono de Valeria comenzó a sonar.
En la pantalla apareció un nombre que ninguno de ellos esperaba volver a ver.
Licenciado Ernesto Salgado — Notaría 18.