Javier llegó diecinueve minutos después, con el casco todavía puesto y la camisa cubierta de polvo.
Entró furioso.
—¿Perdiste la cabeza?
Mariana ya tenía la maleta junto a la puerta.
Los pasaportes estaban sobre la mesa.
Los niños seguían sentados en el sofá viendo caricaturas.
—Llegaste a tiempo —respondió ella con tranquilidad.
—¿De verdad ibas a llamar a la policía?
—Sí.
Javier golpeó la pared con la palma.
—¡Son mis sobrinos!
—Precisamente.
—También son tu familia.
Mariana negó lentamente.
—No. Son responsabilidad de sus padres.
En ese momento apareció Lorena en la videollamada.
Tenía un gafete nuevo colgado del cuello.
—¿Qué estás haciendo, Mariana? ¡Estoy en mi primer día!
—Ven por tus hijos.
—No puedo salir.
—Entonces no debiste abandonarlos.
Lorena comenzó a llorar.
—Javier, dile algo.
Él respiró hondo.
—Mariana, cancela el viaje.
—No.
—Te lo estoy pidiendo como tu esposo.
Ella sostuvo su mirada.
—¿Y yo cuándo fui prioridad para ti?
El silencio duró varios segundos.
Mariana abrió la aplicación de la aerolínea.
Mostró los boletos.
—Este viaje lo pagué hace un mes.
Pedí vacaciones.
Organicé mi trabajo.
Te avisé muchas veces.
—Las cosas cambiaron.
—No.
Ella cerró la pantalla.
—Las cambiaron ustedes.
Javier dio un paso hacia la maleta.
—Si cruzas esa puerta, considera terminado este matrimonio.
Mariana sonrió por primera vez aquella mañana.
No fue una sonrisa de alegría.
Fue la sonrisa tranquila de alguien que por fin deja de cargar un peso ajeno.
—Creí que esa amenaza me daría miedo.
Tomó la maleta.
—Hoy me acabas de demostrar que el problema nunca fue el viaje.
—¿Entonces qué era?
—Que siempre asumiste que yo renunciaría a todo mientras ustedes decidían por mí.
Javier apretó los puños.
—¿Vas a destruir una familia por unas vacaciones?
—No.
Ella abrió la puerta.
—La destruyeron el día que hicieron un plan para usarme como niñera sin preguntarme.
Lorena gritaba desde el teléfono.
—¡No puedes irte!
Mariana tomó las mochilas de los niños y las dejó junto a Javier.
—Aquí están sus cosas.
Él la miró incrédulo.
—¿De verdad te vas?
—Sí.
—¿Y quién cuidará a Emiliano y Renata?
Mariana acomodó la correa de su bolso sobre el hombro.
—Sus padres.
Salió del departamento.
Las puertas del elevador comenzaron a cerrarse mientras veía a Javier inmóvil, con los dos pequeños tomados de las piernas y el teléfono de Lorena reproduciendo gritos desesperados.
Cuando el ascensor llegó al vestíbulo, su celular vibró.
Era Sofía.
—¿Ya vas hacia el aeropuerto?
Mariana respiró profundamente.
Por primera vez en años, el aire no le pesó.
—Sí.

Esta vez nadie va a impedir que suba a ese avión.
Mientras el taxi se alejaba del edificio, Javier todavía creía que todo terminaría con una disculpa cuando ella regresara de la playa.
Ignoraba que, durante esas mismas horas, la llamada que acababa de hacer a Recursos Humanos para justificar la ausencia de Lorena desencadenaría una investigación que cambiaría el destino de toda su familia para siempre.