Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Volví a leer aquella primera línea una, dos y tres veces, esperando haber entendido mal.
Pero las palabras seguían allí.
“Charlotte… si estás leyendo esto, Reagan ya empezó a mentirte, y todo lo que crees sobre mi muerte es parte de un plan mucho más grande.”
Levanté la vista hacia el anciano.
—¿Quién es usted?
El hombre tardó unos segundos en responder.
—Me llamo Walter.
Su voz era baja, cansada.
—Fui amigo de tu padre durante treinta y siete años.
Observé cada arruga de su rostro.
No detecté miedo.
Solo tristeza.
—¿Mi padre está vivo?
Walter negó lentamente con la cabeza.
—No puedo responder esa pregunta.
Aquella respuesta me irritó más que cualquier negativa.
—Acabo de regresar después de casi tres años sirviendo a mi país. No estoy para acertijos.
El anciano respiró hondo.
—Robert sabía que reaccionarías así.
Sacó otro pequeño sobre del bolsillo interior de su abrigo.
—Por eso me pidió que solo respondiera cuando hubieras leído toda la carta.
Bajé nuevamente la vista.
Las siguientes líneas estaban escritas con la letra firme que reconocería en cualquier lugar.
“Si Reagan te dijo que morí de cáncer, ya sabes que mintió.”
“Jamás estuve enfermo.”
“Y si intentó impedir que entraras en la casa, significa que encontró aquello que llevaba años buscando.”
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Seguí leyendo.
“Charlotte, nunca confíes en Carter.”
Apreté la mandíbula.
No me sorprendía.
Jamás había confiado en él.
Pero necesitaba pruebas.
No intuiciones.
“La Unidad de Almacenaje 108 contiene documentos, grabaciones y objetos que demostrarán quiénes son realmente Reagan y Carter.”
Respiré profundamente.
“Antes de abrir esa puerta, debes saber algo.”
“Si alguien descubre que regresaste, intentará detenerte.”
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Instintivamente observé el cementerio.
Dos hombres vestidos de negro permanecían junto a una camioneta oscura estacionada frente a la entrada.
No parecían visitar ninguna tumba.
Miraban hacia nosotros.
Walter también los vio.
Su expresión cambió de inmediato.
—Nos encontraron.
—¿Quiénes son?
—Llevan siguiéndome varios días.
El anciano dio un paso atrás.
—Date prisa.
Guardé la carta dentro de mi chaqueta.
—Venga conmigo.
Él negó con firmeza.
—No.
—No pienso dejarlo aquí.
—Escúchame.
Me sujetó del brazo con una fuerza inesperada.
—Tu padre me pidió proteger esta carta, no protegerme a mí.
Los dos hombres comenzaron a caminar hacia nosotros.
Sus movimientos eran tranquilos.
Demasiado tranquilos.
Como profesionales.
Uno de ellos levantó discretamente la manga.
Vi un auricular transparente.
Comunicación táctica.
No eran simples matones.
Mi entrenamiento tomó el control.
Conté la distancia.
Treinta metros.
Sin cobertura.
Sin salida directa.
Walter me entregó otra pequeña llave.
—Es de una caja fuerte dentro del almacén.
—¿Qué hay allí?
El anciano sonrió con tristeza.
—La razón por la que tu padre fingió desaparecer.
Los hombres aceleraron el paso.
Uno gritó:
—¡Señor Walter! ¡Necesitamos hablar con usted!
No levanté la voz.
Simplemente adopté la posición que había practicado durante toda una carrera militar.
El hombre de la derecha cambió inmediatamente su postura.
Lo notó.
Reconoció que yo también estaba entrenada.
Durante apenas un segundo, nuestras miradas se cruzaron.
No vi sorpresa.
Vi reconocimiento.
Como si supiera exactamente quién era yo.

Entonces habló por el micrófono oculto en su cuello.
—Confirmado.
La hija ya abrió la carta.
Procedan con la fase dos.