PARTE 2: LOS CUATRO LATIDOS QUE CAMBIARON SU DESTINO.

Amelia salió de la clínica con una carpeta médica apretada contra el pecho.

Cuatro bebés.

Cuatro corazones latiendo al mismo tiempo.

Mientras la familia Gu celebraba la llegada de tres supuestos herederos, nadie imaginaba que la única esposa legítima de Adrián llevaba en el vientre cuatro hijos suyos.

Isabel la acompañó hasta el automóvil.

—Los embarazos de cuatrillizos son de alto riesgo.

Necesitas descansar.

No puedes enfrentarte a ellos ahora.

Amelia acarició suavemente su abdomen.

—No pienso enfrentarlos.

Pienso desaparecer.

Esa misma tarde llamó a un despacho internacional especializado en protección patrimonial.

Durante tres años había aprendido cada rincón financiero del Grupo Gu.

Sabía perfectamente cómo evitar que alguien encontrara su rastro.

En menos de cuarenta y ocho horas, todas sus cuentas fueron trasladadas a estructuras legales administradas desde Nueva York.

El cheque de doce mil millones desapareció del sistema financiero chino como si nunca hubiera existido.

Mientras tanto, en la mansión Gu, Bianca comenzó a redecorar la habitación principal.

Los retratos de Amelia desaparecieron.

Su ropa fue enviada a una bodega.

Hasta las flores que ella cuidaba fueron arrancadas del jardín.

Teresa observaba satisfecha.

—Ahora esta casa sí tendrá una verdadera señora.

Adrián permanecía en silencio.

Por alguna razón, la firma tranquila de Amelia seguía apareciendo una y otra vez en su memoria.

No hubo lágrimas.

No hubo súplicas.

Ni siquiera una pregunta.

Aquella calma comenzaba a inquietarlo.

Tres días después pidió al departamento financiero el acceso completo a los proyectos que Amelia administraba.

El director contable permaneció inmóvil.

—Señor Gu…

—¿Qué ocurre?

—La señora Yao era quien negociaba directamente con los principales inversionistas extranjeros.

También controlaba las renovaciones de crédito y los contratos estratégicos.

—Solo entréguenme los archivos.

El hombre tragó saliva.

—Los archivos existen.

Las relaciones comerciales no.

Esa misma semana llegaron las primeras llamadas.

Un fondo canadiense suspendió una inversión.

Dos bancos europeos congelaron una línea de crédito.

Un socio japonés pidió revisar todos los contratos firmados durante los últimos tres años.

Adrián empezó a comprender que muchas personas no trabajaban con el Grupo Gu.

Trabajaban con Amelia.

Esa noche llamó a su antiguo número.

El sistema respondió que estaba fuera de servicio.

Marcó otra vez.

Y otra.

Nunca obtuvo respuesta.

Al mismo tiempo, Amelia descendía del avión en el aeropuerto JFK.

Un chofer la esperaba con un cartel discreto.

—Bienvenida, señora Yao.

La residencia está preparada.

El vehículo atravesó Long Island hasta una mansión blanca rodeada de jardines y árboles antiguos.

Un hombre mayor salió a recibirla.

Era Jonathan Reed, amigo de su difunto abuelo y administrador de las inversiones familiares en Estados Unidos.

—Tu abuelo dejó instrucciones hace muchos años.

Si algún día necesitabas empezar de nuevo, este lugar sería tu hogar.

Amelia levantó la vista hacia la enorme casa.

Por primera vez desde el divorcio sintió que podía respirar sin miedo.

Aquella noche, mientras observaba las ecografías de sus cuatro hijos, tomó una decisión definitiva.

Ninguno llevaría el apellido Gu.

Y ninguno crecería necesitando el reconocimiento de un hombre que los había perdido antes incluso de saber que existían.

A miles de kilómetros de allí, Adrián recibió una llamada urgente de su padre.

La voz de Héctor sonaba completamente distinta.

—Regresa a la empresa.

Ahora mismo.

Tenemos un problema muy grave.

El mayor inversionista extranjero acaba de cancelar un proyecto de ciento veinte mil millones.

Y dejó un solo mensaje.

“Mientras Amelia Yao no vuelva, no habrá un solo dólar más para la familia Gu.”

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